La otra muerte, la que no mata, la que destruye

Cultura 06 de febrero de 2024 JESÚS MARÍN

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Cuando te hayas ido de mi vida, tendré que aprender a vivir sin ojos. A respirar sin aire, a latir sin corazón. Tendré que aprender a morir la muerte de los abandonados, la muerte de los que han perdido a la única mujer que podía llamar vida. Porque nadie puede vivir sin sangre. Porque nadie puede habitar un cuerpo vacío. Y nadie puede soportar tanto frío aquí dentro.

Y veré la muerte en tus ojos como dice el poeta, Penélope amor mío, en esos ojos que fueron mi luz, en esos ojos que me enseñaron lo que es la ternura. Tus ojos de niña, de vampiro, de mujer, de muerte, de oscuridad que ahora me condenan al dolor eterno, que ahora me condenan a la no muerte, a esa muerte que lacera, que carcome por dentro, que nos va destruyendo lentamente, que destruye el alma. 

Esos ojos que han curado las heridas de mi alma. Esos ojos que por un momento me hicieron creer. Ahora me dicen adiós, ahora cada vez están más lejanos. Y la luz se extingue. Y he vuelto a ser ciego otra vez. Y he vuelto a mi vida sin vida. He vuelto a ser muerto, piedra, noche, precipicio. 

Ahora llevo la marca de los malditos, de los que han sido crucificados sin cruz. De los que les está prohibido abrir los ojos. Ahora sufro la muerte de los no vivos, de los que respiran sin sangre, de los que ven sin ver, de los que caminan sin sentir el camino, de los que beben agua sin tener agua. 

Ahora sufro la muerte de los de los que solamente quieren dormir, dormir eternamente, de los que quieren refugiarse en las cuevas, en los panteones. De los que han perdido toda fe y todo Dios.

Una muerte que no mata la vida, destruye el corazón, arranca el alma. Una muerte silenciosa que se va apoderando de las palabras, de las ganas de abrir los ojos, y será un caer infinito, y será un caminar desamparado por las calles, tratando de encontrarte en el rostro de cada mujer que vea en la calle, pero ninguna serás tú, ninguna podrá hacerme sentir este latir de campanas y este trinar de gorriones. Ninguna serás tú, Penélope y eso es un dolor que no podré soportar. Y será mi muerte y mi condena.

Cuando tú te hayas ido, Sarah, procura cerrar bien mi ataúd, procura no despedirte de mí, simplemente desaparece de mi vida, porque así mantendré la esperanza de que vas a regresar de entre los muertos.

De qué manera puedo pedirte que no te vayas, que no me abandones a los lobos, si ya te lo he dicho todo. Ya no tengo palabras para decirte las mil formas que te amo. Ya no tengo sangre que ofrecerte. Yo solo puedo quedarme a mitad de la noche rezando porque tú comprendas la clase de amor que te tengo. Ya no puedo hacerte comprender que eres mi sol, mi dios, mi hogar, mi iglesia. Yo estoy muy cansado. Yo te necesito tanto, eres mi vida. Sé ahora mi muerte con tu adiós.

Lo sé, tú nunca me prometiste la eternidad. Tú nunca me has dicho con tus palabras que me amas, me lo has dicho con tus labios al morderme, me lo has dicho tus ojos cuando me miras de esa forma que ninguna mujer puede mirarme. Me lo dice tu vientre que tiembla cuando lo beso, me lo ha dicho la sangre que he bebido de entre tus piernas. Me lo ha gritado el templo de tu cuerpo cuando rezo en él. Me ha dicho que me amas la dureza de tu pezón cuando lo hago cómplice de mi lengua y de mi saliva. Me amas lo sé, pero es mayor tu cobardía, es mayor tu miedo. Y la prueba la tengo en la espalda, donde tus uñas han dejado las heridas de tu amor. Y la prueba es que no me miras a los ojos cuando dices que te vas. Vete Sarah, sé feliz sin mí. Entiérrame y vete en paz.

¿Podré imaginar un mundo sin ti, Sarah?, ¿podré despertarme cada mañana sin la esperanza de que ocurra el milagro de estar juntos, robándole a la vida una hora, dos horas para salvarnos de opresión del mundo, para convertir nuestra alma en una sola, y crear nuestro propio indestructible eterno mundo.

¿Cómo haré para resignarme a estar sin ti?, a vivir la vida de forma cotidiana como si no hubieras existido estos años, como si el haberte conocido no me hubiera marcado, no me hubiera convertido en otro hombre, no me hubiera devuelto al niño que creía perdido.

Podré resistir el ya no verte, el ya no escuchar tu voz diciéndome que todo está bien. Llamando mi niño. Tú eres el vientre en que he renacido, cuando tu voz pronuncia mi nombre, aquí adentro se crean universos, aquí dentro la luz del mundo me inunda. Yo que me siento sin ti como un niño en la oscuridad y que aprendí tu nombre como se aprende el nombre de Dios, ¿por qué te vas así, sin decirme una sola vez que me amas, solo me abrazas fuerte y pones tu rostro sobre mi pecho y me dices que todo estará bien, cómo va estarlo si tú te vas a vivir otra vida sin mí. 

Dame muerte por tu mano, que entonces no habrá muerte más dulce que morir a manos de la mujer que Dios puso en nuestro corazón. Ahora que te vayas no te despidas. Sólo vete y ya. Ahora estoy ciego, mutilado. Muerto. Y ni la misma muerte se apiada de mí.

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