Un Museo de Villa sin Villa

Cascarón vacío

Cultura 14 de agosto de 2023 MARTÍN M. GONZÁLEZ

web museo

Este año del 2023 fue declarado el año del general Francisco Villa. Se han organizado conferencias, charlas, homenajes, cabalgatas, música y corridos, en el Museo Villa y en la Coyotada, lugar del nacimiento del Centauro del Norte.

Vino el presidente López Obrador a la Coyotada en la conmemoración del centenario del asesinato de Villa. Se ha gritado, hinchados de orgullo, el Viva Villa, cabrones.

Los turistas, nacionales, extranjeros, pochos y chicanos, preguntan por libros sobre el general de generales, sobre su vida y hazañas.

Entran emocionados a su flamante Museo, otrora casa de gobierno, otrora casona del minero de Zambrano, esperan encontrar un museo dedicado en cuerpo y alma, en esencia y exposiciones, del mítico Francisco Villa, el mexicano más famoso a nivel mundial.

Villa es amado u odiado. Admirado o repudiado. Con el general Villa no hay medias tintas. Es un héroe o es un matón, un roba vacas o un benefactor de los pobres. Querido y temido, pero indispensable para entender la revolución mexicana en el norte de México, para entender al México que hoy somos.

Oh desilusión, el Museo de Francisco Villa, es un cascarón vacío, apenas unas fotitos, una máscara mortuoria de Villa. No hay una sala con artefactos y ropas, con armas y afeites, del Centauro del Norte. 

No hay ni siquiera réplicas de las armas, del carromato donde lo asesinaron. De la cama donde fue velado. Los guías hablan de Zambrano, su historia, está bien, pero carajos, es el museo de Villa, debieran saber la historia del centauro, sus generales Felipe Ángeles, Rodolfo Fierro, de los caballos de Villa, de las batallas que ganó, las que perdió. Del día que iba a ser fusilado. Y la vez que lloró ante la tumba de Madero. Que era abstemio y amaba las malteadas de fresa, las motos y los carros. De que se casó veintiocho veces, todas por la iglesia y por lo civil.

Debiera haber una sala dedicada a Villa, con una exposición permanente de las miles de fotos que le tomaron. Los cortometrajes. Carajos con la tecnología actual, con el internet al alcance, debieran servir para una buena museografía de Villa. No hay carteles con los corridos que le han compuesto.

Una sala dedicada a sus ropas militares, a los cientos de sombreros que usó Pancho Villa. A sus hazañas y desdichas. A sus hijos y cómo lo asesinaron.

No hay una historia cronológica de la carrera militar del General. Carajos ni siquiera una exposición permanente de los libros que se han escrito sobre la vida y obra, del mexicano más famoso a nivel mundial.

Se contenta el Museo, y por ene sus autoridades, con presentar, juegos interactivos, un caballito de feria. Con actores que encarnan al General, para la fotito. No hay un guía del museo escrita que el turista pueda llevarse con la información pertinente de quién fue este duranguense de San Juan del Río.

El Museo de Villa es una caricatura, comparado con el de Parral o con el museo de Chihuahua o con los que existen en gabacho, en Columbus.

Es todo lo que quieran, un centro de cenas elegantes, un centro para graduaciones escolares y fiestas de quince años, menos un museo digno del gran jefe de la División del Norte, del hombre que una vez cabalgó por las sierras del norte, al mando de más de cuarenta mil hombres, sus dorados de Villa, bien armados y pertrechados, bien uniformados y bien entrones, todos dispuesto a morir por la causa y por su  líder, el jefe de jefe de la revolución mexicano, el General Pancho Villa, nacido como Doroteo Arango.

 

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Es indignante que orinar en los baños del Museo Francisco Villa sea un riesgo letal, un peligroso riesgo. El baño de caballeros, en los urinarios lleva meses, quizá años, quizá siglos, quizá antes de que existiera Dios y el universo, tirando el agua de los urinarios, formando un charco, una mortífera charca de agua esparcida por el piso, donde si no resbalas y das tu malpaso, como quinceañera inexperta, es porque Dios es grande.

Mínimo si te resbalas, te partes la madre, te quiebras una pata. O maltrechas tu dignidad.

Diez meses del nuevo gobierno de Villegas, y los urinarios del Museo Villa, siguen tirando agua, esparce y forman un charco de agua, combinado con el piso liso, como las nalgas de un ángel, si no tienes cuidado, pos azotó la res, allá vas por los suelos, dignidades y humanidades. Entonces ya ocurrido el accidente, la vergüenza, o no lo quiera San Pancho Villa, el muertito, entonces, el museo sí tomará las medidas de mantenimiento y corregirá el asunto.

Quizá ocurriera el milagro, ya por descuido, ya por aburrimiento, que le dieran mantenimiento y arreglaran esta fuga. Sé que están muy ocupados salvando al mundo de la cultura y el arte, asesorados por manuales de la Gestapo, impidiendo la guerra en Ucrania, pero vean qué clase de imagen damos al mundo mundial, a las manadas de turistas, de las américas y las europas, que visitan el Museo Francisco Villa, y se llevan esta desagradable impresión y este riesgo de muerte por orinar.

Mínimo pongan un letrerito de “cuidado, piso mojado, zona de peligro de darse en la madre”. Ahora bien, si no hay presupuesto para un plomero, un chicle ya masticado o un pedazo de plastilina, para darle mantenimiento, organizamos una rifa o colecta para comprar un trapeador, antes de que ocurra una desgracia.

Imaginen que un turista, uno de doble nacionalidad, gringo y mexican curiosus, se le ocurre ir a mear, se acerca, apurado por la urgencia riñonil, no se fija del charco, y zas al piso con todo y jeta. Magullado y huesos rojos. Demanda internacional. La embajada gringa pone el grito en la ONU. El Congreso gringo pide invasión a México. 

Y nomás por ojetes de no dar mantenimiento a uno de los museos más importantes del norte, al menos eso cacarea el gobernador Villegas. Y eso que estamos en el año de Villa. Ah, se me olvida, viva Villa, cabrones

 

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