La feria de los desferiados

Cultura 21 de marzo de 2023 JESÚS MARÍN

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En la feria de Durango, cada año, el mismo aburrido panorama. Puestos de comida a precios de restaurantes de lujo. Cerveza como si tratara la mismísima sangre de Cristo. Carpas en los pabellones, bisuterías chinas, mercancía de fayuca chafa. Oxidados juegos mecánicos. La gente va por inercia del naufragio.  Por no tener qué hacer en este terrario de polvo y cantera. En esta tierra de hastíos y remembranzas. 

Ya no es una fiesta del pueblo. Ya no es una fiesta para festejar un año más en el calendario de la fundación de nuestro terruño. Es un descarado y brutal comercio. La gente va para desterrar, aunque sea mirando, la desesperanza y la falta de futuros. Por desidia, como va al panteón cada dos de noviembre. Es la docilidad de la costumbre, la resignación del mausoleo.

Pasear sin sentido ni rumbo. Sin dineros para mercarse la golosina, el elote. Apenitas si completaron el boleto de entrada. Y más si van en familia. Ya nomás falta que cobren por respirar. Ya que por cagar sí lo hacen.

Recorren sus instalaciones, sin destinos. Acuden a los pabellones como quien acude a su propio funeral. Inunda los pasillos con su sabiduría de hormigas, con sus olvidos de arena. Breves cuchilleos rompen el silencio. Hieren la monotonía. Pasos de murmullos. Ajetreos de manada. Gritos vacunos. Berridos borreguiles. Miles de pasos por los pasillos, buscando lo inalcanzable. El estrecho sendero de cemento, el hilo de la multitud recorriéndolo. Las miradas no alcanzan a abarcarlo todo. El universo es tan infinito. ¡Oh!, Dios, todos buscamos una emoción que rompa esta frágil burbuja del hastío. Sacuda este ostracismo de sobrevivir.

Trascurren los días de Feria. Sin feria qué gastar. Sin feria para soñar. Sin feria para los desferiados. Feria de cemento y lejanías. Feria sin ilusiones a derrochar. El antojo atravesado entre tripa y corazón. Entre el vacío de los bolsillos. Aguantándose las ganas de comprarse una baratija que merme el bagaje de desilusión, acumulado durante el año. 

Tribus de gente, desde el escuincle envuelto en pañales hasta la momificada abuela en silla de ruedas, conforman y forman, las largas filas ante la taquilla, bajo la auscultadora vigilancia de la gendarmería, en engorda, cuya panza lombricienta se nota a leguas. Se les nota la falta de la costumbre de ser corteses, mostrar una desconocida cara de urbanidad.

Los guachos, armados como para la guerra del fin del mundo, ¿qué ojos se esconderán bajo las eternas gafas oscuras desde donde nos auscultan?, la mano en la empuñadora del rifle, cuidando la paz del pequeño mundo nuestro.

Parejas de tórtolos estrenando luna de miel. Creyéndose la cursi ilusión de amor eterno. Añejos matrimonios con añejos resentimientos, se conocen hasta la manera de zurrar. Jóvenes desbalagados creyendo nunca envejecer. Muchachitas, luciendo sus mejores trapos y carnes, maravillas de una manita de gato, bañarse y peinarse. Conforman la fauna y flora que acude a la Feria.

Aromas salvajemente azotan las papilas gustativas. Olores de carnes tatemadas de animales desconocidos, huelen a gloria. Saben a misticismo. Taquito de tamaño y forma inimaginables. Pambazos para los más brutos, huaraches para los descalzos. Aguas de fruta que prometen orgasmos en sus sabores. Rojas carnes para los caníbales. Carnes femeninas para todos los gustos machistas. Y nomás se las comen con la mirada. 

En los pabellones, minúsculas Babilonias. Pequeño tianguis, herencias de los antiguos, aztecas, sin sacrificios ni obsidianas. En los pasillos, diversos puestos de venduta. Puestos de lo imaginable y lo inventado. Bazares de piedras brillantes y modernos espejitos. Lentes para disimular pecados. Faldones de la Arabia de las mil noches, collares y anillos, místicos y proféticos, aretes y tatuajes. Magia y odaliscas, falditas coquetonas. Tenis a doscientos pesos por las dos patas en conjunto. botas norteñas de piel de tuano para enseñorearse por los establos de cemento citadino, con la guaripa de refilón. Chamarritas de cuero, dos tres. Baratijas traídas desde El Cairo, sucursal ciudad de México. 

Fariseos modernos vendiéndonos hasta la nueva Jerusalén. Ofreciendo la mirria y el incienso, traídos de la misma made in China. Al final, todos estamos hechos en la China. Mercachifles ya sin camellos, vociferando a grito de micrófono el elixir efímero de la eternidad. Nada ha cambiado en tres mil años de comercios.

