Allá en el Rancho chico

Cultura 31 de julio de 2023 JESÚS MARÍN

web rancho

Allá en el rancho grande,

allá donde vivía (¿Qué había?)

Había una rancherita, que alegre me decía

Que alegre me decía (¿Qué te decía?)

Te voy a hacer tus calzones (¿Cómo?)

Como los usa el ranchero (¿De quién?)

Te los comienzo de lana (¿Y a luego?)

Te los acabo de cuero

 Emilio De Uranga / Juan Del Moral

 

La modernidad llega a cuenta gotas en esta tierra nuestra. Durango atrapado en su melancolía y pobreza. Acá llevamos un siglo de atraso para bien o para mal, conservamos la ingenuidad provinciana. Amor ciego e incondicional por nuestro terruño. Nacer en un valle, rodeados de montañas nos convierte en seres huraños. Pobrecito de Durango, tan repleto de duranguenses. Tan cerca de la iglesia y tan olvidado de Dios.

Irse al rancho de vacaciones es la mejor aventura si eres un niño criado en el cemento y el asfalto. El rancho suena como lugar lejísimo, mágico, en la imaginación de un escuincle de siete años, viajante de Verne y Salgari.

Es conquistar la estepa de la barbarie. Abandonar la civilización, las luces y comodidades de la gran ciudad. Cine no hay, mucho menos televisión. Ni luz alumbradora, a excepción de la palidez de la cachimba. Se alumbran con quinques, aparatos de petróleo con una mecha apestando al combustible.

Viajar al rancho es una travesía lo más cercano al viejo oeste. Vaqueros y vacas. Sin apaches ni carretas de colonos. Ver muchachas bonitas, trenzudas, de vestidos floreados y ojos grandotes como la Luna. Montar y domeñar caballos retozones. Cantar bajo el balcón de la novia como Pedrito Infante. Es el rancho chico de Tito Guízar. El de ¡ay Jalisco no te rajes!, de Jorge Negrete. Es la tierra del ranchero alegre y enamorado, con paliacate al cuello. Ancho de espaldas y sombrero de lado. Sincero y medio atrabancado. 

En los setenta, algunos ranchos no cuentan con los servicios de alumbrado y drenaje, en toda la población. Se batalla para hablar por teléfono. A señales de humo o paloma mensajera. Lo moderno es el telegrama. Si no cortan las líneas los asaltantes de caminos.

La otra manera de comunicarnos es enviar cartas escritas a mano limpia, en hoja de block, especial para cartas. Con pluma bic o lápiz bien afilado. De tres a cinco hojas para contar lo que te ha pasado, cómo está la familia, alguna anécdota. Pedir rescates en caso de que los indios te secuestren. Carta con la fecha en la esquina superior y la clásica saludación: querido, estimada… espero que al recibir la presente te encuentres... letra manuscrita o de molde, hermosa caligrafía. A tinta y sangre de nuestros sentimientos. Doblar las páginas es un arte ya olvidado, las doblas y al sobre. Pegas las estampillas y al buzón. Semanas para recibir la respuesta. La emoción de la espera y la alegría al escuchar el silbato del cartero.

El rancho es otro mundo. Otra forma de vida. Otro vivir sin prisas. Con los paisajes del campo y el aire limpio a tiro de ojo. Una apacible tranquilidad campirana. Por las noches el cantar de los grillos con sus blues de tristezas. Se escucha el titilar de las estrellas, el ulular de lechuzas. Los aullidos de coyotes. Y el gruñido de los pumas.

En verano termina el ciclo escolar. Pata de perro al rancho. Ante la terrible perspectiva de aguantarme dos meses en casa, Atila Madre preside el consejo de guerra. Voto unánime. La criaturita se va al rancho, que lo soporten los cerdos y vacas y uno que otro wey. 

A preparar maletas. Mochilas de explorador de quebradas y ríos, los revólveres colt 45 y el rifle Manchester. A ver cuántos búfalos cazo esta vez. Shorts de niño ñoño. Por abajo de la rodilla. Mi pijama de pollito, huaraches, zapatos de minero, con plataforma pa’ pie plano, camisas, calzones y libros de Verne, Poe y Salgari. Mis lápices para colorear, estampitas del Santo, mis historietas favoritas de Kalimán. 

La imprescindible resortera, arma mortal de niño guerrero. Una bolsa de canicas. Caja secreta con algunos chicles masticados, dos mayates muertos. Varias cascaroletas.

Como guardaespaldas o chaperona, amansadora de criaturitas, la típica hermana mayor que nunca se casó, la hermana mayor de mi madre, todo lo contrario de María Atila Cristina; mi tía Nina es morena tirando a prieta, sin agraviarme. Se viste como niña boba grande, pese a ser seis años mayor que mi amá. Es la tía que cuida al sobrino. Lo lleva al matiné. No se casó porque no quiso, pretendientes hubo, pero ningún hombre le pareció suficiente, chismea mi madre. Es mi madrina de bautismo. Vive con nosotros, cuida a la abuela.

