Las mujeres siguen clamando por sus derechos

Como lo hicieron hace cincuenta años. Siguen pidiendo lo que por justicia les corresponde.

Local 12 de marzo de 2024 MARTÍN M. GONZÁLEZ

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Qué equivocado es que una mujer espere 

que el hombre construya el mundo que ella 

quiere en lugar de crearlo ella misma.- Anaïs Nin 

 

Cada ocho de marzo es lo mismo. Se celebra a la mujer, con versos y flores. Solo es un día especial para “celebrar a la mujer”.

Una condescendencia de machos hacia las hembras de su propiedad, en una sociedad patriarcal. Es como felicitar a los estudiantes el día dos de octubre, por su día.

Se les da el micrófono. Se les presta atención. Se les organizan lecturas y les dan espacio para que lean “sus cosas de mujer” en las plazas y museos. Se les regalan libritos. Se visten de guinda y rosa. Es su día, se les apapacha. Se lo merecen, las condenadotas.

Hay manifestaciones y reclamos. Denuncias y desesperación. Y una impotencia y frustración de siglos. Ah, pero si protestan fuera del orden machista, de las leyes de los hombres y para los hombres, son acusadas de pillaje. De vandalismo. Pueden protestar mientras sea bajo “el orden y el control” de la ley patriarcal.

Las “vemos”, pero no las escuchamos. Les aplaudimos, pero no las comprendemos. Les damos paternales abrazos y un beso en la frente, mientras pensamos, ¡ah!, qué mujercita tan loca, mira que querer igualdad, si de nuestra costilla nació. Ilusas. Ingenuas.

Es el “viejerío” festejando su día, pensamos muy dentro de nuestra hipocresía de igualdad y civilidad. Lo bueno es que solo es una vez al año. Más serían insoportables. Un atentado con la natura y orden del universo.

El resto del año las seguimos acosando, con la mirada, con la palabra, con el gesto de desdén. Con esa sutil y a veces descarada condescendencia. Pero nunca las tratamos como iguales. Quizás en la ley sí, quizá en el decreto, pero en la realidad, en la cotidianidad, no.

Ellas, las mujeres, siguen clamando por sus derechos, como lo hicieron hace cincuenta años. Siguen pidiendo lo que por justicia les corresponde, lo que los hombres tenemos por el solo hecho de ser macho, varón.

La gran tragedia de la mujer es haber nacido mujer. Es haber nacido con una vagina que no le pertenece. Le pertenece a otros que deciden por ella. Por la mujer y por su vagina. Que gozan con ella. Una mujer, es una vagina, antes de ser mujer. Y la matan por creerla de su propiedad.

El hombre define a su mujer que debe ser como las escopetas, cargadas y en un rincón de la cocina. Y otra frase contundente, de una mujer a otra mujer, quien fue golpeada por su marido por exigirle respeto: ay amiga, si sabes el destino de nosotras: piernas abiertas, boca cerrada. (película “Fuimos guerreros”).

A doscientos años de la lucha de la mujer por revindicar sus derechos, igualdad de género y de salarios, en el mejor de los casos, su destino, moral y cristianamente aceptable, es llegar a ser una anegada madre. Una sufrida esposa, bajo el lema “detrás de cada gran hombre, hay una mujer”. Y su mayor aspiración debería ser una esposa sumisa y agradecida de ser la señora de un hombre.

Salieron cientos de mujeres a las calles, abuelas, madres, hermanas, mujeres todas, niñas. A gritar, se matan las mujeres. No más feminicidios. No más al acoso. No más a las violaciones.

Hay cientos de mujeres en las cárceles del país, encerradas por haberse practicado un aborto. Por decidir sobre el derecho de su cuerpo. Sea un aborto espontáneo o no. Las mujeres son criminales y son condenadas a veinte años de prisión. Y más cientos de miles que han muerto al practicárselo clandestinamente. Y las sobrevivientes quedan traumatizadas, estériles, muertas en vida. Marcadas con las leyendas, “por andar de calientes”. “Para qué abren las patas”.

Cierto, hay avances en la ley e igual para las mujeres, pero no son suficientes. La crueldad del machismo se sigue aplicando cada día.

No hay justicia legal, sexual ni intelectual para las mujeres, por más que se diga en el discurso y en la letra muerta.

Los hombres cumplimos cada ocho de marzo, con cederles la palabra ese día, su día. Nos vestimos de morado, pero no creemos en ello. Creemos cumplirles, con mandarle frases y poemas cursis e hipócritas. Llevarlas a cena. Regalarles el osito, las rosas. Al otro día vuelven las amenazas, las humillaciones, los golpes, los feminicidios.

El resto del año, maltratarlas con la palabra, con la violencia emocional. Y lo peor, con la burla soterrada por su condición de ser mujer. 

Esa molesta “basurita” en los hombros del macho hombre, llamada mujer. Y tratada como esclava, como carne de cañón. Como res al matadero. ¡Viva el día internacional de la mujer! Nos vemos el otro año.

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