AMLO nos ha regresado la dignidad y la esperanza

Ha parado el saqueo, ha devuelto a México a los mexicanos, pese a la oposición, odios, racismo y clasismo

Nacional 28 de agosto de 2023 JESÚS MARÍN

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Desde hace un mes volví a ser un pobretón. No es que antes fuera de la clase media o ricachón. No he sido uno de la clase media baja, hijo de un obrero y de una ama de casa, que teníamos lo suficiente para comer tres veces al día y un techo sobre nuestra cabeza. Benditos sean mis padres.

La gran diferencia entre ser pobre hoy y ser pobre hace cinco años, es López Obrador. Nos ha devuelto la dignidad. Nos ha dado algo que nunca habíamos tenido en ochenta años del PRIAN, nos ha dado la esperanza de un futuro y una vejez digna.

Ha sacado de la pobreza a casi nueve millones de mexicanos. Ha dado dignidad y sustento, a millones de nuestros ancianos. Estos hombre y mujeres que dejaron su esfuerzo, su sudor y sangre, en la explotación de patrones y caciques.

Ha parado el saqueo a México. Ha devuelto México a los mexicanos, pese a la oposición, odios, racismo y clacismo, de esa casta que se creía dueña del país. Pese al enorme poder económico de los empresarios, dueños de los medios de comunicación y televisoras, que nos adoctrinaron en la sumisión del pendejismo por décadas. México ha despertado, México ya tiene conciencia política y gracias a nuestro amado presidente.

Yo provengo de una familia de tantas como hay en nuestro México, vivíamos al día, batallamos para salir cada mes, pobres pero contentos, felices de ser pobres pero juntos.

Primero perdí a mi madre. Diez años después fue mi padre, mi amigo y guía en mis casi cincuenta años.

Hace tres años, perdí musculatura, orgullos y fortunas. Me robaron la salud, el culo y nalgas, mi computadora, muebles y trastos de la abuela. Y si no hubiese sido por la caridad de mi familia paterna hubiera muerto de hambre y tristezas. También estoy vivo, gracias a mis amigos, poetas y escritores, extraños y desconocidos, quienes generosamente aportaron su granito de cariño y dineros para que sobreviviera. 

Aprendí lo que es la humildad. Aprendí a no tener miedo a nada. Y que cada mañana es maravillosa para vivirla. Aprendí a ya no lloriquear ni a culpar a nadie. Ahora soy un estoico, sigo amargo, sigo cínico, pero más vivo que nunca.

Hace un mes, el ocho de julio, volví a las ruinas de mi casa. A intentar reconstruir mi vida. Al que fue mi hogar durante cuarenta años. La encontré como yo, devastada, moribunda, llena de polvo y nostalgias. Me soltaron a la buena de Dios. A mis recursos y esfuerzos. Se los agradezco de corazón.

Dejé de estar en mi capullo familiar protegido, justo era ya, un año siendo la cruz de mis tíos, benditos sean todos ellos.

Como todo duranguense, sin trabajo, sin seguridad médica ni social, sin esperanza y sin futuro. Sobreviviendo como pueda y como Dios me dé a entender, ese Dios, crea o no crea en él. A veces sobrevivo con un plato de avena, algo de fruta y grandes dosis de fe, pero agradecido de comer, lo disfruto como si fuera un manjar delicioso.

Yo soy escritor y a veces periodista, poeta mal hablado y peor odiado. Perverso y  pseudo porno, según mis detractores.

Me acogió una nueva familia, la familia de Espacio Libre, un periódico donde no hay censura y absoluta libertad de prensa, caso muy atípico, diría único, en el periodismo oficial del Durango, maiceado y chayotero.

Pero me salgo del tema, de mi pobreza. Digo que soy pobre porque ya mi economía no me permite usar taxi. He tenido que renunciar a ese lujo.

Por la tullidez maldita de mis llagas diabéticas y mi paso de perdonado el viento, más que perdonad al viento, le pido humanidad hacia mis pasos de potrillo recién nacido.

Tuve que renunciar a usar un taxi para moverme, para ir tres días al museo de Villa, a vender mis libros para sacar para medio comer, y digo medio comer porque uno se acostumbra a todo, menos a no comer. Descubrí que eso de comer tres veces al día, es un mito de la sociedad de consumo en que vivimos. Una comida al día basta, suficiente agua y grandes dosis de orgullo. 

A veces, si hay suerte hasta dos gorditas, una de chicharrón prensado y una de rajas, queso y los sagrados frijolitos.