El rancho es Villa Unión, Poanas. A millas del oeste, rodeado de pantanos y cocodrilos. Inhóspitas tierras salvajes y vírgenes. Valle perdido entre montañas.

El rancho de la bisabuela Doña María Fragoso, viuda de Silva. Casada en segundas nupcias con Don Pedro López, maestro albañil, oriundo de Oaxaca, indígena de pura cepa. Lo que tiene de feo lo tiene de trabajador. Trabajador desde los once años al escapar de su pueblo allá por 1911, en plena revolución, a rodar el mundo, buscando la vida y los pormenores. Nacido en el 1899. Muerto en la casa familiar en 1990. Aprende a leer por sí mismo. Recio y correoso. De pocas palabras. Se casa con María Silva, mujer blanca. Ojos de un azul intenso y dientes de blanco reluciente. Tez apiñonada. Viuda con tres hijas.

La madre de mi abuela Natividad. La recuerdo al pie del fogón. Sonriéndome con sus perfectos dientes blancos, resplandeciéndoles en la semi oscuridad del fogón.

Siéntate mijo, te voy a servir tus frijolitos. Tortea las tortillas y se seca el sudor con la manga. El calor del fogón alimentado con leña es intenso. Sus ojos son un vehemente azul. Azul que nadie en la familia heredamos. 

Algo le debió ver la bisabuela a este hombre tan feo decía mi madre con su sutileza acostumbrada. Tres hijas que mantener. Sola. De trenzas largas y pelo entre canoso y negro. La necesidad es mayor que el amor. La mayor de sus tres hijas, mi tía Tacha, Anastasia, viuda casi desde que se casa. Mujer fuerte. De carácter castrense.

La matriarca de la familia, mi tía Tacha, fuma desde los cinco años, cáncer de pulmón que la mata a los cincuenta. La hermana de medio, mi tía Susana, de ojos verdes muy hermosos, se casa con un muchacho del rancho, el tío Jesús Macías y procrean una larga descendencia. De ahí la sangre de mi primo Roberto Macías, escultor de Durango. Alicia su mamá, mi tía Licha, prima hermana de mi madre, es hija de tía Susana, muchacha muy hermosa, de ojos verdes, de un verde que no se da mucho. El Macías es artista y escultor, creador de las esculturas en madera, en el Parque Guadiana y en el Paseo de las Alamedas.

La pequeña de las tres, es mi Abuela Natividad, mi tía Naty como siempre le dije. Don Pedro las adopta. Se casa con Doña María, de blanco y por la iglesia, como debe ser.

 

En la Central Camionera compramos los boletos al rancho, en los transportes Poanas, camión híbrido, entre carcacha y tanque de combate de la Primera Guerra Mundial. Veterano en las carreteras. Sobreviviente de mil caminos. Rojo chillón pa’ que ardan los ojos y se vea a millones de kilómetros de distancia, de franjas amarillas.

Asientos pétreos para enderezar jorobados, duros como la conciencia de los malvados. Un compartimiento en la parte de arriba, para las maletas, cajas, cachivaches. Lo que fueran a llevarse de regreso en la visita a la ciudad de los habitantes de este lejano rancho duranguense.

Nos acomodábamos a mitad del camión por si nos asaltan, escapar por las ventanas. Tres horas de viaje. Tres horas de sobresaltos y brinqueteos arrulladores. Tres horas que nos parecen una eternidad, un viaje a otro mundo, a otra época.

El chofer con la consigna de meter las llantas en cualquier bache del camino. El ruido del motor tosiendo cada dos metros. La charla de los vecinos. El bebé berreando que nunca falta. Tres horas para llegar a la tierra prometida.

Me acurruco en mi pequeña silla de tortura de la Santa Inquisición, junto a mi tía Nina. Me jeteo con la inocencia de los libres de pecado. Tres horas por los caminos medio pavimentados, medio bombardeados, medio arrugados y agrietados, contemplando el paisaje cuando logro abrir un ojo, entre pestañeo y pestañeo.

La aridez del camino. La cansina monotonía del ronroneo del camión. Me despiertan los gritos. ¿De qué va a querer las gorditas, de chicharrón, frijolitos, de nopales con chile rojo? ¿Cuántas le ponemos? ¿Un vaso de tuna? ¿Refresco, de qué sabor señito? Un dulce pa’ el chamaco. Es Nombre de Dios, el primer pueblo fundado en Durango. El punto de partida de los conquistadores en busca de oro y plata. En busca de la mítica montaña de plata.

