Crónica de una placa militar, anunciada y secretísima

Local 27 de noviembre de 2023 MARTÍN M. GONZÁLEZ

web placa

Durango, en este pasado viernes 24 de noviembre por la mañana, en las primeras horas del frío y las heladas, asemejó una ciudad sitiada, un estado de sitio, por la cantidad de huachos, de soldados, de la Guardia Nacional, que se desplegó al menos por unas horas, en el centro histórico, paralizando el tráfico, paralizando la poca vida urbana que tenemos.

Causando un embotellamiento, en nuestras calles, pequeñas y estrechas, diseñadas para andar en caballo y el uso de caretas de mulas, sin agraviar a ningún político. No para las decenas de carros que circulan, aquí quieren usar carro hasta para ir a cag… El centro histórico, la misma plaza de Armas, sin vehículos circulando, sin taxis ni camiones de transporte urbano. Sin libre tránsito. Vaya, hasta las palomas desaparecieron.

La raza, el ciudadano a pie, desconcertado, nadie informa, nos toman por sus pendejitos. El ejército nunca da explicaciones, ni al mismísimo Presidente le obedecen, si no le conviene la orden dada, y eso que es el comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.

Se paralizó durango, Duranghetto, cerraron las calles de Juárez hasta la de Bruno, igual la de Cinco de Febrero. El Ejército tomó la custodia de esas calles, al menos las que circundan el Ccongreso del Estado.

Tal acción causó un verdadero caos, marca diablo, desde la Plazuela se escuchaban los cláxones a gritos desquiciantes, la histeria surgida de las voces de los chafiretes, de los particulares; mentadas de madre, ante el paso de oruga con reumas del flujo vehicular. 

En durango todo mundo tiene prisa de llegar a ninguna parte y se cree dueño de las calles y exclusivo amo y señor del volante al más puro estilo cavernícola. Deberíamos estar acostumbrados, en duranguito, se cierran calles y avenidas, sin aviso ni explicación.

Wuachos de todos los verdes posibles, de grados y armas, hasta la Guardia Nacional fue a asomarse. Algunos, como una treintena, armados hasta los dientes, con rifles de alto poder, cámara en el casco, con equipo táctico, armados por si la tercera guerra se desatara. 

Custodian ante el azoro y el asombro del ciudadano más corriente que común. Vigilan el Congreso y la plaza Cuarto Centenario. Camionetas llegaba a desembarcar soldados, camionetas con una ametralladora sobre la cabina. Se leía rete bonito el letrero “Ejercito Mexicano” hasta ganas de cantar el himno nacional mexicano… un soldado en cada hijo te dio…

El Congreso tomado, custodiado por las fuerzas castrenses. Ojalá que se lleven a toda la sarta de ratas corruptas de sus diputados. Ojalá le hagan juicio militar a un tal Estebandido por sus fechorías y su mal gobierno. Ojalá vengan a fusilar a la rata werita de Tamazula, por su desfalco y latrocinios, ya que al actual gobernador priista de Villegas le faltan cojones para llevarlo a juicio, dirán los tatarabuelos vascos.

Una verde ambulancia, de las usadas en los planes de rescate ante fenómenos naturales, estacionada en la Cuarto Centenario, frente al museo Villa, nomás por si se ofrece ante algún desmayo o falta de aire.

Soldados apostados, con la carabina al hombro, lente oscuro, algunos embozados, cargados de artilugios y menjurjes necesarios de su profesión de vigilantes del pueblo. Ojean las calles, linceaba el aire, atentos al minino movimiento, al menor destanteo de la paz pública.

En la memoria, la reciente detención del jefe de sicarios de los chapitos, allá en Sinaloa. No se vaya a desatar otro culiacanazo en tierras alacraneras.

Los nervios latentes, el latir del corazón, la mirada ante tanto verde reluciente, ante el brillo del metal y el resonar de las botas. Con el Ejército no se juega, decía mi padre, ex militar y exchuta.

Los soldados en lo suyo, tranquilos, profesionales, el ganado verde mejor pagado del mundo, correan los amargados. Algunos se acercaron a la mesa de libros que tenemos bajo los arcos del museo Villa. Un oficial, con su uniforme de gala, también curiosea.

Por fin se aclaró el miedo, el desasosiego, venían a develar en letras de oro, en el Congreso, una placa conmemorativa por los doscientos años del Heroico Colegio Militar, cumplidos este año de Villa. El operativo militar era por si alguien quería robarse las letras de oro o que la placa fuera parte de un movimiento insurgente.

Se presumía que sería el mismísimo secretario de la Defensa Nacional, quien presidiría el acto, por eso el operativo de máximo seguridad, a saber que Durango es plaza de los chapitos, del Cartel del Pacífico.

Hubieran aprovechado para llevarse a todos los narcos funcionarios que tenemos. A los narco exgobernadores. A los narco funcionarios en funciones de gobierno. Digo para aprovechar el despliegue militar.

Al final no vino el General. Pero el ambiente era tenso, de vigilancia, a la prensa la tenían bien apergollada, bien restringida. Fue un acto en lo oscurito casi como si fuera un secreto y amenazara la seguridad nacional, ¿para qué tanta preocupación, tanto miedo? 

Como a las doce y cachito, salió del Congreso, la escolta de honores a la bandera a paso marcial y militar, seguidos por la banda de guerra, cadetes y soldados, en paso marcial. Cadetes y soldados en uniforme de combate.

Da inicio el retiro de las fuerzas armadas. El huateque de la placa terminó, pero ningún ruido, ningunos aplausos se escucharon, todo en discreción, en riguroso silencio militar, ceremonia cuasireligiosa.

Arribó un camión del ejército a recoger a su ganado, camión de pasajeros verde oliva. Camionetas para recoger a sus soldados. A la pregunta, quién falta, a quemar pavimento. Un alto mando dirige el desalojo. Suben sus tiliches, enseres y pata pa’ el cerro. A sus cuarteles o vayan a saber para dónde agarraron cerro. Se van tomando rumbo a quien sabe a dónde.

La ceremonia de la placa había terminado. No se vio gente que asistiera, es decir civiles, el gobernador ni por equivocación, anda quizá todavía por Miami, desaprovechó su gran oportunidad para cantar en la ceremonia. Ya ven que ese tipo canta hasta dormido.

Pasaditas la una de la tarde, la plaza despegada, volvió la normalidad citadina, el clamor del caos, el chirriar de ruedas y las somnolencias de banquetas, la gente en sus ocupaciones, por allá, un grito del hastío, por acá, la desesperanza acurrucada, el ruido de los carros, los congestionamientos habituales, los pitillos de los taxis exigiendo celeridad. Tal como llegaron, los muchachos de verde olivo, desaparecieron.

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