Cuando la tristeza se llama como tú, Penélope

Cultura 19 de diciembre de 2023 JESÚS MARÍN

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Déjame decirte que te quiero con este amor que de tan viejo es nuevo e imprudente. Te quiero hoy, más que hace trece años, más que la primera vez, es un amor, ya sin rezagos ni dudas, un amor exorcizado de rencores y perdones, un amor libre de culpas y resabios, un amor renacido de la costumbre de extrañarte trece largos años. Te amo Penélope...

 

II

 

He decidido dejar de fingir. De tirar la careta de hombre radiante. Dejar esta pose de que todo está bien. De que aquí, en mi corazón, sigue saliendo el sol cada noche. Abriré las compuertas para que la tristeza fluya, poderosa y contundente. 

Tristeza que se llama como tú. Tristeza que es mi muerte y es tu herencia. Tristeza de no verte, tristeza de no escucharte. Inmensa y desgarradora tristeza de ya no poder besarte. Tristeza que eres tú, mi amada Penélope.

He decidido hacer pública mi muerte, como si con este acto pudiera conmover a tu corazón. Como si este suicidio declarado hiciera que tu indiferencia por mí acabara.

He decido abrir las ventanas para que todos vean los pájaros muertos que me pueblan. Y que tú, únicamente tú, eres la culpable del genocidio de mi alma. Culpable de haberme iluminado. Culpable de haberme rescatado del naufragio. Culpable por hacerme creer que yo también tenía un dios. Culpable de sembrar esperanza en este páramo. Y de que un hombre muera de amor por una mujer. Y de que un hombre llore por una mujer.

Declarar por fin, lo que todos sospechaban al ver la fosa abierta, al notar el aroma de abandono y la aridez de penumbra: soy un hombre triste, triste hombre, triste de una infinita tristeza que abarca los confines y niebla la eternidad; muerto sin ti, muerto de ti. Muerto por ti.

He decidido dejar libre a la tristeza para que recorra cada acantilado, cada abismo, victoriosa de ser la única habitante, orgullosa de tenerme de rodillas. 

Reconocer ante la impiedad de Dios y la piedad de los hombres, que usted, Penélope de todos los santos, es la única mujer dueña de mi corazón, aunque ya esté muerto. 

Dueña de estas manos que se han secado sin el jardín de su cuerpo. Dueña de las arenas de este desierto, de la ceguera de mis ojos. Y la sed de su amor. 

Eres libre, tristeza, libre de hacerme pedazos limpiamente y sin recato alguno. Yo me he rendido. No tengas piedad para los cobardes.

Eres mi única habitante, callada y terrible tristeza que me habita desde el oscuro pozo de mis ojos. 

Esa tristeza que se convirtió en tu única maldita herencia. Una tristeza que va anegando mis playas, poco a poco cercándome, hasta que llegue el día en que sea todo tristeza, en que sea únicamente tristeza. ¿Me reconocerás por la calle si me vuelves a ver?, ¿reconocerás en este hombre, triste y destruido, al hombre que fue tuyo alguna vez? 

He decido declarar públicamente la enfermedad que me aqueja, la muerte que me consume. Me estoy muriendo de amor por ti, hermosa muchacha.

Me estoy muriendo de amor, mejor dicho, de desamor, de tu desamor, de tu indiferencia. Herido de nostalgia de no verte, de no tenerte, henchido de peste negra de tristeza, de abandono terminal, de muerto que respira, de hombre triste en su tristeza más álgida, en su dolor insoportable. 

Ya no puedo callar más, ya no es necesario ocultarlo, se me nota desde que mi sombra me ha abandonado. Yo mismo soy una sombra de lo que fui. Me han abandonado, fe y esperanza. Y he sido crucificado, mientras ella guardaba silencio. Mientras ella era sorda a mis súplicas. Ella de verdad me ha olvidado. Y se fue sin mirar atrás.

Heme aquí, tristeza, de rodillas, haz de mí lo que te plazca, que ella no ha de volver. Entonces, ¿para qué me sirve la vida? Entonces, ¿para qué me sirven los ojos? Tuyo soy, oh, tristeza.

Luego a uno le da una tristeza muy dentro del pecho. Uno se acuerda de sus muertos. De lo sola que se verá la mesa esta noche buena. Nomás uno y sus recuerdos. Ya no existe madre. Abuela se fue primero con sus historias de ánimas. Y nomás queda uno con el nudo en la garganta. Con las ganas de un abrazo. Y hasta la cerveza te sabe amarga. Ya todos han muerto, menos tú, con la terquedad de seguir vivo.

 

III

 

Yo no creía en milagros. He sido un cínico toda mi vida. Un egoísta hijo de la chingada. Lo sabes bien, Penélope. Hay en ti algo que me conmueve. Que me susurra: confía en ella. 

No sé si es tu dolor en la mirada o esa fe sorda de creer que hay algo bueno en mí. No lo sé, lo que ahora sé, es que no concibo mi vida sin tu presencia. 

Enséñame a creer. Enséñame a dar amor sin esperar nada a cambio como lo haces tú, mi pequeña valiente niña. Me sostiene saber que, si hoy muero, tú lloraras por mí, mi amada Penélope…

No tengo nada ni a nadie, sólo a ti. Suficiente para ese perro loco de la calle. Te amo.

 

IV

 

Hermanita. Hazme sentir de nuevo la sangre y la vida. Hazme sentir que sigo vivo. Abrázame y no me dejes caer. Acurrúcate junto a mí. Dame calor con tu bendita ternura. 

Hazme creer de nuevo. Yo que ya no creo en nada. Penélope yo no soy nadie. Yo no tengo nada. Pero te amo. Me haces falta en el otoño de mi vida. Ofréceme la esencia de tu ternura. Ofréndame la salvación de tus labios.  déjame amarte. Y ámame a tu manera y tiempo.

 

V

 

Imagínate que en esta navidad no se. Déjenme pensar el tercero, te concedieran tres deseos. Volver abrazar a mis viejos. Ese primer baile con Penélope, la canción fue Love tender. Y no sé, déjenme pensar el último. No quiero desperdiciarlo…

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