El Día de la Raza en la actual reconquista de México para los mexicanos

Cultura 16 de octubre de 2023 JESÚS MARÍN

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Cada doce octubre, se celebra o se descelebra el “Día de la Raza” -según sea el sentir, se “celebra”-, la mezcla de dos sangres, de dos pensamientos, el del imperio Azteca que tenía sometido a las tribus del centro del Valle de México por la fuerza, los esclavizaba, los sacrificaba en sus ceremonias rituales, en sus guerras floridas.

Por el otro, el del reino de los reyes católicos de Castilla y Aragón, al mando de un puñado de conquistadores, barbudos, salvajes, saqueadores en su mayoría piratas, ladrones y ex presidiarios.

La batalla final se dio en la señorial ciudad de Tenochtitlan en 1521, calle por calle, plaza por plaza, canal por canal. Más de diez mil guerreros de élite de los aztecas y sus pobladores, hombres, ancianos y niños, defendieron su ciudad.

El asedio duró varios meses, les cortaron el agua y los suministros.

Los aztecas se enfrentaron a unos cientos de españoles, armados con arcabuces y a caballo, apoyados por más de cuarenta mil guerreros enemigos de los aztecas, los tlaxcaltecas, considerados como el guerrero más fiero de su época.

A los aztecas no los venció el hambre ni la sed, ni las armas. A los aztecas los venció la viruela, el virus que trajeron los españoles desde su península. No tenían defensas para esa clase de enfermedades y sucumbieron a ella.

El doce de octubre celebran unos, ardientes pro indigenistas, lloran la caída de un imperio Azteca, lo mitifican, lo ensalzan. Lo romantizan. Se viste de plumas y sonajas, canta en caracoles, reniega de su sangre española. Derrumban monumentos a Colón.

Es un día, doce de octubre, en que se sienten aztecas sin serlo, vistiendo jean de marca, tomándose fotos con su celular, en camisas gringas y europeas. Y el resto del año, se olvidan de los indígenas, descendientes de los pueblos que habitaron el México prehispánico.

Los otros, los que se sienten más europeos que americanos, más de raza blanca que de raza mexicana, güeros, de ojos de color, por ello, ya son superiores y tiene derecho sobre los prietos. Son blancos y por ello, son herederos naturales de la riqueza del país.

Ni somos aztecas, ni somos españoles, somos mexicanos. Mestizos, indios con barba o españoles lampiños. Hablamos la lengua de Cervantes, adoramos un dios judío, no un dios Azteca, de los innumerables que había.

Adoramos una virgen, hechiza de la Virgen María y una diosa de los aztecas. Comemos nuestra rica tradicional cocina de nuestros ancestros. Hemos incorporado a nuestra lengua mexicana palabras del náhuatl, ponemos nombres aztecas a nuestros hijos. Veneramos la cultura azteca como un paraíso, sin ver su barbarie, sus sangrientos sacrificios, a sus infinitos dios. Igual, a los españoles que arrasaron una civilización, una cultura, destruyeron sus templos y ciudades, esclavizaron a los sobrevivientes.

Toda conquista, derrama sangre. Aplasta y absorbe o destruye la cultura conquistada para imponer las leyes, religión del conquistador. Es la historia de la humanidad. Es nuestra historia de ser un país conquistado. Un país mestizo. Somos resultados del choque brutal entre dos civilizaciones. La conquistada, los aztecas y pueblos nativos. Y el entonces poderoso reino de Castilla y Aragón, no hubo imperio español, cómo tal hasta 1528.

Somos mestizos los mexicanos, reneguemos de la sangre española o romanticemos la indígena. Cada doce de octubre, derrumbemos monumentos de Colón y Cortés, llamándolos asesinos, en lengua y usando sus apellidos. 

Cierto, lo son, pero qué conquistador no lo es. De hecho, los aztecas eran odiados a muerte por los pueblos subyugados por ellos, a quienes debían tributos, en especie y esclavos.

Un puñado de españoles no hubiera podido derrotar a diez mil guerreros de élite de los aztecas si no hubieran contado con el apoyo de los guerreros conquistados por el imperio de Moctezuma. Cerca de 40 mil tlaxtlatecas apoyaron la conquista española.

Somos eso, ni indígenas, así nos vistamos de matachines y vayamos a las pirámides cada 21 de marzo y se pongan nombres como Cuauhtémoc, Cuitláhuac, Xóchitl.

Ni españoles, así tengamos nombre y dios cristiano, barba cerrada y piel blanca, y hablemos, casi 120 millones la lengua de los españoles. 

Somos algo maravilloso. Somos el resultado de esa mezcla de dos sangres. Por un lado comemos tamales -con carne de cerdo, traída por la llamada madre patria, madrastra- y por otro comemos bistecs, jamones y chorizos. 

Así que ni tanto odio a los peninsulares barbudos ni tanto amor desmedido a los lampiños nativos americanos. Equivaldría odiar a un abuelo y amar al otro.

Desde aquel fatídico 1519, al caer el imperio azteca, los sobrevivientes, los mestizos, los indígenas, los prietos, la chuma, los pata rajada, perdimos el orgullo y derecho de ser mexicanos, nos convertimos en carne de cañón, en semi esclavos de los blancos, de los penínsulas, de los criollos.

Nos dijeron que, por ser prietos, éramos inferiores y que nuestro destino es la pobreza, que no teníamos derechos ni esperanzas en un país regido por el racismo y el clasismo.

Nos adormecieron de religión, nos llenaron de miedos y pecados, de Curas ensotanados con biblia en la mano, condenándonos para ser pobres y sacrílegos, nos predicaban que ser pobre era un virtud y que lo que sufrimos en tierra, era voluntad de dios y que nos esperaba un paraíso allá en su cielo, a la derecha de cristo salvador de los barbudos conquistadores.

Durante siglos lo creímos, que México no pertenecía a los mexicanos prietos, a los pobres, a los pata rajada. Y ser blanco era un privilegio, una carta de recomendación escrita por su Dios.

Se vino la independencia, la reforma la revolución, y todo siguió igual, solo se cambiaron de blancos en el poder. Los pobres y mestizos, igual de jodidos.

Ochenta años viviendo en un país que no nos pertenecía. Ochenta años donde los pobres eran los humillados, sacrificados. 

Ochenta años donde desmantelaron al país, sus bienes, sus recursos naturales, el indígena solamente era un ser folclórico a recordar en sus fiestas patronales de los pueblos originarios. Los mestizos, obra de mano explotada, mestizos esclavos por un salario miserable, sin derechos y sin esperanzas.

Hace cinco años se reinicia la reconstrucción del país, arrasado y saqueado por los llamados conservadores, hoy patética y ruin oposición, raza de hienas y canallas, asesinos y corruptos, del PRIAN.

Llevamos cinco años reconquistando a México para los mexicanos, un México donde primero los pobres. Primero los ancianos. Primero los mexicanos prietos y mestizos.

Treinta millones de mexicanos le dieron el triunfo a un hombre que por más de veinte años luchó para lograr un México para todos y lo está logrando. Lo estamos logrando. 

La reconstrucción y la reconquista, seguirá con Claudia. Estamos reconquistando a nuestro México, lindo y querido, para todos los mexicanos. Andrés Manuel López obrador solo tiene un interés, un solo amor: México y su pueblo. Nuestro pueblo.

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