El camión cual nave de los argonautas, ranchea en las diferentes poblaciones, deja y recoge gente, gallinas y chivos, lo que se puedan llevar arriba del camión, suegras incluidas. 

Nos apeamos en la mera entrada de Villa Unión, en la ranchería, no en el pueblo, al filo de la carretera. En la curva para bajar al pueblo. En la casa de Don Pedro López, construida con sus manos, con tabiques que él mismo hizo. Combina su oficio de maestro albañil con ejidatario. Tiene sus hectáreas para sembrar. Es un hombre respetable y de honor.

La casona, frente a un arbolado cercado. Nunca supe si era una reserva ecológica, ojo de agua o bosque encantado. Por ese camino se va al pueblo. A la central de camiones, de un único camión, en la Plaza de Armas de Villa Unión.

 

El rancho es otra dimensión. Una dimensión donde el tiempo se detuvo. Fragmento de lo que éramos hace cincuenta años. Mundo a distancias de años luz del mundo real. Sin luz por las noches, las sombras crecen y se multiplican con la llama del quinqué. Atmósfera ideal para leer a Poe. Escuchar las historias de fantasmas que me cuenta mi tía. Dormirse temprano como las gallinas, apenas se mete el sol. Arrullado por los grillos y el tenue sonido del campo.

Es una casona con dos cuartos a la entrada, entre ellos un zaguán techado. Con una huerta enorme al fondo. Los cuartos son las recámaras. A nosotros nos dejan una. Camas adustas, severas, con cartones y cobijas como colchones. Duermes rete agusto, sin extrañar tu colchón plumo de ganso o de perdis guajolote.

El radio es la única prueba de civilización. Ojos y noticias del mundo. Por las tardes, ecos norteños de la XEDU. Música de rompe y rasga, como nos gusta a los mexicanos, de Pedrito Infante y de ahí en delante.

En la mañanita, las noticias de la capital, en voz de Tello Montes y la radionovela El Ojo de Vidrio, no apuntaba bien con el ojo bueno, pero con el de vidrio, veía con aumento, no jerrraba en el tiro. Nomás eso oíamos, como es de pilas, pos a cuidarlo.

No hay tiempo de aburrirte. Te despierta el cantar de los gallos, el alboroto de las gallinas, el ulular de las torcazas. La vida inicia temprano en el rancho.

La huerta, uvas y granadas. Una higuera en el rincón, con higos muy dulces, donde en noches de luna se aparece un curro, me contaba mi abuelo, quesque ahí había un tesoro enterrado, pero nadie se atrevió a desenterrarlo por miedo a las ánimas que lo custodian.

Tunas cortadas al amanecer, fresquitas de rocío. Tunas de Castilla. Pencas para nopalitos con huevo. Huevos recién puestos, de esos de rancho, colorados del cascarón.

Algunos cerdos engordándose gruñen sus ¡Oink, oink!, en el corral, engordados para la cena o algún acontecimiento familiar. En el pequeño establo, el orgullo de Don Pedro, dos hermosos caballos, altos, majestuosos. Para un niño chaparro y zambo como yo, son gigantescos. 

Los monto al cuidado de José, hijo de mi tía Susana, criado como hijo por Don Pedro. Dos caballos de fina estampa y sangre de campeones. Uno es negro azabache, reluciente. Y el otro caballo, blanco como la inocencia de las mujeres.

Sales a caminar, a sentir la tierra bajo los huaraches. A que te piquen las hormigas y te persigan las abejas. El verde de la ciudad no es como aquí. Con apenas unos cuantos árboles, el verde del rancho relumbra en cada paso, se te mete en las miradas y en los pulmones.

 Al explorar en las milpas, te llenas de dientes de león y espinas. Las milpas están detrás de la casona. Un canal de agua limpia los separa. El murmullo del arroyo, dirían los poetas, es el canto del mar pequeño.

Viviría toda mi vida aquí. Me encanta no ir a la escuela. Adoro tragar todo el día, echado en la cama leyendo. Por las noches mirar las estrellas en este cielo límpido que parece contener la gracia de Dios.

Viviría en el rancho toda mi vida, pero no hay baño. Siendo sinceros para mí, el cagar a gusto es lo más importante del mundo mundial. No es de Dios ni de cristianos, cagar de agüilita en el corral, con el nalguerío expuesto a las gallinas, cerdos, sapos y demás seres, escuchándote pujar. Espantando currucos y moscos al obrar del cuerpo. Cagar es un ritual íntimo y sagrado. Todos te miran el trasero, la noche, las piedras, las estrellas. No es agradable para un citadino acostumbrado al excusado, a cagar cómodamente mientras lees la revista de los Burrón. 

Acá en el rancho te limpias con lo que lo que encuentres, la piedra, el zacate, el sapo. A menos que precavido lleves tu rollo de papel de baño o el pedazo de periódico.

