Cuando el Quinto nos alcance

Crónica futbolera

Cultura 30 de enero de 2024 JESÚS MARÍN

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Nos duró muy poco el ensueño y despertamos faltándonos cinco minutos para pasar a la historia y romper más de noventa años de mediocridad.
Despertamos y volvimos a ser los mexicanitos de siempre. Esos bigotones, chaparros y prietos, de zarape al hombro, y sombrero de palma grandote, que toma tequila y grita puttooos. 
Los que nos arrinconamos en el más recóndito de nuestro miedo, nos atrincheramos rezando a la Virgencita de Guadalupe por un milagro. Y supimos que Dios es güero. Y que Dios es holandés. Esta vez el piojo Herrera olvidó los rugidos y el coraje en el cuarto de hotel o vayan a saben dónde, y le salió el cobre, recordó que en México no se puede y no se podrá, que nos faltan alas para volar.
Y que es quinto partido cada vez está más y más lejos de nuestro corazón. Y las cantaletas de siempre, y el dolor del melodrama mexicano nuevamente afloró: caímos con las botas puestas. Y fuimos once guerreros aztecas que jugaron como nunca, que dejaron la sangre en el campo, once valientes muchachos que sostenía el sueño de un pueblo pambolero cuyo único gusto es ver futbol cada domingo con una chela en la mano y diabetes en el cuerpo.
Durante casi ochenta y cinco minutos casi tocamos el cielo. Y sí, jugamos hermoso, dominamos a la feroz naranja mecánica Y podremos decir mil florituras, mil elogios, culpar a Diosito santo y a su iglesia, al pendejo del presidente, a la puta de mi ex, pero la realidad solo es una: nos echaron del mundial, nos ganaron como siempre y en menos de cinco minutos, pasamos de la gloria al más ridículo y soez dolor.
Iniciamos nuestro propio viacrucis, nos auto flagelamos, nos lamemos las heridas y crecemos en la nostalgia, ante nuestros ojos pasamos de héroes a mártires. 
Ya tendremos cuatro años para lloriquear nuestro dolor y a mejor estilo josealafrediano brindar con extraños en cantinas, alzar la copa por ese amor perdido y quedarse dormido y embrutecido en la mesa de algún tugurio: tengo el orgullo de haber nacido hijo del pueblo….
Nos ganó el miedo a soñar, nos ganó el temor a superar más de quinientos años de agachados. Y en menos de siete minutos nos acuchillaron, se volvieron a llevar nuestro oro y fuimos nuevamente conquistado por los hombres blancos.
Ahí quedamos millones de mexicanos que se atrevieron a creer en un equipo que vino de la nada, un equipo armado al vapor, dirigidos por un Piojo en el cual nadie creía, al cual nadie lo tomaba en serio.
Si pasamos de panzazo, si estamos en el mundial, es gracias a los gringos. Pero nos demostró, al menos por unos días, al menos en cuatro partidos que estamos para cosas grandes, que estamos para ganar el mundial, pero tenemos el enemigo viviendo en casa, tenemos el enemigo en nosotros mismos, nos resistimos a dejar la ratonera, nos resistimos a ser grandes. Nos resistimos a tener un grande grande corazón. 
Y en vez de acabar con Holanda de una vez por todas, le dimos un respiro, sacamos a nuestro mejor delantero Oribe Peralta para meter a un solitario Chicharito muy lejos de su nivel, muy lejos de antiguas glorias, Y nos faltó audacia. Y nos faltó esa última rabia de apretar los dientes y avanzar y no retroceder. 
Era tan fácil rezar y hacerse nudo la garganta, era tan fácil encerrarse a piedra y lodo, que les bastaron cinco minutos para hacernos pedazos, para dejarnos tendidos en el terreno. 
Lo que iba hacer el festejo más grande en la historia de nuestro quehacer futbolero se convirtió en el más grande y decepcionante funeral. 
Podremos echarle la culpa a medio mundo. A Dios, a ese maldito holandés que fungió como el mayor de los farsantes al tirarse el clavado en el área chica. Ya no importa que después nos pidiera perdón, que después llorara lágrimas de cocodrilo, el crimen había sido consumado.
Encomendamos nuestra alma a la FIFA para que el próximo mundial nos toquen puros equipos honrados y decentes. San balón creemos en ti. Bendita portería no nos abandones. Amén. 
El árbitro marcó la pena máxima, el árbitro nos jodió a la mala y frente a millones de telespectadores. Y ahora si, en cinco minutos quisimos recomponer la historia de años de fracasos, de años de quedarnos siempre a la orilla. Quisimos recobrar el hambre de gol, el hambre de ganar, el hambre por el quinto partido, pero ya la suerte estaba echada. 
A los cobardes nadie los recuerda. Después del silbatazo final nuestro corazón se derrumbó. El grito de putoooo ha dejado de escucharse, la bandera izada a media asta. 
Nos volvieron a saquear, pero nosotros dejamos la puerta abierta al fracaso. Ya vuelven nuestros héroes con la cola entre las patas. Ya volvimos a ser mexicanos de tercera. Qué nos importa que nos roben un petróleo que nunca ha sido nuestro, que entregue nuestra riqueza a los extranjeros si perdimos el cuarto partido del mundial, cuando pudimos haberlo ganado.
Ahora volveremos a soñar otros cuatro años por ese mítico e inalcanzable quinto partido. Eso si todavía tenemos país para entonces. Y viva nuestra mediocridad, como México no hay dos, ajuá.

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