
Cuento corto
Cuando dormí, soñé -o vaya que soñé-, un mundo sin guerras, un mundo en el que todos los países son uno, las naciones se unen como hermanos, nace una nueva nación grande y amorosa, bondadosa, donde todos somos hermanos, donde la gente no se distingue entre color, raza, creencias o nivel socioeconómico, un lugar donde respetábamos los hábitats de los animales, un lugar donde nadie explotaba a los demás para seguir creciendo su fortuna, donde todos éramos tratados con justicia, donde no todo se dirigía por dinero, donde todos recibíamos el mismo trato.
Amé ese mundo, me parecía la mayor epifanía alcanzada por una persona, moría de ganas porque se hiciera realidad, árboles que lucían hermosos, rosas y coloridos, hombres ayudándose entre sí, nadie se iba sin dejar al otro atrás, un pacífico mundo, que parecía perfecto, era hermoso, simplemente hermoso.
Pero luego… desperté, volví a mi realidad, salí a la calle y vi esas grandes empresas, corroían el mundo con sus grandes producciones, millones de recursos gastados para satisfacer el vacío existencial de muchos. Vi a un pobre niño tirado en la calle, y a su lado un “padre” -si es que se le puede llamar así- drogado, parecía que llevaba días sin comer.
Era alto el contraste al observar hacia mi celular y ver cómo grandes multimillonarios no sabían qué hacer con su fortuna, pero ahí me di cuenta de que solo era un sueño, un sueño que jamás se verá cumplido, o por lo menos no para mí. La avaricia y codicia predominan, los grandes gobiernos se ven corrompidos por estos deseos carnales y tan humanos que incluso dan lástima.
Espacio Libre México
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