El corredor Constitución de caperuzas y lobos domingueros

Ciertamente en este pueblo nunca pasa nada. Y pasa todo. A la sorda o en el descaro total. Todo se sabe en este infierno chiquito, no hay secreto seguro en este pueblo pequeño. Tras las paredes. Tras este mutismo norteño de apatía alacranera. Somos un desierto calcinándonos. Una desesperación carcomiéndonos.

Local 24 de abril de 2023 JESÚS MARÍN

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Ciertamente en este pueblo nunca pasa nada. Y pasa todo. A la sorda o en el descaro total. Todo se sabe en este infierno chiquito, no hay secreto seguro en este pueblo pequeño. Tras las paredes. Tras este mutismo norteño de apatía alacranera. Somos un desierto calcinándonos. Una desesperación carcomiéndonos.

Bien nos matan y sigues pensando que nada sucede. Mientras vas cayendo te dices, hasta esta parte del abismo todo va bien. Nos acostumbramos al olor del desencanto y la monotonía, al azul de este cielo. A sobrevivir de milagro.

El corredor Constitución, asomo al primer mundo, gastadero sin precedentes para construirlo en nuestra ciudad. Negocio millonario para unos pocos. Presupuesto inflado hasta proporciones zepellinescas. Bajita la mano invirtieron veinte millones de pesos en maquillar fachadas. Reconstruir ruinas. Darles su manita de gato con cartón, falsa cantera y resistol blanco. Cobrándolo a precio de oro. En correr ogros y contratar puras princesas y Hadas mágicas.

El corredor Constitución, un nombre perfecto. Puro corredero de gente. Las familias lo recorren una y otra vez, en una interminable levedad del ser. En un eterno retorno. Dan vueltas, desgastando el aburrimiento, puliendo el adoquinado, abriendo tamañotes ojos ante los aparadores. Olisqueando olores culinarios de harta sabrosura. Ver de lejitos las cantinas y bares.  De vez en cuando, muy de vez en cuando, consumir algo en los restaurantes, comerse el antojito. Mercar la nieve de verdolaga.

Es el corredor de corredores, en pleno corazón histórico. El recorrido inicia en la calle Gabino Barrera, antesito de la iglesia de Santa Ana, abarca el costado de Catedral, la Plaza de Armas y se pierde en las Alamedas. Es un lugar a dónde ir, en una ciudad sin lugares a dónde ir, aparte del exclusivo Paseo Durango, del moribundo Parque Guadiana o subirse al enternecedor viajecito de los casi aburridos treinta metros de teleférico, apreciando lo folclórico de las azoteas, a la exótica ropa tendida en lazos, calzones zurcidos y coquetos calcetines de colores, colgando onerosamente al viento.

Los emocionados argonautas del teleférico, emocionados por la peligrosa travesía a paso de tortuga artrítica, le preguntan al guía, qué historias hay detrás de cada prenda recién lavada, a qué se debió aquel remiendo o ese color despercudido del calzón floreado, de la camiseta deslucida. Todo un reto el teleférico para quienes buscan aventuras fuertes, deportes extremos.

Si se es más atrevido, meterse a las entrañas de la tierra es reto para suicidas. Explorar el túnel ignoto, antiguo cementerio de fetos y amores prohibidos. Escudriñar las vertientes desconocidas, en un viaje por debajo de la ciudad. Es la joya del turismo duranguense, “el túnel del Museo de la Minería” o cómo aburrirse sin ser minero ni topo. También conocido como el túnel de los horrores. Por el calorón y la poca seguridad contra incendios.

Nuestro corredor Constitución, con los veinte millones que costó el proyecto original, mínimamente podemos llamarlo nuestro. El corredor es el único santuario de la gente sin lana para vacacionar a las playas mazatlecas, arriesgando patrimonio y vida. Mucho lanzarse a las ricas gorditas de Nombre de Dios o más entonados, tambalearse en el puente colgante de Ojuelas, allá por Mapimí. Escuchar el silencio de la Zona del Silencio.

Los duranguenses pobres y sin fortuna, se conforman con recorrer las tres o ya siete callecitas, atestadas de gente, mesas y espectáculos, hormigueos de multitudes anónimas. Atestado principalmente de nuestra dorada jumentud, con perdón de los jumentos, lucir las prendas compradas en abonos en Robapel, tirar chorros de crema y tipo.

Enseñar panza ombliguera y pantorrilla de huesito rumbero. En manadas de tribus, los jóvenes se adueñan del corredor los fines de semana, convierten en escenarios babelónicos el Corredor.

Música a todo volumen, a desmadre auditivo, de cada uno de los antros. En competencia de quién chinga oídos. Guerra de ruidos, en la gran capirotada alacranera, mezcolanza de sudores y piernas, ojos chulos y femeninos, estridentes sonidos rayan el viento y dislocan la serenidad.

