Miles de promesas incumplidas

en un Durango saqueado, empobrecido por caciques en el poder

Local 04 de septiembre de 2023 JESÚS MARÍN

web saqueo

Querido Dios:

Te escribo desde acá, desde estos lares, desde un ranchito llamado Durango, perdido entre montañas, tan lejos de ti. Tan lejos de toda esperanza. Donde reina el temor y la desconfianza, donde lo único que importa es la voluntad de sus corruptos, del gobernador Villegas y su alcalde Ochoa.

Donde ves todos los días un nuevo aumento de algo, un nuevo impuesto inventados por esto dos canallas, aumento de desesperanza, donde cínicamente dicen que no hay dinero para reconstruir ni el anhelo. Sólo para gastarlo obscenamente en propagandas y politiquerías, en miles y miles de pancartas con sus logros y mentiras.

Te escribo, como quien envía un mensaje en una botella y la arroja al mar, sabiendo que nadie la podrá encontrar y se perderá en el infinito de las olas; quizá exclusivamente sea un ejercicio de escritura, ya solo nos queda eso, y ser simples espectadores, sin poder hacer nada para cambiar nuestra vida o el futuro, hasta esa ilusión nos han arrebatado. 

Te escribo como un hombre cansado de tantas mentiras, de miles de promesas incumplidas, que ha mirado toda la vida cómo su tierra ha sido saqueada, ha sido empobrecida por familias de caciques en el poder, donde unos cuantos se enriquecen brutamente, mientras la mayoría de los duranguenses se mueren de hambre, pero el orgullo norteño los levanta.

Yo era uno de esos, que de niño me dijeron que yo era el futuro de México y orgulloso, cada mañana de lunes rendía homenaje a la bandera, me cuadraba derechito cuando la veía pasar y desde mi corazón, a pleno pulmón, entonaba el himno nacional; orgulloso de ser mexicano, de creer en mi país y quería ser ingeniero o médico.

Ahora prefiero escuchar a Pink Floyd, fumarme un churrito de mota, darle silenciosos tragos a mi cerveza. Embrutecerme de melancolía. Oír las mentiras de los locutores al leer el script autorizado y bien chayoteado por Comunicación Social del gobernador o por el departamento de prensa del alcalde.

Hoy mi única preocupación es juntar dinero para mi ataúd, porque hasta morirse resulta muy caro. Morirse cuesta una lana, pero luego pienso, ya muerto pa´ qué lujos, que me entierren al pie de los cerros para que me trille el ganado, como dicen en el hijo desobediente.

Te escribo, Dios, sabiendo que no existes, que eres un invento para domesticarnos y tenernos en el redil de la manada. Sabiendo que al no existir, no nos escuchas, nos dejas a la deriva en este pobre Durango, donde un puñado de ratas corruptas nos están crucificando.

Donde un puñado de pendejos deciden nuestra miseria, donde no hay esperanza, y nuestros gritos y lamentos se pierden en la nada.

Créenme, no es que esté amargado. No, de ninguna manera. Me gusta el lugar donde vivo, este pequeño ghetto llamado Durango, quizá porque la apatía y el desencanto también ya lo traigo en la sangre, de ancestral herencia: gente que vive encerrada a piedra y lodo. Gente que no sabe pedir un favor, mucho menos un vaso de agua.

Quizá solamente estoy cansado, bastantes son los años esperando que las cosas cambien, mirando cómo cada cierto tiempo, nos dicen las mismas mentiras, envueltas en cálidas palabras de promesas. Seguimos cada día más fregados, más jodidos. Ahora más que nunca. 

No sé porque te cuento todas estas cosas, tú ya debes saberlas, tú lo sabes todo, dicen quienes nos manipulan en las iglesias. Bueno eso me decía de niño mi abuela, los domingos cuando a fuerzas me arrastraba a misa de seis de la mañana; lo hago más que nada como un desahogo, una especie de catarsis interno, ya que externamente no puedo hacer nada, no puedo luchar por tener un trabajo digno, dónde ganar algo más de centavos para tener lo que dicen que debo tener para vivir mejor, es decir, comer tres veces al día, es decir pagar luz y agua, es decir comprarme algo de ropa, es decir no morirme de hambre, el varo para tragar lo mínimo para mal sobrevivir.

En fin, para qué te molesto en decirte lo que pasa por aquí, tú ya lo sabes de sobra, allá en el limbo o paraíso o como se llame el lugar donde dicen que vives, en caso de que existas claro, aunque siendo ateo, dudo de tu existencia, aunque de niño me forzaran a creer en ti, a rezarte, a ir a misa cada domingo y hasta confesar pecados que no había cometido, con tal de demostrar que no merezco tu gracia divina.

Estaría chido que existieras, al menos uno no se sentiría tan solo, al menos uno tendría una esperanza real, efectiva, palpable, esperanza de que cuando uno deje de sufrir al PRI, al PAN, al PRD, a los narcos, a los curas pedófilos, y se muera la esperanza de irse derechito al cielo sea real, y no es que me porté muy bien o sea un santito, pos’ no, al cuerpo hay que darle gozo y mantenimiento, pero chingaos, después de vivir y sufrir, el infierno de nacer en Durango y vivirlo, soportar las canalladas y fechorías de nuestros políticos, medio comer y medio coger, beber cerveza tan cara y padecer diabetes, presión alta, cirrosis, alopecia, todavía tiene uno la posibilidad de ir a tu infierno, ese que regentea tu ángel caído, don Sata y sufrir los ardores de las llamas por una eternidad, no la chingues Dios, se me hace que eres bien mula, pero bien mula, casi tan mula como nuestra cabecita de algodón Don Andrés.

Pos’ mejor hiciste tu infierno en cada uno de nosotros, que de los ciento veinte millones y pico que somos, solamente un dos por ciento vive en su paraíso y el resto, a jodernos en el infierno de cada día.

En fin, que no quiero ser descreído pero qué nos queda en este Durango, con esta clase de pillos que tenemos por gobernantes. Nada pierdo con escribirte.

Por favor Dios, no seas cabrón y acuérdate tantito de nosotros, no nos dejes tan abandonados o de perdida has llover cerveza de vez en cuando para ponernos hasta la madre y olvidar un poco este infiernito que nos tocó vivir. Chale y yo que presumo mi ateísmo como agua bendita, mira a lo que me obligas a escribirte. Pinche Dios.

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