Pan, circo y … cultura II

El tiempo es su camino

Cultura 08 de mayo de 2023 MIGUEL ÁNGEL BURCIAGA DÍAZ

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Las expresiones de la industria comercial no deberían ser consideradas dentro de las políticas culturales de carácter institucional o si lo llegaran a ser no deberían de ser el principal foco de gasto de recurso y muchos menos cederles el lugar de honor en cuanto a programación y promoción dentro de las agendas culturales.

Continuamente vemos en gran cantidad de los festivales culturales de nuestra ciudad la programación de eventos masivos donde se traen artistas de la industria comercial musical para convocar a un público de gran volumen. Los argumentos por parte de las autoridades suelen enfocarse a hablar de temas como la generación de derrame económico, la inclusión de mayor cantidad de público, la diversificación de las temáticas de los eventos, la cuestión de satisfacer gustos y además que todo es cultura. No entraré en polémicas sobre los fines políticos que tienen estos eventos para atraer votantes y mostrar la capacidad de convocatoria social de un gobierno determinado, criticar actores políticos específicos sería innecesario, ya que es una práctica en la que han incurrido la mayoría de los políticos de nuestra nación que han tenido a su cargo una alcaldía, una gubernatura o incluso la misma presidencia de la nación. La intención de la presente columna es hablar claramente de las razones por las que las expresiones de la industria comercial no deberían ser consideradas dentro de las políticas culturales de carácter institucional o si lo llegaran a ser no deberían de ser el principal foco de gasto de recurso y muchos menos cederles el lugar de honor en cuanto a programación y promoción dentro de las agendas culturales.

Empezaré por aclarar los siguiente, la música comercial sea cual sea, es cultura, sin embargo, esto solo es válido en el principio de la definición que indica que toda actividad o producto realizado por el ser humano en el contexto de su sociedad es cultura y de hecho esta definición no se limita solo a actividades artísticas sino a una cantidad innumerable de cosas, por ejemplo, desde este criterio los murales de la Capilla Sixtina, una canción de reggaetón, la moda utilizada en el verano de 2018 o los tacos de la esquina son un producto cultural. 

La cuestión aquí es que desde esta visión que se ha pretendido defender en múltiples gestiones culturales de nuestro estado y nuestro país, no existe entonces manera de establecer un criterio sobre lo que se deba promover, difundir o programar, ya que esta definición no considera ningún tipo de argumento crítico al respecto, es decir, ni beneficios, daños, juicios de valor, calidades, impacto, ni distinciones.

Originalmente la intención de utilizar recurso público y estructuras de gobierno para trabajar con la cultura estaba más cercana a la definición que establece que los productos culturales son aquellas expresiones que pretenden una elevación de la razón y la sensibilidad humana, contribuyendo a un mejor desarrollo social, favoreciendo la educación, fortalecer una noción de identidad y promover la comunicación y el conocimiento entre diversos grupos sociales. El tema de la educación era un concepto tan importante, que en muchas partes estas funciones dependían en un comienzo de las mismas instituciones públicas asignadas al rubro de la educación.

Al mencionar esto no digo que la música comercial no contribuya a ninguna de las ideas expresadas en el párrafo anterior, pero la realidad es que muchos de los productos de esta industria nada tienen que ver con estos propósitos. Dado que los recursos públicos son limitados y a nivel nacional la cartera de cultura suele ser, la menos acaudalada, naturalmente el criterio de calidad y diversidad debiera de ser un foco importante al momento de decidir lo que se incluye y lo que se descarta al realizar un festival cultural.

Los directivos de cultura suelen refutar el concepto de calidad tratando de cubrirlo con el de diversidad e inclusión cultural, sin embargo, aún en este argumento cometen un error de concepto muy importante. Cuando diversos gobiernos, asociaciones, promotores y grupos académicos junto con la UNESCO en los años 80’s pusieron en la mesa el tema de la inclusión cultural, se referían a la visibilización de expresiones culturales que por falta recursos y la imposición de una hegemonía del sistema cultural occidental eran ignoradas por la mayor parte de la comunidad mundial y dado que esas expresiones cuentan con una riqueza invaluable de su contenido estético, así como muchas de ellas son singulares y cruciales para la construcción de identidades culturales deberían ser consideradas en las agendas de las políticas culturales públicas.

Claramente el concepto se refiere a aquello que tiene poca promoción, que desconocemos y que requiere un mayor impulso porque los actores que se dedican a estas expresiones no cuentan con los medios para poder llegar a más personas, en el caso de Durango esto sería aplicable a grupos como los músicos tepehuanos, los conjuntos norteños tradicionales o los pocos exponentes que sobreviven del canto cardenche, pero un artista comercial, el que sea, ¿realmente necesita recurso público por falta de visibilización y consumo?

Justamente la definición de cultura de masas se refiere a las expresiones presentadas por los medios de comunicación masiva y a las que accede una gran porción de la población, es decir, la industria musical. Los invito a hacer un ejercicio, busquen canto cardenche en internet, usen redes sociales, páginas de videos, plataformas de streaming de audio, miren la calidad de producción, la variedad, la facilidad para acceder al material, la cantidad de reproducciones, etc. Después busquen el nombre de Pepe Aguilar o su hija Ángela Aguilar y comparen.

La cuestión es la siguiente, yo no niego que se hayan desarrollado programas institucionales interesantes por conservar o difundir el cardenche pero la suma de todos esos proyectos, ¿cuánto costó?, no puedo afirmar una cantidad, pero naturalmente no debe valer ni la cuarta parte de los 8 millones que se invirtieron en un solo concierto de los Aguilar. No necesito decir más sabiendo que pasaría si se destinaran esos millones a lo que realmente debiera ser la inclusión cultural, ahora, tener una estructura de patrimonio cultural con este nivel de inversión pública, sería mucho más redituable a futuro, que seguir apostando todas las fichas a un artista comercial o a otro festival tras festival, sin generar ningún tipo de avance social o fortalecer siquiera nuestra identidad cultural duranguense.

La industria comercial es algo que todos consumimos cotidianamente, si bien nuestros gustos son diferentes, la industria no necesita apoyo de nadie, por si sola mueve mas de 200 millones de dólares al año en nuestro país, según las cifras estimadas del año 2020 y eso que estábamos en pandemia. A los artistas de esta industria los escuchamos y vemos por todos lados, aun cuando no queremos, nos invaden mediáticamente con sus vidas, sus frases, sus modas, incluso hasta su propia música cada vez tiene menos importancia, porque la industria solo piensa en generar productos vendibles y la verdad tienen más de 70 años sin fallar en sus propósitos.

En fin, se puede decir mucho más sobre este tema y lo seguiré haciendo, por lo pronto el foco del siguiente artículo serán los artistas profesionales, otro sector que debiera tener mayor relevancia en la gestión cultural local que ha optado por priorizar las demandas de las masas, que con lo expuesto aquí claro está que siempre están satisfechas con o sin la ayuda del gobierno, ya que los productos que consumen están al alcance de la mano.

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