La niña del Sargento que murió de amor

Por la calle Madero, en pleno centro histórico, rumbo a la de Felipe Pescador, existió una zona roja, zona de tolerancia o intolerancia, según a la cruz que se le rece. Zona permitida entre la mochez nuestra.

Cultura 23 de enero de 2023 Jesús Marín

la niña del sargento

Lupanares disfrazados de arcaicas casonas. Moradas y territorios de madames y muchachas de la vida alegre. A veces no tan alegres. Ofrecedoras del amor vendido que es más sincero que el regalado. ¡Vende caro tu amor, aventurera! Ejercen su oficio, el llamado oficio más antiguo de la humanidad.

Una de esas casonas de citas, regenteada por madura y emperrifollada Madame, como en carnicería, oferta carne fresca y joven. Muchachas que venden cuerpo a cambio de dineros. Cuerpos deliciosamente jóvenes. Exquisitamente majados. Y también brindan un poco de comprensión, por el mismo acostón y tarifa, escuchan las penas de sus clientes. A vece solamente necesitamos que alguien nos escuche. Hermosas muchachitas en la flor de su belleza y pasión, mujeres para gustos refinados, nos inyectan de esperanza y calor de mujer.

En espaciosa sala, se acomodan a esperar a sus adoradores del amor artificial. A mostrar mercancía, adornada en sexi ropa interior, seductora y escasa. La necesaria para no mosquear el negocio.

Atiende a los clientes una humilde sirvienta. Satisface las necesidades de la Casona. Apenas una muchachilla para servir a clientes y muchachas, surtiendo el licor, atendiendo mandados y antojos. Lo que se ofrezca y manden. Muy acomedida y servicial la niña. Una muchachita insípida, poca cosa, plana de todas partes, de carita inocente, angelical. De esas que nunca se notan, vestida recatadamente, eso sí, muy limpia, sin maquillaje ni modos coquetos y provocadores. No es niña, es niño vestido de niña. Niña en el cuerpo equivocado. Una de esas bromas de mal gusto de Dios. Pocos lo saben, la Madame y algunas de las muchachas.

Los clientes habituales la ven como otra chica. Una sirvienta calladita, mosquita muerta, dirían las abuelas. De esas que no quiebran ni un plato.

Llegan por esos tiempos, un regimiento desde el puerto de Mazatlán. Se atrincheran en el cuartel Juárez. Un regimiento de sinaloenses en su gran mayoría.

Los fines de semana la casona se llena de la soldadera. Nomás florean de verde los cuartos y las habitaciones. Marcado acento costeño. Resuenan las palabras morritas, plebes, la pucha, palabras altisonantes, al mejor estilo costero. Es agua fresca en este puritano ambiente norteño. En este ghetto llamado Victoria de Durango.

Oficiales y tropas, se entrepiernan en casa de la Madame. El amor no conoce de rangos. El amor surge en todas partes. No respeta corazones ni edades. Ni jerarquías militares.

Un sargento se prende de la sirvienta. Amor a primera vista. Lo flecha nomás al verla, ¡ah! qué muchacho tan loco el militar. Por las miradas de Ella, se ve que no es mal correspondido.

Se le enciende la pasión marcial, se le alborotan las hormonas castrenses. Al sargento le gusta lo modosito de la niña. Ya se imagina casado con ella. Rodeado de plebes y morritas.

Los afanes de golondrina desamparada de la chica, lo cautivan, lo testerean. Le recuerdan a su santa madrecita. La quiere a la buena. A lo decente, pa’ sacarla de blanco y ante Dios todopoderoso. La quiere para madre de sus morritos. Algo serio. Casarse con Ella por todas las leyes. Además, no es tan fea. Mayor es el gusto y la ganancia.

¿Cómo se llama criatura? ¿Tiene novio, la muchachita? La jovencita nomás se sonroja. Mudita y chula, pos pa’ qué quiero más. Qué hermosura de chamaca. Pa’ cuando la boda, mi amor. Usted nomas diga, ponga la fecha, corazón. Y la sacó de blanco.

Se hace asiduo visitante. Cada día franco lo dedica a cortejarla, a demostrarle su amor pasional. Su amor sincero y limpio. Le habla bonito. Recuerda los viejos versos de Manuel Acuña que le leía su abuela en el rancho: “¡Pues bien! Yo necesito decirte que te adoro, decirte que te quiero con todo el corazón, que es mucho lo que sufro, que es mucho lo que lloro, que ya no puedo tanto al grito que te imploro, te imploro y te hablo en nombre de mi última ilusión.”

