La mística experiencia de ver desnuda a Maribel

Cultura 13 de febrero de 2024 JESÚS MARÍN

maribel web

Hay sueños que sí se cumplen. El ver desnuda a Maribel Guardia en sus hermosos veinte años. Desnuda de ropa e imaginaciones, a pleno cuero y pubis sonriente. Uno de los pocos sueños de adolescente ochentero que se nos hizo realidad. Adolescentes de secundaria, calientes y sudorosos.

Es la secundaria #1 la ETI, de un Durango prehistórico. Lo más avanzado en tecnología, es la grabadora con cassette.

La mítica secundaria, ahora mítica, a cincuenta años de distancia, sigue ubicada enfrentito de la antigua termoeléctrica, por el bulevar Felipe Pescador.

Solíamos tirarnos la pinta, escondernos detrás de los talleres de electricidad y electrónica,  desparramarnos en los jardines y en los escasos, pero bien cuidados árboles. 

En nuestra púber imaginación nos sentíamos rebeldes e incomprendidos del mundo o las más de las veces, faltábamos por no traer la tarea escrita a máquina. No todos contábamos con máquina de escribir, la gran computadora de entonces, con impresora integrada al momento de redactar el texto. Los más, las rentábamos en la biblioteca.

En una de esas reuniones de chavos calenturientos. Todos vírgenes. Todos adictos al dios Onán. Todos carentes de educación sexual, educados en los rumores y mitos del sexo. Ninguno había visto una mujer desnuda en vivo y a todo olor. Excepto en el cine y en las pocas revistas de encueradas que podíamos agenciarnos, ya robadas al hermano o al tío.

Alguien suelta la pregunta bomba ¿Alguien ya hizo la primera comunión? Silencio lapidario. Silencio de vergonzante ignorancia. Silencio de misa de seis en Catedral. Nudos en gargantas y miradas esquivas. Nuestras espinillas temblorosas, el tic manuelero en la mano.

Todos escuincles entre trece años y meses. Todos espinilludos y chaqueteros, con las hormonas reventándonos el ardor. Yo, dije tímidamente en voz baja, yo… ya hice mi primera comunión… levantando el tembloroso dedo. 

Me miran rete asombrados, incrédulos. Yo, el más chaparro de los chaparrones del chaparrilandia, más prieto que la oscuridad oscura, el menos agraciado de entre los feos. No esperaban que ya hubiera hecho la primera comunión.

Cuéntanos cómo fue. Con detalles y todo, ¿te dolió?, ¿qué se siente?, ¿la besaste? Apabullado, no entendía ni jota. 

Sí, la hice con mi primo ¿con tu primo? Abren tamañota boca, dignas de un hipopótamo ¿Eres joto?, ¿la hiciste con otro hombre? Sí, sí, murmuré asustado. Fue un domingo en San Agustín, a los once años. ¡¡¡ Ahhh!!! se burlan de mi orangután inocencia.

El avistamiento de un prefecto, provocó la desbandada. Me quedé con la duda clavada. ¿Qué será la primera comunión? Investigué entre la raza del barrio y primos mayores. La primera comunión es tu primera vez con una mujer. Es perder tu virginidad, el quinto pues, me informa un primo. 

 

Mi verdadera educación sexual es el cine, en pantalla grande, a todo color. Me deleité viendo un resto de mujeres encueradas, la mayoría mexicanas. Exóticas o bellas de noche, las llamaban.

Un tío me metía de contrabando al cine Principal, el boletero se hacía el occiso y nos dejaba pasar. A mi mamá le decíamos que veríamos una película del Santo. Santas encueratrices.

Las películas de ficheras, con Sasha Montenegro y Alfonso Zayas, mis maestros. Con la preciosa rubia natural, Angélica Chaín, al verla desnuda, comprendí lo de ser rubia natural. La chinita más nalgona del cine nacional Lyn May, por no decir culona, puro culo acapulqueño, la princesa Lei, entre otras. Un agasajo visual. Alimento nocturno en la soledad de nuestro cuarto.

Al saberse del desnudo de la ex reina de belleza de Costa Rica, la encamable Maribel, mamacita Guardia, en esplendor de la veintena de años, por fin se había encuerado. Aleluya, Dios en las alturas. Provocó terremotos manueleros.

Me chuté toda la aburrida película con un chaparro Pedro Navajas, encarnado por Andrés García. La sola escena del desnudo total de Maribel, valió el boleto. Ya podía morir en paz.

En las sexis comedias eróticas italianas, un poquito más explicitas que las nacionales, la despampanante pechugona Edwige Fenech y Lando Buzzanca, nutrieron mi febril y chaquetera adolescencia.

Ignorábamos los detalles técnicos, los juegos previos, el erotismo en sí. y los múltiples modos del ayuntamiento carnal. Ignorábamos el calor de una piel desnuda. El olor angelical del cuerpo de una mujer, sin gota de ropa. La suavidad de su vientre y el misterioso placer de una raja femenina, humedad y amorosa. Ignorábamos el poder divino de un beso, en labios femeninos.

Lo que más ignorábamos y nos tomó años comprenderlo, la ternura y amor de una mujer. Ignorábamos la abismal diferencia entre amor y sexo. Entre coger y hacer el amor.

 

En la primaria, una única clase sobre sexo: el ovulo fecundado por el espermatozoide. Nadie me habla de lo divertido del proceso de fecundación. Ni la gran influencia de este triángulo velludo, sonrisa vertical femenina, en el futuro como machos y hombres. Ese minúsculo triángulo de vellos. Luego, ya con experiencia en las batallas carnales y visuales, supe que había de toda clase de triángulos, elegantes y golosos, llanuras rasuradas, estepas lisitas, libres de pelos, hasta junglas espesas desparramadas.

Comprendí, al perder el quinto y probar hembra, la frase en la película de “La bamba”: “huele a pescado, pero sabe a pollito”. Ese pubis de hembra, nos enloquecería de por vida, gobernando nuestras vidas y hormonas, crucificando nuestra pequeña tripa colgante.

 

Nos reuníamos tras el taller de soldadura, a mirar las fotografías de las revistas de “Caballero” y el “Yo”, imágenes a todo color, con póster incluido de mujeres desnudas. Totalmente en cueros, mostrando curverías, montes y despeñaderos y ¡oh!, maravilla, su vello púbico, tal y como las mandó Dios al mundo, veinte años después de su primer berrido, para bendición de los hombres. Y de nosotros, los chamacos calenturientos, que domingo a domingo, en misa de una en San Agustín, confesamos nuestros pecados de lujuria y desenfreno manual en el anonimato de nuestra cama. Imaginen el chaqueteo en la intimidad de nuestro cuarto por las noches. Millones de culebritas murieron en vano. Treinta maravillosos e intensos segundos.

El acabose fueron las revistas de Play Boy. Mujeres gringas, morenas, latinas, hermosas, desnudas, sonrientes. Empezamos a ver de otra manera a las flacas y planas compañeritas de clase. ¿De verdad eran iguales a esas modelos, bajo la ropa? Lo dudábamos. Jamás pudimos comprobarlo. Demasiada inocencia.

Años después, hormonas más tarde y miles de chaquetas furibundas, llegan las porno, con el filme de “Las secretarias calientes” en función de medianoche en el cine Vizcaya. Y mi otra primera comunión, sin eucaristía de por medio. Pero esas son otras crónicas.

El desnudo de Maribel Guardia fue único. Inolvidable en mi muerte a pausas que es envejecer.

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