La Feria de Durango, Duranghetto, años de lo mismo. La misma maldita aburrición. Cada vez más exigua la oferta cultural. La Feria es un negocio, no una celebración regional, mucho menos estatal. Gran feria billetuda para unos cuantos. Feria de circo, maroma y teatro. Para el populacho, los conciertos en la Velaria. Para los pesudos, pos vámonos al Palenque. Primero el de los gallos, mija, despuesito el otro palenque.

Se clonan los puestos, las mercancías, las novedades. La tristeza. Se acumula el desgano, la apatía, el sentimiento que no merecemos otra cosa, año tras año.

Los espectáculos, los conciertos, cada vez más deprimentes, las estrellas de la Velaria y el Palenque, cada vez más pálidas. Más deslucidas. Ya sin glamur y fama. Lo único al alza es el desencanto mismo que como mala hierba se apodera de nosotros.

Una Feria que carece de maravillas y magia. Repetir la compra del tamal oaxaqueño. Escuchar los gritones ofertando vajillas y cobijas, que ellos compran por kilos y nos venden a precio de vajillas de porcelana china y telas exóticas. Encaramarse a los viejos juegos mecánicos, ya sin adrenalina de lo desconocido. 

Duranghetto no tiene otra forma de celebrar sus más de cuatrocientos años, bajo este cielo azul y sol ardiente. Cuatrocientos cuarenta y tantos años de aislamiento. De semi desierto a cuestas, el de cactus y arena. Y el que nos carcome el alma.

En la Expo banda, cuñao, lucir la guaripa chingona, la que nos costó un huevo y mitad del otro. El cinto piteado, chulada de artesanía, arte de los refundidos en el CERESO.

Cierra el cuadro matador, las botas de piel de tuano, así ninguna morrita nos negará las nalgas, después de una tanda de baile y cervezas, se ponen blanditas, flojitas y cooperando. Nomás se escuchará el chirriar de las llantas de la bronco, agarrando pata para el cerro o al motel, lo que aparezca primero. Ir a la Banda, con la banda y por la banda. Levantar la polvareda con la morrita, cintura de varita de nardo y corazón de espina venenosa. Sentir cómo ese breve tallecito nos promete paraísos. ¡Que los gritos de la tambora ahoguen esta tristeza!, resignada melancolía alacranera, tan norteña, tan duranguense.

En la Feria gastarse la feria que no se tiene. El patrón, el Virrey, el señor Gobernador tomándose la foto, sonriendo con una multitud de acarreados tras la espalda. Posa en ridículas fotos, con el casco y la pala, inaugurando cien metros de pavimento o una bardita perimetral, mientras la pobreza de cada día, crece.

Ir a la Feria, porque no hay otro lugar a donde ir, se repite como tarabilla, como eco, único e inmortal. Lejos de lo lejos. Olvido de los que no tienen nada que olvidar. Mirar gente hastiada de la gente, hermanos del mismo hastío, en la enorme jaula de Duranghetto.

La Feria, enorme desierto de asfalto, escoltado por veintena de solitarias palmeras, damas solteronas, alzan sus brazos al cielo, clamando un poco de piedad refrescante, la caricia de una nube. Resisten el embate burlón del sol. 

Un viacrucis para quienes lo cruzan a pie, a golpe de calcetín, con el niño cargando, con la mochila a la espalda, sin una piadosa sombra o un trago de agua en un oasis intermedio. Apenas unos cuantos kilómetros de cemento, pero al medio día es una larga caminata en el infierno, se convierte en mil de kilómetros y en un millón de ardientes y cansados pasos. A lo remotamente lejos, a mitad del camino, se vislumbra la entrada de la Feria, con sus damas en lo alto, tristes y abandonadas, esperando cual Penélope, el regreso del exiliado amor. Faros ciclópeos, ciegos y mudos, sin luz ni verso que alumbre. Enorme cementerio de cemento, carros durmiendo la siesta en el estacionamiento, quizá igual de grande que la misma feria. Montones de hierro y gaucho.

En Durango, en Duranghetto, nos crece sudorosa nostalgia, pesada losa, temprana tumba, abierta fosa. Nostalgia del desierto. De ansiar conocer el mar. Nostalgia norteña anidada en el corazón de sus hombres. Y la silenciosa rabia de sus mujeres, ante la impotencia de soñar. Primero muertos que reconocer la sed por un abrazo. Aquí en Durango, uno se muere con el corazón atravesado. Y la rabia contenida.

Ojalá que este año sí nos llueva, aquí dentro del corazón, donde casi nada crece; llueva donde tanta falta nos hace. Y nos brote esperanza, tan escasa en Durango. Nos vemos en otro año. En otra Feria de lo mismo. Misma feria de desferiados.

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