El músico que le tocó al Diablo

Cultura 25 de septiembre de 2023 JESÚS MARÍN

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Dicen que al Diablo y su corte de ángeles caídos, les encanta el huateque y las orgías, verdaderas bacanales de desenfrenos y excesos.

Bailes con el derroche de pecados. Dicen que en el infierno Satanás hace bailar a los pecadores, hasta el cansancio, entre dolores y tormentos.

Bailan infinitamente hasta que se les descarna la piel y quedan en puros huesos, sufren por su vida sediciosa y sin temor de Dios. Bailan descalzos sobre las eternas brasas ardientes del infierno, como perpetuo castigo a la lujuria y al libertinaje.

 

En aquel Durango de antaño, una ciudad, tranquila y provinciana. Una ciudad de palacios y carrozas. Un Durango donde solamente había dos carros de propulsión mecánica. Unas elegantes carcachas, recién salidas de la Ford.

Un Durango porfiriano y de haciendas. Bigotes atusados y sombreros de copa, mujeres de corsé y lanolina, vestidos elegantes traídos desde la Francia.

Un Durango de añejos aristócratas que se creían afrancesados. Y un pueblo de obreros y campesinos, oprimidos y casi esclavos de los ricos terratenientes y opulentos mineros.

Durango, con sus calles estrechas y empedradas, donde circulaban carros tirados de mulas, un tranvía era la gran novedad. No hacía ni veinte años que fuera inaugurada la estación de ferrocarriles, entre bombo y platillo. El cine aun no era conocido de los capitalinos y les sonaba a ciencia ficción.

La plaza de Armas era el centro de reunión social de los duranguenses, sobre todo de las familias pudientes y de alcurnia, que nunca faltaban a misa de los domingos en nuestra señorial Catedral. 

Ya en ese entonces, la triste figura de la monja Beatriz, era sombra recurrente por las noches, en su solitaria torre, esperando ese amor que nunca regresó.

Pasearse por las Moreras, un lujo y un privilegio. El Parque Guadiana lucía como un frondoso bosque, el bosque de la China. 

En esta pequeña ciudad de principios de siglo XX, del 1900, ténganlo presente señores. La gente fina y de clase alta duranguense, heredera de haciendas y minas, se conocían y frecuentaban, asistían a sus lujosas fiestas y bailes.

Su mayor “hobby” era ver quién organizaba la mejor fiesta y con la mejor orquesta del momento. Lucir los costosos trajes para las damas, traídos desde las Europas. Las orquestas tocaban los vals y chotis de moda en París, y en la capital del país. Llegan a Durango con meses de retraso, lo que tardaban los transatlánticos en cruzar el océano Atlántico hasta el puerto de Veracruz y de ahí, darlos a conocerlos en las principales ciudades de México.

Durango no era la excepción, una ciudad educada en francés y con música alemana, exigían las mejores orquestas ya de la ciudad o de estados circunvecinos. 

Teníamos al gran pianista, con triunfales giras por Europa, el músico y compositor Ricardo Castro, la futura y famosa cantante de ópera soprano sin igual, Fanny Anitúa, ya contaba con trece años.

Grandes orquestas amenizaban los elegantes bailes en la ciudad, el Durango, perla del Guadiana. Las principales orquestas con sus directores de renombre, solamente tocaban en eventos de la alta sociedad y a petición de los importantes y del gobernador.

Los otros, los rascatripas los contrataban para ranchear, tocan en fiestas de pueblo y patronales. Bailes de quinceañera y bautismos. Contratados en la plazuela Baca Ortiz.

 

Durango era y es, un pueblo chico, un infierno grande, el rumor, la noticia, se difunde con la rapidez del rayo se convierte en leyenda, que pasa de boca en boca, de familia en familia, de barrio en barrio, de generación en generación, donde se confunde la historia con la fantasía. Los hechos son contados dependiendo de quién narre la leyenda.

 

La leyenda del músico que le tocó al diablo, contratado para amenizar un baile a la medianoche, un fandango organizado por el mismísimo príncipe de las tinieblas.

Dicen las consejas, sobre este horrible suceso que involucró al gran músico y compositor, don Aturo Lugo Navarrete y su orquesta,

Arturo Lugo Navarrete fue uno de los grandes músicos duranguenses, a la altura de maestros como Ricardo Rafael Castro Herrera, Alberto Melquiades Alvarado y Manuel María Ponce.

Su orquesta gozó de enorme prestigio a principio del siglo XX y hasta la actualidad, su nombre, Arturo Lugo, está inscrito con letras de oro en el kiosco de la plaza principal, la plaza de Armas, corazón de Durango.

