Varias Kalpas y aún te amo

Cultura 21 de agosto de 2023 Ricardo Alberto Pérez González

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Estaba sentado en una hermosa banca de madera, junto a ese canal. Me relajaba en Andalucía. Fumaba cuanto cigarro podía y con lentitud; me olvidaba de ella. << Son las tres y media, no he comido nada. Traigo veinte pesos en la bolsa de mi pantalón. Pronto se hará tarde. ¡Chingado!>> Pensaba con sobriedad, mientras el octavo tabaco trazaba dos caminos: uno llegaba a mi nariz, traía consigo amargura; el otro, resignación a mi boca.

Tanto tiempo juntos y decidí marcharme. ¡Soy un estúpido, un mocoso, no debería estar aquí! Recuerdo ese día porque aún no ha pasado.

— ¿Por qué ese señor usa botas de mujer? Mamá. —Decía un crío usando un tono irrespetuoso, señalándome con el dedo índice. La madre no pudo hacer más decirle —Si, hijo, si.

Comencé a escribir para olvidar y terminé recordándote. ¡Esa noche! Aquel día. Respirando hondo y escuchándote veía como corría el agua. << No quiero llorar. ¿Por qué estoy hablando de ti? >> Me digo a mí mismo cuando ya he soltado las primeras lágrimas sobre el agua. En fin…

Tenía planeado asistir, como todos los sábados, al teatro. Pero ahí estaba yo, decaído, pensando en todo, en nada. << La gente es feliz cuando se ama; cuando no, sólo seguimos un guión. Nada más. >> cavilaba confundido. Sin llegar a nada. Estaba algo perdido.

Después de algunas horas de relajación, viendo a la gente pasear en aquel acueducto, decidí caminar. Estaba en los puestos de revistas. Dibujada en los edificios. Mencionada en las iglesias. Silbada en mis odios. Todos hablaban de ti, me pedían que me fuera, que retornara a tu lado.       << ¿Por qué me fui?>> Repetía y repasaba mientras sostenía en mi boca el vigésimo segundo cigarrillo…

Cuando por fin se hizo de madrugada, opté por el camino a casa. Estaba exhausto. No quería pensar más. El humo negro y el olor pestilente me perseguían como una sombra de día. Pero tenía que hacerlo. Ser débil una vez más. Si…

Saqué la foto que guardaba en mi saco. La vi. De inmediato supe que tenía que volver. Ni la vida misma se opondría, porque ambos le llamábamos destino.

Son las 3:45 de la mañana. Quiero arrodillarme ante ti y dejar que tu alma brava reconozca a la mía. Si, te extraño. Si, te amo.

Pronto estaré a tu lado…

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