Cantinas de Antaño

¿Dónde se ponía cara de vaca la raza?

Cultura 12 de marzo de 2023 ALFREDO ANTONIO SOLANO ARELLANO

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Las cantinas son lugares que han estado presentes en toda sociedad, brindándole la oportunidad de pasar un momento de distracción al calor de una copa. En Durango la existencia de dichos establecimientos ha estado ligada a la historia de los barrios y en general de la cuidad, no solo por la tradición que cada una ellos pueda traen aparejada en lo particular, sino porque han sido coadyuvantes al desarrollo económico.

Antes era común que en las tiendas diseminadas por los diversos barrios de la ciudad se vendiera mezcal y fuera en copas o en botella cerrada, por este tiempo no había muchas cantinas o salones de billar.

Entre las existentes, estaba el bar de Richelieu que era una de las de mayor antigüedad en la ciudad junto con la cantina Francesa y el salón Rojo el cual se ubicaba Frente a la Plaza de Armas, mirando en dirección oriente según lo consigna Salvador López en el libro Cómo era nuestra Ciudad. [1]

En las calle de Negrete y Constitución, donde por muchos años fue la Mueblería Central, se localizó la cantina Internacional propiedad de Antanasio Castro, por Juárez y 20 de Noviembre estuvo el bar La Lonja de Víctor Manuel Castaños.

Por Constitución en dirección a las Alamedas, se estableció el Salón Cosmopolita cuyo propietario era un señor la que le apodaban el güero Santiago, “El Insurgente de Don José Barragán por Pino Suárez, donde además de cantina, billar y boliche, había un gimnasio”.[2]

También estaba el Salón Imperio, propiedad de un señor de origen veracruzano, Pagador Rivera quien tenía acondicionado su establecimiento con billar, boliche y para amenizar el ambiente  contaba con una pianola, aparato que ya estaba de moda en Durango capital.

La Mosca, cantina propiedad de Francisco Barrero, en frente del templo de San Miguel en el crucero de Pino Suárez y Pasteur, donde tiempo después de estableció la mueblería San Miguel, negocio de la familia Espinoza Chávez que mantuvo sus puertas abiertas hasta el año 2005, cuando cerró al no poder competir con las grandes mueblerías que llegaron de otras partes de la República.

El Palacio de Hierro de Don Pancho Flores se localizó en las calles de Francisco I. Madero y Pino Suárez, el Salón Montecarlo de Abraham Salazar establecido en costado oriente del Mercado Gómez Palacio.

Posteriormente, se establecieron las cantinas Bar París y San Carlos, El Roma de Víctor González, El Barcardí, El Patio Carta Blanca en calle 5 de febrero y Constitución, establecimiento que contó con su orquesta que dirigió el músico Jesús Granados, los altos del Cine Principal, el Casino Empleados de Comercio, el Casino Obrero, el Club Durango cuya gerencia estuvo a cargo del señor Francisco Granda, el Club de Damas. “Por Pino Suárez estaba El Médico, lugar predilecto de actuarios y personal del Poder Judicial”.[3]

Hubo cantinas de menor categoría como La Covacha de José Parra, en Pasteur y Gómez Palacio estaba el llamado Club Verde famoso por su aguaje de mezcal con botana de membrillo o limón.

Generalmente los trabajadores ferrocarrileros, acudían a tomar sus copas en el bar El Casino localizado frente al Jardín Hidalgo, cuyo dueño fue el señor Ernesto Espinosa. En el populoso barrio de Tierra Blanca, estaban El Pilón de Oro, La Borrasca y La Pasadita, eran “antros oscuros, tenebrosos, fétidos, llenos de peligro y suciedad”.[4]

Por la calle de Zarco y Ciénega, se encontraba la cantina El Sol que Relumbra, que se caracterizó por ser un bar de “última clase, campo de concentración y cuartel general de todos los borrachitos consuetudinarios, perdidos, enfermos, catarrines”.[5]

Por la calle de Carlos León de la Peña vivían los Núñez quienes eran propietarios de un expendio llamado ‘La raya del Norte’ donde vendían mezcal producido en una fábrica que tenían en frente del antiguo aeropuerto por la carretera a la Ferrería, hoy bulevar Domingo Arrieta. 