Su trágica actuación tocando un baile demoniaco, sucede allá por los albores del siglo XX, en apogeo de la época porfiriana, donde la aristocracia de Durango, afrancesada, de ricos terratenientes y mineros, acostumbraba a ofrecer fastuosos bailes al menor pretexto. Por el onomástico del hacendado, por las bodas de plata de un matrimonio de abolengo, por el cumpleaños del señor presidente de la república, don Porfirio Díaz, por la celebración de la Independencia. Mientras el pueblo moría de hambre y en la miseria. La revolución mexicana que cambiaría la suerte y rostro de México, apenas levantaba polvadera por unos cuantos amargados.

Contratar a una gran orquesta es privilegio de ricos y pudientes. El pueblo y la chusma, se conformaba con verlos y escucharlos desde las ventanas si tenían la suerte de acercarse o escuchar la música desde las sombras. 

 

Don Arturo es un músico y compositor, muy reconocido en la ciudad capital y norte del país. Se da el lujo de escoger las fiestas y bailes a amenizar. Cobran muy bien su participación y la de su orquesta, en oro, sonante y constante.

Es un magnífico director, en su haber como compositor, hay valses, muy de moda en esa época, recordemos el vals “Sobre las olas “de Juventino Rosas, el vals “Carmen” compuesto a la primera dama, Carmencita, esposa del General Díaz. Don Arturo Lugo ha compuesto polkas, una pieza de origen alemán, muy arraigada en el norte de México. Entre sus piezas más famosas, destacan “Brumas de oriente” en honor de nuestro gran poeta Antonio Gaxiola. Inspirado en el gran amor que sentía por su esposa, le compone “Dos corazones”, “Eco del corazón” y “Lola”, infundido en Dolores Loza, su novia y a la postre su esposa. 

A la gran poeta duranguense María del Refugio Guerrero Román, le compone el vals “Cuca”, ella es miembro de destacada familia y con una trágica vida, paciente recluida en centros de salud mental. Este vals fue estrenado oficialmente en un baile en el palacio de gobierno.

Don Aturo Lugo ya es contratado por gente de dinero y alcurnia. Gracias a sus composiciones y popularidad, el maestro elevó su orgullo y soberbia. A cobrar por encima de sus competidores para amenizar eventos.

Los contratos no le faltan, sus melodías son muy bellas, sus arreglos musicales de primer nivel, soportaban sus constantes desplantes y desaires por su gran talento. Renuncia tocar en rancherías, a quienes considera muy por debajo de su categoría. Evita presentarse en bailes populares. A menos que el gobernador le garantice una jugosa bolsa de dinero por su presentación.

 

Dicen que el diablo tienta al más santo y corrompe al más pintado. La mejor hora del diablo son las tres de la mañana, en clara burla al Cristo de los cristianos. Quien se dice que fue crucificado a las tres de la tarde. Por ello el oscuro, el innombrable, escoge esa hora maldita para sus aquelarres.

 

Tres fuertes toquidos tronaron en la puerta de la casa del músico. Tres largos y tenebrosos golpes que rompieron el silencio de la noche. Una noche sin luna, de un frío glacial, un desamparo invadiendo el ambiente.

Tras los toquidos, un fétido olor se esparce. Un fuerte y tóxico olor azufre opaca los aromas nocturnos. El olor a siemprevivas.

Don Arturo Lugo acude al llamado, pese a ser las tres de la mañana, imagina que alguien muy importante es quien lo requiere. Nadie que no sea poderoso se hubiera atrevido a importarle, a él, el mejor músico de la ciudad.

Al abrir ya se saborea una gran ganancia a obtener. Acude abrir la puerta en persona, ya que su servidumbre dormía, haciendo caso omiso de los ruegos de su esposa, enfundado en su ropa de dormir.

Abre la puerta. El visitante es un hombre misterioso, enfundado en una gran negra capa, de estatura gigantesca. La oscuridad le impide apreciar los rasgos de aquel hombre, ocultos por un elegante sombrero negro. 

Este hombre vestía de negro, extrañamente le refulgían los ojos de un tono rojizo. Sin despojarse de su capa y arcana identidad, el hombre acepta la invitación a pasar. Dicen que ningún ser maligno entrara a tu hogar, si no es invitado por ti. 

 

Ya dentro el hombre, alumbrado únicamente por la pálida luz del quinque que don Lugo porta para disipar las tinieblas.

El hombre, con una fuerte voz le dice. Me han dicho que eres el mejor músico de la ciudad. Tu fama ha llegado hasta mis dominios. Deseo contratarte a ti y a tu orquesta para amenizar un gran baile que ofreceré a mis nuevos huéspedes. Un baile en los confines de la ciudad y del mundo. Te pagaré tres veces tu peso en oro.