Es el caos norteño. El caos desaforado, sin ton ni son. Moderno circo, maroma y teatro. Y bebidas espirituosas. Carne para los leones. Sacrificio de gladiadores luchando por una amazona o de perdida una mirada de desdén. Se prohíbe pensar. Se prohíbe soñar.  

Cierren los ojos y déjense arrastrar por el mar nuestro del desamparo. Aquí existen naufragios y náufragos. Los faros no alumbran. Cada uno es una isla deshabitada. Cada uno es un barco en el fondo del océano. Marinos de agua dulce, desesperados por un poco de atención. Una poca de ilusión. Lo que la diosa fortuna se compadezca.

Los fines de semana, el corredor del fin del mundo duranguense, atiborrado de jóvenes rebeldes, cachorros creyéndose lo que no son, juniors venidos a menos, muchachillas en edad de ser rescatadas. Incipientes hombres de negocios, presumen el reciente celular, comprado en abonos, empeñando alma y corazón.

La marca de ropa piratona del tianguis de La Pulga o La Hormiga, o vaya usted a saber qué bicho, mercados en la explanada del Santuario. Presumiendo las botas de piel, los tenis gabachos de miles de pesos.

Las ñoras maduronas, de no mal lonjerío, tomando el cafecito con las amiguis, destrozando reputaciones de las ausentes, presumiendo al último jovencito entre sus gordos muslos. Imaginándose en un café de los Campos Elíseos, allá en la Francia que solo conocen en imágenes del internet. Eso sí, beberse el cafecito con el dedo meñique alzado, en señal de elegancia y distinción.

Alguna que otra fintera guaripa destaca en estas zoologías, seres arrancados de mitologías urbanas. De todo como en botica. Veinteañeros en patinetas, patinetas en veinteañeros, escuinclillas con el hocico pintado de rojo besable, en afán de disimular los pocos años en el ruedo; maduras mujeres que hace bastante tiempo se cayeron del árbol, desbordan carnes y lonjas, ansían no dejar escapar una juventud moribunda, se aferran desesperadamente a kilos de maquillaje y kilómetros de crueles fajas; galanes otoñales a la caza de ingenuos vientres de cervatillas. Hermosas muchachas enfundadas en el primaveral short, enseñando zanca de pollo, arrancan suspirotes lobeznos.

La familia en pleno, tribu duranguense, paseando por el corredor, pedacito de paraíso que huele a piso recién lavado. Hasta los polis guardan sus dentaduras mordelonas, son amables y serviciales, cuidando el tránsito y el buen orden. El escuincle feliz, de no aprisionarse de las escuelas, infeliz de andar con la boca abierta, jibado de antojos.  

La mujer, a salvo de los quehaceres domésticos. Lejos de su calvario hogañero. El sufrido hombre de la casa, dándose un respiro del duro y mal pagado jale. Felices de pasearse por el centro histórico, aunque sea nomás mirando gente. Ojeando escaparates, soñando comprarse uno de esos trapos que nomás por exhibirse en las boutiques del corredor, cuestan las perlas de la virgen. Un huevo y la mitad del otro.

Escaparse de la tristeza de ser jodido. Escaparse del cementerio de sus casas. Del sepulto de sus esperanzas. De esa melancolía norteña de vivir al día, de medio tragar, medio vestirse y hasta medio soñar. De un futuro de asalariado y raquítica pensión. Ir al Seguro Social ya tundidos de enfermedades, nomás para escuchar que no hay medicina ni sanación para los jodidos.

Dan el gatazo las fachadas de cartón de nuestro corredor Constitución, antigua calle Real, escenarios de utilería, falsa cantera, en afanes de aparentar historia. En afán de tapar el sol con un dedo. Fachadas remodeladas, engañabobos y turistas despistados, que la gente diga que el gobierno sí trabaja.

Tenemos un lugar decente, de primer mundo, comparable a la quinta avenida de Nueva York, que costó veinte millones, donde desparramar el aburrimiento, refugiar la apatía. Esconderse de la rutina de ser uno mismo cada día.

Los fines de semana se llena de nuestra “alegre muchachada”, van a disipar penas y alegrías, a ver qué agarran o qué les agarran. A buscar sirenas, escuchar cantos de ballenas. Ojear y lengüetean, por los restaurantes y bares que nunca conocerán más que en sus tristonas miradas.

Refugiarse como chavo ruco o no tanto, en el Madrid, cerveza barata en cubetas o cahuama entera. Ambiente under ground, ambiente de nostalgias y melancolías, grupos de rock pesado, vociferando contra la oscuridad, aullándoles a los demonios. Almas de Dios creyéndose satánicos malditotes. Huy, huy que miedo  que se vaya el diablo y que venga Jesús.

