La poesía y la muerte

Severamente pura, severamente hermosa

Cultura 16 de enero de 2024 Jesús Marín

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Despierto a las 5:45 cada madrugada. Emerjo del túnel que me sirve de refugio; despierto y él está ahí, ese miedo que me heredaste Lídice. Me quedo en la cama, dos horas, tres, las necesarias para convencerme que valdrá la pena sobrevivir un día más. Que en este día existirá no sé porque maldito milagro la suficiente necedad para no sentir tu ausencia. Que este día será como otro de tantos, de rutinas y grillos sordos y mujeres informes, donde tendré que soportar el peso de sobrevivirte. 

Y acabaré donde cada tarde, en el cementerio. Hablándole a ese montón de tierra. A esos gusanos. A tus huesos devastados. Acabaré maldiciendo a ese puto Dios por qué tú no estás conmigo. Porque a tus diecinueve años nos despedimos aquella mañana de diciembre, tú envuelta en una caja blanca y yo enfermo de insostenible desamparo. 

Lídice: ¿Cómo se le escribe a una muerta? ¿De qué sirve ir cada domingo a visitar el montón de tierra cobriza, donde una lápida tiene grabado tu nombre como señal que ahí reposa lo que resta de ti? 

Ojalá todo hubiera sido tan fácil. Ojalá que en esa fría mañana de diciembre yo hubiera podido ir contigo, acompañándote en ese ataúd. 

En ese silencio atroz. ¡Dios niña, le tenías tanto miedo a la oscuridad!

Nunca entenderé por qué lo hiciste. Por qué me abandonaste de esa manera. No he podido olvidar tu rostro pálido, y yo ahí, junto a tu piano, mirando cómo escapaba la vida por tus venas abiertas, incapaz de hacer nada. Atado por el juramento de respetar tu decisión hasta en el último momento. Ojalá no hubiera sido tan cobarde. Y tú, diciendo que era lo mejor para los dos, que te perdonara. ¿Cómo pudiste hacerlo? Me dejaste solo desde noche, más solo que cuando te encontré. ¿Esa fue tu forma de decirme que me amabas?

Te fuiste diciéndome que nada podría separarnos. Y vaya que es verdad, yo sigo vivo y tú sigues en mí, cavando otra clase de tumba que no tiene fin. Me dejaste en un desamparo que ciega, entonces, ¿cómo le pido a Dios que regreses?

Si pudiera volver a creer, me aferraría a esa pobre esperanza de que algún día, por no sé que milagro, tendremos que volver a encontrarnos, no ahora, no aquí, en ese otro cielo, bajo otro Dios menos cruel. Pero de qué sirven todas esas sutilezas ante la verdad de despertarme sin ti cada mañana. De mirarme en la enorme cama nuestra.

Cada día soy menos fuerte para soportar los días, cada vez me pesa más este sudario. 

Extraño tu voz, tu música, tus manos pequeñas. El rictus que había en tus ojos cuando no podías soportarme verme así, tan vencido. Necesito esa forma de mirarme, sin odios ni falsas piedades. 

Extraño tu fe en entregarte, sin condiciones. Necesito abrazarte una vez más Lídice. Enséñame entonces a no desesperarme, a no gritar de rabia. No hay remedio contra tu muerte, ni contra mi muerte. No me pertenezco, pertenezco a donde tú duermes, a donde tú reposas, bajo la oscura tierra, bajo la prisión que te devora. En ese pedazo de tierra debería estar yo, contigo, abrazados, muertos los dos.

Lídice: Si tan sólo nunca hubieras pronunciado mi nombre. Si tan sólo nunca hubieras creído en mí y no me hubieras enseñado a no tener miedo. Y no me hubieras enseñado los secretos de las madrugadas. Si no hubieras llorado conmigo esa tarde de lluvia. Si tan sólo no hubieras sido tú. 

Hoy no sé qué hacer. Ni a dónde ir. No tengo hogar. No tengo templos, ni Dios, me haces falta para caminar descalzos en el parque. Me haces falta para permanecer abrazados en la plaza a la tres de la madrugada. ¿Dónde quedarán nuestros nombres?, pronunciados por otras gentes.

Lídice debo irme. Debo ir por ti, buscarte. Estar juntos por lo que queda de la eternidad. Por lo que queda. (A 21 años de Lídice, en mi primer libro, allá por el año del 2002).

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