Don Arturo, hipnotizado por la elegancia del obscuro caballero y cegado por la ambición, estrecha la mano que aquel ser le tiende para sellar el trato. No le atemorizó la frialdad de la mano ni las filosas uñas de su mano izquierda.

Yo te mandaré una carta, con el lugar y la fecha. Espero de tí, tu mejor música. Es un baile para debutantes en mi mansión, a donde los que llegan, nunca retornan. Y para sellar el contrato, el caballero le da dos bolsas de monedas en oro de ley, como adelanto.

Al verificar el contenido de las bolsas, agacha el rostro, el brillo dorado lo cautiva. Al volverse a darle las gracias, el caballero ha desaparecido. Se escucha una lúgubre carcajada y el retumbar de mil cascos de caballo. 

 

La fama de don Lugo es muy merecida, en el año del nuestro señor de 1904, su orquesta ha ganado el concurso de la mejor orquesta del norte. Compitiendo con orquestas de Zacatecas, Sinaloa, Chihuahua, Coahuila y Durango.

A los tres días, el maestro encuentra un sobre lacrado a las puertas de mansión. Lo abre, lee una dirección y una fecha. Espero que cumplas con tu trato. Son las únicas palabras. Firmada con una enorme S, con una tinta que parece ser sangre.

El músico, como hombre criado en Durango, es un hombre de palabra y honor. Comunica a sus músicos la fecha y lugar del baile que amenizaran. Será una fiesta de postín, vestirían sus mejores galas.

Los integrantes de la orquesta llegan puntuales y elegantes a la casa del maestro y juntos emprenden el camino rumbo al huateque en cuestión.

La leyenda cuenta que el maestro y su orquesta, salieron rayando la media noche. La dirección ubicaba a la residencia de aquel caballero en las orillas de la ciudad. En aquel principio de siglo, la ciudad de Durango es muy pequeña, se recorría fácilmente a pie. Cruzan el puente de las Moreras y avanzan por la hoy Fanny Anitúa. Atraviesan las Moreras que a esas horas de la noche, lucía lúgubre, pero gracias a que había luna llena, una luna esplendorosa.

Cuenta la leyenda que el baile se realizó en “La Trinidad”, gran casona. Otras consejas coinciden que el lugar del baile fue en “El Caserón”, una vieja casa ubicada en lo que hoy es la Facultad de Derecho y la FECA, cuyas ruinas sirvieron como vestidores de la alberca “El Ariel”. 

La orquesta es recibida por un elegante criado de librea que los lleva un vestidor donde prepararon sus instrumentos.

Les extrañó el ambiente del interior, demasiado calor, muy cálido, un calor infernal para esas horas de la madrugada. Al entrar al salón se acomodan sobre un improvisado pódium.

La pista, pletórica de parejas. Antorchas empotradas en las paredes les daban un aspecto tétrico, sombras entre sombras, temblando ante las coloraciones de las llamas.

Les extrañó no reconocer a ninguno de los invitados. Quizá eran gente venida de otros lugares, de otras vidas, ajenas a su círculo en que la orquesta tocaba. Siendo una fiesta aristocrática, el maestro y sus músicos deberían conocer lo más granado de la sociedad duranguense. Estos invitados no les eran conocidos.

Por más que atisbaron entre los invitados, ningún rostro familiar. En la pista una veintena de parejas, ricamente ataviados y enjoyadas, de rostros enjutos y melancólicos, con rictus marcados de tristeza y cierta lejanía de sufrimiento. Una espesa bruma surgida del piso ocultaba los cuerpos de los presentes hasta la altura de las rodillas. Un olor pestilente surgido de la bruma impregnaba la atmósfera.

En el centro, allá en el fondo, en un trono de piedra, grabada con seres alados y serpientes, los observaba el anfitrión, el hombre que los contrató. Se podría decir que era un príncipe y su corte. Un príncipe maligno. Y más que su corte. Sus invitados parecían ser sus esclavos. Parecía que le pertenecían.

Iniciaron con su repertorio, tocando los arpegios de un vals muy conocido, las parejas giraban y giraban, dando vueltas, emitían gritos de horror, como si aquel baile les resultara un tormento, emitían pequeños gritos de dolor.

En una de las volteretas, el maestro mira azorado a una de las damas que bailaba sin parar. Y se estremece al descubrir que era su querida comadre, quien falleció cinco años atrás, descubierta en el pecado de adulterio. Fue un escandaloso suceso de aquellos tiempos. La dama fue baleada por su marido ofendido en su honor. En aquella época, el código penal y civil del estado, lavar el honor ofendido, no era contemplado como delito.