En el troje guardan los costales de maíz, de frijoles, las conservas de fruta, para aguantar los meses de cosecha. De severa austeridad si hubo mala siembra o plaga. Para resistir la sequía de dinero y granos.

Mi bisabuela es una mujer de las de antes. Se levanta de madrugada a llevar el maíz al molino, el nixtamal para amasar las tortillas a su hombre. Prende la leña en el fogón. Pone el café en la olla. Machaca la salsa en el molcajete. Ya hay luz en el pueblo, pero en esta casona el progreso no ha tocado las puertas.

Don Pedro también es un hombre a la antigua, pero sin echarse sus alcoholes. Es macho pero no borracho. La mujer pa’ la cocina y el hombre pos al campo.

La cocina es un cuarto de adobe, separado de los otros cuartos. Con una chimenea que escapa por el techo donde se despabila el humo. Una mesa de madera rústica y sillas. Don Pedro no canta mal las rancheras en la carpintería. En medio del cuarto, el fogón, el comal es un horno de piedra. Huele a leña quemada. Olor agradable, ancestral. 

En el cuarto una atmósfera de fraternal calor. Lo cocinado con un sabor especial, cocidos en la olla, los frijoles saltan de alegría en la boca, crujen. Los tacos de frijoles en tortilla, tortilla recién torteada, recién hecha, del comal a tu paladar, con tiras de chile verde tatemado y queso fresco, incomparables. Los huevos estrellados, el café. La salsa en molcajete de la amorosa mano de mamá María, ninguna licuadora en el mundo la iguala.

El rancho es dimensión paralela a tu realidad citadina. Puro e inocente. A mí me dan té de canela o de yerbas de la huerta, nadita de café, nomás lo huelo, por ser escuincle. Y un vaso grande de tibia leche bronca.

Un cántaro de barro en la esquina de la entrada de la casa, en el rincón, con agua fresca, cristalina, para el sediento y el amigo. El agua no se le niega a nadie. La mayor parte de la vajilla es de barro, solo el sartén donde freír los huevos, es de aluminio.

 

Los domingos es bajar al pueblo. Ir a misa. Pasearse por la plaza, oler la rica barbacoa y desayunarla. Vendedores ambulantes en sus camionetas ofrecen los sombreros, las tejanas, las hebillas. Botas de trabajo y botas para el baile. La última moda en la ciudad.

En la tarde, la vasija de barro atiborrada de nieve artesanal. El elote enorme. Cenar en alguna fonda, menudo harto picoso, con harto limón, cebollita finamente picada y orégano. 

Los muchachos caminan alrededor de la plaza y en sentido contrario las muchachas. Todos casaderos, en edad de merecer. Se saluda en cada vuelta, se echan el ojo, escogen pareja. Es su forma de cortejarse y hacerse de novia. A veces hay músicos tocando complacencias y dedicatorias. No faltan los bailes en el auditorio municipal, sobre todo en las fiestas del patrono del pueblo, para celebrar la fundación del poblado.

Esos dos meses se me van como agua. Apenitas ayer llegué y ya me tengo que regresar a la escuela y a la monotonía de pavimentos y gente. De regreso a la capital, cargados de presentes y regalos. Gente generosa y desprendida la del rancho. Habrá pobreza, pero no necesidad. Gordas para el camino. Una caja de frutas de temporada. Quesos de la vecina. Un limpiador para las tortillas, tejido a mano. Son gente sencilla y afable, rancheros de sombrero pa’ el sol. Ropas de faena, manos callosos y rudas. Pero tiernas al saludo. Gente que deja su vida en la siembra. Otros prefieren irse a los yunaites, a la dolariza. Las tres horas de retorno, entre la tristeza y la alegría de ver a mis padres. A sabiendas que al año siguiente regresaré la rancho.

 

Al morir la bisabuela María, el rancho queda muy triste. Las mujeres nos hacen hombres. Sin ellas valemos gorro. Ya no dieron ganas de ir. 

Don Pedro, ahora viudo, compra estufa de gas. Rehace la cocina. La moderniza. Construye baño con excusado y regadera, con boiler de leña. Ya pa’ no bañarse a jicarazos en la tina a mitad del patio. Mi madre Atila casi lo desgreña al reclamarle por qué se esperó hasta la muerte de la abuela María. Maldito mojino de los títeres. Casi tuvimos que amarrarla para que no lo cacheteara. Nunca se lo perdona.

Don Pedro viene a terminar su vejez en la casa familiar, acá en Durango, con nosotros, pero siempre en la mira de mi madre. Con la muerte del viejo se repartieron sus tierras. Se vende la casa. Ya no hay rancho donde soñar. Ni voluntad de soñar. Es el fin de mi rancho alegre. Del rancho de mis infancias.

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