Muy romántico aquel hombre de armas. Y nada, la muchachita nomás se sonroja como palomita. Se encoge en sí misma y lo mira con ojos alondrados. Pero no suelta prenda, ni siquiera un beso por no dejar.

Eso enmuina al suboficial. Hierve su costeña sangre. Le despierta su coraje tropical, serrano como es, sabe que quien porfía mata venado.

Nunca llega el militar con las manos vacías, ya las flores, ya los chocolates. Unos aretitos mercados en las tiendas del centro. Ásperos intentos para conquistar a la mujer de sus querencias.

Las niñas de la casa, ríen disimuladamente. La madame es una sentimental consumada y consumida, devoradora voraz de las noveletas de Corín Tellado y Caridad Bravo Adams. Se enternece con la historia de amor del sargento. No es capaz de destrozarle las ilusiones al hombre, y se calla. El amor verdadero lo vence todo. Nadie va a romper el encanto. Al menos, no ella.

La corteja por semanas, con piropos, con flores. Le ofrece jolgorio a todo lo alto. Se topa con una pared de solido ladrillo. Desesperado le ofrece dinero. Nada de nadita, ni un roce de mirada de amor, ni un suspiro del corazón.

La muchachita es de granito impenetrable. A la Madame le da harta ternura el amor del Sargento por su niña. Se acuerda de sus amores tiernos, allá en tierras de López Velarde, en sus quince años, antes que un mal hombre la deshonrara y fuese rechazada por su familia y desde ahí, cuesta abajo en la rodada.

En uno de esos arrebatos febriles, ya en franca impotencia, el suboficial la arrincona, la mete a la fuerza a uno de los cuartos. Atranca la puerta, le pone seguro y cadena ¡Si no es a la buena, pos’ a la mala!, pero serás mi mujer.  

En la tocadora lujuriosa, descubre el premio de la niña. Se topa con un paquete igual al suyo. Escupe de asco, la niña es un puto hombre. Hija de la chingada aquí te cargó la verga. Asqueroso.

Ella nomás lo mira asustada, con mirada de cervatillo a punto del sacrificio pidiéndole perdón con los ojos, diciéndole que no tiene la culpa que Dios la hizo como la hizo.  Ella es el miedo despavorido. La vergüenza en carne y hueso.

Afuera del cuarto, ante la puerta atrancada, la escandalera, los gritos desesperados de la Madame y sus pupilas. ¡Abran la puerta!, no le haga nada mi Sargento. Por Dios, Ella no tiene la culpa de ser lo que es. Ella es una buena muchachita.

Nomás cinco disparos se escuchan. Cinco ruidosos balazos que resonaron por la casona y en el alma de los ahí presentes. Pistola en mano, sale el militar. Sudoroso cadáver. Ya es un hombre muerto. Descorazonado, sin ilusión en la mirada. Mucho menos en la vida.

La balacera también acabó con la poca esperanza que tenía. Se le ve en los ojos vidriosos, secos de vida. Desérticos de ilusiones.

Escapa, ante el asombro de sus camaradas de armas y el griterío de las mujeres. En el suelo, la pobre muchacha, cuyo pecado es nacer en el cuerpo equivocado. Agoniza, más de roto corazón que de plomazos. Van por el doctor. Logran salvarle la vida. No así sus piernas. Ni su corazón. Ni su alma.

Queda tullida de todas partes y de todos modos. Los cinco balazos le destrozan las rodillas. El sargento se las hace añicos, igualito que sus castrenses sentimientos. Del amor al odio, nomás hay un pasito. Y un solo melodrama.

Le faltó odio al sargento y le estorbó ese amor prohibido, acabar con la pecaminosa y obscena querencia, a ojos de tan macho sinaloense. El sardo no tiene valor de matar a la mujer que ama. Ni valor para pegarse un balazo por ese maldito amor, vedado de Dios y de la decencia. Le destroza las rodillas en vez de partirle el pecho a plomazos.

La pobre sirvienta, destrozada, del alma y cuerpo, llora en su mudez. Incapaz de perdonar a Dios. Incapaz de perdonar a la vida por haber nacido así.

Le curan las heridas como puede la ciencia médica de entonces. De las otras, las del alma, esas morirán con ella.

En sus últimos años, la tullida, colgada de los barrotes de la ventana de la Casona, ventana que da a la calle, mira la lontananza, con la esperanza que regrese su Sargento. Ahí se consume hasta que se marchita. ¡Vende caro tu amor, aventurera! ¡Amor de la calle...!

 

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