Antoine & Sophie

Cultura 04 de septiembre de 2023 RICARDO ALBERTO PÉREZ GONZÁLEZ

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Antoine y Sophie enamorados por años, caminaban por las calles. Como locos. Era noviembre y su amor despedía chispas, como cuando los pedernales chocan de manera repentina y repetitiva. Parecían brasas que corrían retozando y nombrando palabras de amor. Antoine le prometía a Sophie amor eterno por la avenida Gustave Eiffel. Era todo lo que Sophie quería. Estar con él. Su enamorado eterno, así le decía ella.

Sophie tenía una duda constante que acalambraba su pecho. << Promesa, ¿Por qué promesa y no juramento? ¿Después de tantos años ya no me quiere?>> Pensaba Sophie mientras apretaba el brazo de su enamorado. Antoine parecía que leía sus labios mudos, la acurrucaba en su hombro. Pronto aliviaba el dolor sorpresivo de Sophie.

—Sophie. Te amo. — Decía Antoine mientras veía las estrellas eclipsadas por las nubes de invierno. — Recuérdame como hoy, en esta eternidad que nos une para siempre.

—Antoine. — Expresó Sophie con un aire de tristeza inexplicable.

Pocos días después Sophie enfermó. Antoine le llevó a clinique de l´ Alma.

Los doctores no sabían que tenía. Estudios. Diagnósticos. Eran todos variados e inexactos cada que pasaban los días. Los médicos le daban poco más de un año de vida. Antoine fue advertido de ello. A pesar de todo, él sonreía. Pensaba en ella, como el primer día en que dieron paso para estar juntos. En su mente jugaba con los recuerdos, el primer viaje, su primera carta de amor, el primer  apartamento rentado.

Antoine en ningún momento le dejaba. Incluso a su trabajo renunció. Sus bienes ofreció. Sólo quería cuidarla, ya no importaba el costo. No dejaba de sonreír, ni llorar.

Habían pasado cuatro largos meses. Sophie de manera milagrosa despertó. Sentía el estómago revuelto. Mareos. Estaba entumecida. Lo primero que pensó fue dar con Antoine. Lloraba, lloraba como si despertase de una pesadilla. Pronto se acercó una enfermera que escuchó los gritos por el pasillo. Sophie le preguntó por Antoine. La enfermera nunca le contestó, le ignoró y fue a dar aviso a los médicos de la situación.

Mientras la enfermera corría a dar el informe, Sophie pudo ver por la ventana de su habitación que era de noche, que las nubes eclipsaban a las estrellas y que ahora la tristeza inexplicable tenía toda la razón del mundo.

—Antoine…

—Antoine falleció, Sophie. Estuvo con usted hasta el último momento. Nunca le abandonó. Antoine padecía cáncer desde hace más de tres años. La enfermedad avanzó muy rápido. No pudimos hacer mucho. Cuando notamos que su salud era precaria decidimos darle la noticia. Se opuso a cualquier tratamiento para alargar su vida porque quería cuidar de usted. De noche y de día —comentó el doctor encargado mientras sostenía una tablilla en las manos.

Sophie comenzó a llorar, gritó, enmudeció y apretó con las pocas fuerzas que tenía la sabana en la cual estaba acostada.

— ¡Sophie, debería guardar la calma!— exclamó el doctor afligido por ser él el responsable de darle semejante noticia.

— ¿La calma Doctor? ¡De nada sirve la calma, de nada sirve vivir! — gritaba Sophie mientras pataleaba la cama y cubría su rostro con sus manos.

—No lo haga por usted. Hágalo por su hijo. Sophie, está usted embarazada…

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