Mientras tenga libros en espera para leer, la muerte no me tocará

Cultura 16 de enero de 2024 Jesús Marín

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Yo leo desde los cinco años. Y llevo 50 años y no me he aburrido. Ni he tenido crisis de libro en blanco. Lo considero un acto normal y natural, parte de mi esencia. Nunca he contado el número de libros que leo por año ni siquiera por mes, para mí leer es un placer no una competencia.

No hago un listado ni planeo mis lecturas. Me gusta ser espontáneo en mis lecturas. A veces leo hasta cinco libros a la vez, paso de uno a otro sin remordimientos de infidelidad.

También he dejado libros a medio leer sin culpas ni remordimientos. Hay otros libros que releo como se visita a un viejo y querido amigo porque yo ya soy otro. Sí, también tengo mis favoritos, pero amo a todos mis libros, sin distingos de géneros ni grosores.

Cada libro tiene su carácter y su respiración, hay libros que los he leído en tres días, como “Cien años de Soledad”, otros que no quiero terminarlos porque siento que al acabarlos ya mi vida no sería igual, como “Todos los nombres” de Saramago. 

Libros que me han perseguido hasta llegar a mis ojos, me ocurrió con “Opiniones de un payaso”, me lo encontraba en ferias de libros, en librerías de saldo, de viejo, me decía, qué carajos me importa las opiniones de un payaso. Y una vez, fastidiado de su acoso, lo leí.

Toda una tarde y toda una noche. Me enamoré de ese libro. Tengo por norma jamás ver una película basada en un libro, por lo general, los destrozan, hay sus excepciones como “El Padrino” de Mario Puzo, pero necesitas leer el libro para comprender cosas que en la película no aparecen. 

Me quedo con los libros. Prefiero yo imaginar a mi manera, a mi imaginación, el universo creado por el escritor al hablarte a ti. Tampoco presto mis libros, quizá por ello, tengo cerca de 4 mil que he ido adoptando desde los cinco años.

A mis mujeres que he tenido, al verlos, se les antoja que les preste alguno. No, prefiero perder ese amor que algunos de mis libros. Yo ahora soy huérfano, se murieron mis viejos. Y de familia quedamos mi perro Saroh, mis libros y yo. 

Recuerdo que en el funeral de mi padre, una sobrina me dijo con piedosa piedad, tío te has quedado solo. Mija, yo llego a casa y cuatro mil voces me reciben, cuatro mil amigos me confortan. Yo nunca he estado solo. No sé dónde vayan a parar mis libros cuando mis ojos dejen de acariciarlos. De cuidarlos. De amarlos. He hecho un listado de libros a quien heredar, algunos para algunas mujeres que he amado, otros para amantes de libros como yo.

Tengo la esperanza que mientras tenga libros en espera para leer, la muerte no me tocará, por eso sigo acumulando libros. Y crecen los libros para leer en los próximos veinte años. Así que no me pregunten, ni me presuman cuando libros leen por año. Me parece una pendejada, una falta de respeto para los libros. ¿O acaso leen para presumir que leen? Yo leo para acrecentar mi familia y tener más amores. Soy un polígamo de la lectura.

 

II

 

El maratón más mexicano, el “Guadalupe Reyes”

Cierren las puertas, abran tamañota ventana en el corazón, compas, paisas, señores, niños y niñas, señoras y señoritas, que todavía debe quedar alguna por ahí escondida, el gran maratón de cada año no respeta edades ni condición chuparril. 

Vayan abriendo cahuamas, destapando mezcales, la gran Santa Cruzada del Chupe va a principiar.  Sí, damas y caballeros: veintiséis días corriditos de puro relajo, beberecua, y alguna dizque “Posadas”.

Casi un mes de maratón briagonezco, fiestero, cruderío y demás gatos revolcados. Embarrigarse de tamales, buñuelos, romeritos, nopalitos o palitos por si se les antoja a sus mercedes, sin faltar pavos rellenos de puritita ilusión, guajolotes despistados bañados en mole de veinte chiles, sin antojar. Sin olvidar los ponches surtidos de piquete, con su caña flotando al lado de un tejocote remojado. 

Así que pónganse buzos, vayan aceitando gaznates y preparando lenguas. Chidos compas, raza de por acá y de por allá, también, pa’ que hacerlos menos, ¿qué no pues? 

Por un rato, desterremos rencores y desavenencias para olvidar la desgracia de país que tenemos por culpa de ineptos diputados, zánganos rateros y puritos vividores, y de allí pa’ arriba, Judas  sinvergüenzas, pulpos chupeteadores, como decía el buen Palillo.

Desde el doce de diciembre, previas mañanitas a la Reina de México, fiesta magna en honor a la Santa Patrona de la nación mexicana, nuestra María de Guadalupe, inicia el largo y aguerrido período en que los hijos de la raza de bronce nos deschongamos en relajo pachanguero, batidero de recuerdos y lagrimones por los años idos y la gente ausente, ya por no estar o por fallecida de muerte. 

Diciembre me gustó para ponerme hasta las chanclas, y ¡ay cuando se nos quitará lo tarugo y nos quede nomás lo bruto! Alegría plena pa’ unos, tristeza infinita para otros, al recordar a los que la “pelona” se los cargó. 

Minuto de silencio y un buen buche cervecero y el muerto al hoyo y el vivo tras el otro hoyo, el de ricura inigualable, pues.

Es el tiempo del reencuentro, de las visitas de los que se tuvieron que ir al norte, con la gringada marihuanera y neurótica de-todo-lo-que-no-es-blanco-es-terrorista, a buscar dolaritos que mandar para espantar las huestes del hambre y la miseria, pero que en este tiempo se olvida, porque caray: “por eso y muchas cosas más, ven a mi casa esta navidad”.

Cierto, chida época de paz y amor, donde al menos por unos días se olvida el trajinar diario de la lucha por la supervivencia.

Con los centavitos del “aguinaldo” se ve a la gente en el centro, mercando la ropita para estrenar el mero día de Navidad, se apartan los juguetes y la baika nueva para los escuincles, chanza alcance para una cenita de Noche Buena más llenadora que los frijoles con café negro de siempre y con algo de maña y suerte, se le busca el modo de estirar el billete hasta afanarse un pollote de buen tamaño que adorne la mesa en fecha tan especial, en que nace el Niño Dios. Jesusito nomás.

La nostalgia es toda la piedad que resistimos. Hoy la Navidad significa ir a emborracharse hasta que el olvido lo ocupe todo. Significa que cada vez somos menos los que quedamos. Donde los abrazos ya son de dientes para afuera. El Feliz Navidad se dice más por mero formulismo que por sinceridad sincera.

Las posadas de ahora son para a ver que agarra uno o que le agarran a uno, ver donde se gorrea mejor el pisto, y lo de cajón, acabar saludando a la taza de baño con el grito de guerra: Huuuuuugggggoooo. 

Chale, puro baile guapachoso y cheve a morir. Once meses de modorra y desgano, y en el último, el despiporre y vale madrismo al más puro estilo mexicano: ¡Ay Dios, si en la borrachera te debo, en la cruda te pago y con hartos intereses!, ¡hasta no verte Jesús mío! Zas.

Día tras día, en un largo maratón de pisto y banda grupera, de posada en posada, cuya señal de arranque es el 12 de diciembre para terminar, el que llegue vivo o de perdida pueda todavía pronunciar su nombre de corridito, el siete de enero, día en que oficialmente termina este ya institucional maratón Guadalupano-Santos Reyes y anexas. Aunque algunos lo continuemos durante el año. Salú pues…

 

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