            Zona de tolerancia

En el Durango de antaño, existió la llamada zona de tolerancia, localizada al sur de la ciudad, en un fraccionamiento llamado ‘El paraíso’, aunque anteriormente también ya había otra por la calle Madero en dirección norte, de Gómez Palacios a Pereyra aproximadamente.

En esta primera zona que posiblemente data de las primeras décadas del siglo XX, fue famoso el bar ‘El Íntimo’, propiedad de María Palacios, ‘Marucha’, éste era el de mayor categoría pues a él asistía gente de la alta escala social duranguense como los políticos y empresarios de la época, además de contar con las mejores féminas para el deleite carnal. 

De esta zona de la calle Madero, Oscar Rubén Escárzaga Acosta[6], dijo que la conoció debido a que él y un vecino a la edad de 11 años aproximadamente, mandaron a hacer un cajón de bolero y se iban a asearle sus zapatos a las señoras del ‘tacón dorado’, como coloquialmente se le llamaba a las mujeres que en esa época a las practicantes de la prostitución.

“Ahí nos dábamos cuenta de todo, no nos corrían porque decíamos que íbamos a chambear, íbamos a buscarle, era clásico dar esa excusa para que nos dejaran en paz”[7], apuntó Escárzaga Acosta.

Tiempo después la zona de tolerancia fue cambiada al sur de la ciudad, destacando en esta los bares El Pigaly, El Afro, El Waikiki, El Íntimo, El Aloha, Aquí me quedo, entre otros, para ser clausurada en definitiva durante la administración municipal 1974-1977 de Maximiliano Silerio Esparza, en los terrenos que ocupaba actualmente se ubican el fraccionamiento La Pradera y otros conjuntos habitacionales y comerciales.

En cierta ocasión algunos alumnos que Ernesto Márquez tenía a su cargo en la Casa de la Juventud empezaron a faltar a clases. Un día al andar en el bar El Íntimo se encontró a un estudiante, se trataba de Héctor Raúl Hernández Gutiérrez a quien le preguntó la razón por la cual andaba allí si era menor de edad, contestándole que estaba tocando y no solo él sino también se encontraban en la zona varios de sus compañeros y ya habían ganado buen dinero. 

Héctor Raúl Hernández Gutiérrez, señaló que se decía que para quienes tenían la inquietud de la música, la zona de tolerancia era como una escuela, porque las chicas de los burdeles, bares y casas de cita les pedían canciones a los grupos que estaban ahí, “o sea que era una escuela porque tenía uno que improvisar y dentro de esa improvisación, salía un nuevo acorde y se aprendía, pero dije esto no es futuro y dije yo sigo con mis estudios”.[8]

Por aquellos tiempos, entre los licores y bebidas frecuentes que se ofertaban en las cantinas, estaba el mezcal de sabores, de salvilla, aguacatado, de naranja, de hastafiate y de pasas para la tos, “naturalmente que estos establecimientos eran de segunda categoría para gentes sencilla, sin pretensiones, que diariamente iban a hacer la mañana a echarse un pisto”.[9]

También en el Durango de antaño, existieron la llamadas ‘casas de cita’ donde se acudía en busca de diversión etílica y carnal, eran los tiempos de las orquestas que amenizaban con sus interpretaciones el ambiente en esos lugares.

Entre las damas que tuvieron casas de cita, se encuentra Leonor Trujillo, María Rocha, Concha Villalpando entre otras.


 
[1] Salvador López, Cómo era nuestra Ciudad, Herfa Impresores, Gómez Palacio, Dgo, 1998, p.120.
[2] Ibidem.
[3] Salvador López…, op cit. p.122.
[4] Ibidem.
[5] Ibidem.
[6]Entrevista, Oscar Rubén Escárzaga Acosta, realizada por Alfredo Antonio Solano Arellano, el jueves 7 de febrero de 2019, en instalaciones de la revista 5 Columnas.
[7] Ibidem
[8] Entrevista, Héctor Raúl Hernández Gutiérrez, realizada por Alfredo Antonio Solano Arellano, el 26 de abril de 2018, en el Centro de Estudios Sociales y Laborales del Sindicato de Trabajadores Académicos de la Universidad Juárez del Estado de Durango.
[9] Salvador… op cit, p. 122.

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