
Cuento corto
Es cierto, la amé sólo por venir de donde soy, muchas veces:
De Analco, más allá del agua,
donde dejó su huella la ruta caminante de las Misiones,
y habitan las casonas de cornisas serpeantes
que caminan contigo bajo el sol quemante de esta prolongada primavera.
Sí, ella proviene de esta bendita tierra de contradictorios desiertos,
sierras, valles y quebradas,
en donde aboveda mi casa el Cielo más sublime
que, por cierto, ella empujó para allá,
y se llevó el paraíso, a donde vive ahora.
Es cierto, la amé más cuando escuché hablar a su pluma.
Cuando encontré en sus palabras su esencia:
Sencilla, pero profunda.
Tímida, pero insurrecta.
Sabia, pero humilde.
Es cierto, mis ojos no sólo la quisieron más, la admiraron más
por regalarles la destreza de su pintura de escuela de muralistas:
Bravo Morán, venido de Siqueiros
Montoya de la Cruz, de Rivera.
Con estos saberes, ella ha dibujado a su madre
sentada junto a su máquina de coser.
Y cuando las ves a las dos,
sientes que en cualquier momento
su madre va a salir del retrato
y le hará algún cambio
a la hechura de la colorida blusa rosa
que ahora su aguja heredada me hilvana.
Es cierto, muy cierto, mi corazón la quiso más
cuando visitó una tarde su jardín
y conectó con sus cactáceas,
sus dos gatos,
las plántulas medicinales que despierta
de su dormancia para dar cura,
y sus dos sillas, al final del patio,
invitantes a la sombra generosa del tiempo de sus tardes,
y al cobijo dispuesto de su irrenunciable
Ser mujer-madre, para quien la visite, uno de estos días.
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