 

El maestro baja a la pista, sus músicos callaron, el silencio es ominoso. Y toma del hombro a su comadre, sabiéndola muerta, sabiéndola una ánima en pena, con la voz quebrada por el miedo le pregunta… Comadre, ¿qué hace aquí?  Usted está muerta, yo mismo vi su cuerpo cuando la velábamos.

Ustedes, compadre, le tocan al maligno, ustedes no merecen estar aquí… todavía… miré los pies a los danzantes. Y ya con el horror en la piel, con el terror en la sangre, bajan la mirada… los pies de los danzantes son patas de cabra y gallo… Compadre, váyanse, váyanse, este maldito lugar es la entrada de los infiernos, el reino del mal y la maldad. Mi castigo por mis pecados es bailar eternamente, es el precio de mi infidelidad. Este es el baile de los condenados. Nos obligan a bailar hasta desfallecer, recibimos castigos y tormentos por nuestra vida llena de excesos, de pecados y lujurias.

¡Ay compadre, váyanse antes que no puedan escapar y se queden tocando para siempre!  ¡Huyan antes que su música se convierta en parte de los lamentos de los condenados! Se escuchan obscenas y depravadas carcajadas.

El maestro y sus músicos salen despavoridos, dejan sus instrumentos y partituras, regadas. huyen presas del pánico. Corren sin detenerse. Los condenados bailaban sin música, giraban enloquecidos, se escuchaba el crujir de huesos y se les abrían horribles llagas, se retorcían violentamente, sus rostros deformados, con gestos de angustia y arteros dolores, de miedos y súplicas; salen huyendo del infernal baile y no se detienen hasta llegar a casa del maestro. Recuperan el aliento, se dan cuenta que han olvidado sus aparejos musicales.

Ya en casa, rezan, tratan de superar el susto. Se toman mezcal y té de tila, para el susto. No dejan de temblar, un sudor frío los envuelve. 

La esposa del maestro reza un rosario. Se encienden veladoras ante la imagen de San Jorge Bendito, santo patrón de los duranguenses.

El maestro ya dueño de sí mismo, descubre que las dos bolsas de oro del anticipo se han convertido en carbón.

El más joven de sus músicos, propone regresar por sus instrumentos a la casona, son las herramientas de su oficio, sin ellos están perdidos. Son su modo de vida. Han dejado sus sacos, sus enseres, el arpa, los violines, sus chellos, sus partituras. No pueden abandonarlos, son finos y muy caros. En ese tiempo la mayoría provenían de Europa.

 

Una vez amanecido, con las primeras luces en este limpio cielo duranguense, acompañados de sirvientes y armados con garrotes, se dirigen a la elegante mansión donde le han tocado al diablo, donde le tocaron su música al príncipe de las tinieblas, al diablo mayor, Satanás, el ángel caído.

Ante el enorme portón, que luce en ruinas, con la madera carcomida, los goznes salidos, la imagen de abandono y desolación. 

El horrible chirrido al abrirla es terrible. Temerosos penetran a la casona en ruinas, las paredes derrumbadas, los bichos y ratas, dueñas de los escombros, pululan descaradamente. Parte del techo, caído.

Llegan al salón principal. El mismo donde tocaron la infernal noche. Ante los condenados y el ángel caído. Telarañas por doquier, los otrora cortinajes de seda, son harapos. El polvo y los despojos, la miseria, reinaban los rincones, la mala hierba crece sin control.

En los sillones, los devastados sillones, sus herramientas, sus aparejos , sus instrumentos musicales. Un violín en un sillón, en una mesa, un chello, las partituras regadas por el piso. 

Desesperados por salir de esa casona, donde le tocaron al diablo, recogen sus hatares de músicos y salen en pies en polvadera.

 

Desde esa noche, no volvieron a ser los mismos. Las consejas populares decían que les ganó el susto, que se les subió el muerto, que los chupó la bruja.

Lo cierto es que nunca recuperaron la paz y tranquilidad. Cerraban los ojos y veían aquella dantesca escena de parejas bailando con sus extremidades demoniacas y animalescas. Y escuchaban las obscenas carcajadas del maligno.

Desde de esa noche la orquesta de Arturo Lugo, poco a poco fue en declive, se encerró en su casa, dejó de contratarse, los músicos de su orquesta fueron desertando. Se fue churriendo de tristeza. De su esposa no se sabe nada.

Don Arturo murió en la miseria el 10 de julio de 1949. Cuarenta y cinco años después que le tocara al diablo. Esta es una de las leyendas más difundidas en nuestro Durango.

 

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