Es la única vida nocturna que de manera legal se percibe y se pernocta, se permite en esta ciudad jurada de Dios, de doble hipócrita moral en nuestro pequeño pueblo pavimentado. A las tres de la madrugada cesa la magia. Caduca el encanto y glamour, volviéndose a la condición de miserables.

El jueves por la noche, en el corredor, el latido del animal nocturno se escucha. Se palpa. Se huele. Lentamente se encienden las luces, mientras el sol va difuminando tras las montañas. Los depredadores a la caza, afilan cuchillos, abrillantan colmillos. Las tiernas víctimas, indefensas caperuzas, caminan inocentes, destilando feromonas, muy quitadas de la pena, luciendo flores y coqueterías.  La temporada de caza y ofrendas nocturnas, se inicia. Las familias van desapareciendo para ser sustituidas por la sangre joven. Por la carne maciza. Por el colmillo despiadado.

Las cantinas abren sus fauces, dispuestas a devorar billetes y parroquianos. Afuera de los antros, se atrincheran grupitos de jóvenes, de muchachas donde la palabra hermosa fue acuñada. Breves cinturitas en faldas cortitas que apenas cubren lo esencial del banquete, la ricura de pierna ¿De qué va a querer su torta, joven?, el muslo apetecible sonríe, pizpireto y goloso. Medias de seda, negras o rojas, según el hilo seductor. Altas zapatillas disfrazan enanismos preadolescentes, las convierte en tambaleantes torres de sensualidad y deseo. Pongan paja, o le remojo los ladrillos, maistro.

Pequeñas sirenas, otras gárgolas disfrazadas, desfilan en espera de algún Ulises, lanzado de borda. Ellas son las reinas de la calle Constitución. Ellas son las princesitas sin corona ni reino. De jueves a domingo, en su efímero y deslumbrante reinado.

Los bares se llenan, las cantinas se llenan, afuera en el mundo, la mente se vacía. La fe se extingue y la vida cada vez más cercana de la muerte. Nada más se llena.

Los ríos de cerveza y olvido, se desbordan. Inundan gargantas y acallan desesperaciones, embotan soledades y despiertan demonios. El borracho no conoce de vergüenzas ni arrepentimientos.  Cerveza hasta que tu nombre me sepa a nada. Cerveza hasta que el olvido nos devore. Cerveza para nublar decencias y ahogar conciencias. ¡Salud por los desamparados y las orfandades del mundo! ¡Salud por el divino tesoro de la juventud, cada vez más escaso y elusivo! ¡Salud por los caídos en las borracheras! Y por los futuros corazones rotos.

Se llenan las copas, se vacían los corazones. Se llenan los precipicios y se marchitan las alas. Pena que vienes, pena que te vas. Sírvanme pa todo el año, que esta noche seriamente me pienso emborrachar, ajúa, Josealfredo más vivo que nunca.

La noche es para el amor. De noche todos los amantes son pardos. Ninguna mujer es fea después de la cuarta cerveza. Con billete jala la morra. Y hasta el morro. Con billete baila el perro. Efímeras historias de ligues se entrelazan, se entrepiernan, en los rincones de los bares, en lo oscurito de la calle. En una canción que resquebraja el alma. Amor de la calle. Amor de mentiras. Amor de una noche. Historias de amor se escriben en esas calles. Se vuelven leyenda y mito. Beatriz cayendo de la torre derecha de Catedral. Julieta tomando el veneno. El amor mata más enamorados que un temblor de categoría cinco.

Amores que perduran en las desmemorias de madrugadas.  Amores sin julietas ni romeos. Amores de quince o siete minutos, Agasajos furtivos, meros rozamientos carnales.  Depende de la enjundia y del placer precoz. Depende del centavo o el engatusamiento. Furtivos amantes surgen antes de finalizar la noche. Desaparecen apenas se vislumbra la eternidad. Perjuran y juran amarse toda la vida. Una vida efímera. Vampiros nocturnos, sedientos de cuellos vírgenes, de sangre joven e inocente. Mueren de soledad y sed. Desamparados en buscan de un hogar. Vagabundos cazadores de sueños. Poetas desvariados y extraviados, de ninfas e inspiraciones. Alcohólicos consuetudinarios pasan como bebedores sociales. Borrachines de mezcal o wiskis. Vejetes con vocación de perversos redimidos. Émulas de Lolita o mínimo de Lulús.

Cuántas de esas historias y suspiros, se difuminarán apenas los toque la primera caricia del día. Cuántos de esos besos se olvidarán al día siguiente. Cuántas de esas muchachas retornarán a su rutina de cenicientas. A la escuela que odian. A su vida que no soportan. A esperar por otro jueves.

Y de nuevo sacar el ajuar de princesitas en el exilio, para convertirse en sirenas del corredor Constitución. En caperuzas de la noche.

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