Eso sí, mi té de manzanilla, con clavos y canelas no falta. Y este milagro de dios, mi yerbita santa, la marijuanita, que cura todo pecado y todo mal del mundo. Ahora batallo un poco, durante un mes una compita muy amada me la surtía, ahora la raciono, pero ay va la cosa.

Uno se acostumbra a una comida al día, a veces avena con agua, con plátano y si hay suerte, un par de huevos fritos. A pesar de mi pobreza económica, soy inmensamente rico en amistad y cariño. 

Tengo amigos maravillosos. Una familia Marín siempre presente, mi primo hermano, el Saúl que nunca me deja caer. Mi doctor, alma grande, que religiosamente, va martes y viernes a mi domicilio, a curarme de mis llagas. Llevamos casi un año luchando contra el estigma de la diabetes y la feroz negativa de cerrar mis heridas. Pero el alma grande de mi galeno, el doctor José Luis García no se rinde ni me abandona.

No me quejo, es la vida que elegí, renuncié a ser ingeniero por escribir poemas. Renuncié a ser un hombre con trabajo en una maquila por la quimera de la literatura. He amado y fui amado. Tuve una infancia maravillosa, padres que me amaron como nadie me amará en la vida. Una flakita hermosa e inocente llamada Sara. Vida nada te debo, vida estamos en paz. 

He bebido cuanta cahuama Victoria me ha retado, malamente reconozco que aún tengo atroz sed.

Tiene sus ventajas ser un viejo tullido y diabético, casi ex alcohólico, amante ya visual de las mujeres. Volví a mis costumbres de estudiante, viajar en el transporte público. En los destartalados camiones que sobreviven desde épocas dinosáuricas.

Por mi aspecto de vejez prematura, me cobran seis pesos, gran diferencia de los 45 pesos que pagaba por el taxi cuando yo era un hombre rico.

La única bronca de envejecer, de ruquear, es que vivo en una ciudad que odia a los viejos. Que desprecia a sus adultos mayores, y eso que me faltan dos años para oficialmente serlo. 

Caminar en sus calles, es un reto y un martirio, baquetas desplomadas, abiertas, altas y disparejas, altas banquetas para subirlas y los llamados pasos para discapacitados, son rampas peligrosas. 

La Plaza de Armas ni se diga, es una plaza para eliminar ancianos. Es imposible subirse a su plataforma y más cuando usas bastón y tienes rodillas de amarga artritis. Ya vas paso a paso, pasito tuntún. A velocidad oruga.

Subirte al bus es otra cosa. Más que subirlo, lo escalas, te montas, rogando a dios que no te caigas, te agarras a veinte uñas, en mi caso 19, en el 2015, perdí extrañamente uno de mis dedos del pie izquierdo, el cabrón me abandonó sin carta de despedida.

Rezas porque el chofer te tenga paciencia. Y exceso de empatía y piedades. Súmenle la espera por tu camión. Lo esperas más de veinte minutos, resistiendo estoicamente para no derrumbarte, clavado en tus frágiles rodillas, sobre tus tercas llagas.

El Urrea, Domingo Arrieta, tarda más que la muerte en pasar. Ya trepado, me espera un largo trayecto de entre treinta o cuarenta minutos, hasta mi morada en la Domingo Arrieta.

Un odioseado viaje, sin argonautas, sin cantos de sirena, por calles y subidas, montes y laderas, tugurios y colonias, pavimentos y zonas rocosas, casi desérticas, en paradas continuas en puertos exóticos e islas imaginadas y veredas discontinuas.

En el checador dilatando el tiempo, en los tiempos muertos, que a veces el chofer se toma. Por la ventanilla del bus, uno se da cuenta que hay otros mundos, otras historias, otras tragedias y miles de seres que, como tú, como yo, exigen su oxígeno y su rayo de sol.

Al bajar del moderno Caronte, toda una heroica misión, descender con el cuidado del recién nacido, del polluelo sin alas ni equilibrio, hasta sentir el suelo en tus llagados talones y caminas como tortuga cansada.

Llegas a tu casa, repleta de soledad y te acuestas sin cenar. Ya mañana será otro día. Y carajos, ojalá que el cabecita blanca, nuestro amado Presidente, logre bajar la pensión universal a los sesenta años.

Y que gane Claudia. Esa es mi esperanza. Me duermo soñando con el vientre de mi Sarah, y con una hamburguesa, acompañada de cahuama Victoria.

Y sí, sigo extrañando perronamente a mi perro, Saroh, el mayor ladrón de chettos que ha existido y el más cabrón guardaespaldas que he tenido. El sí vio todas las películas de Bruce Lee y las del mítico Santo, el enmascarado de plata. Y les daré un mal consejo, eviten a toda costa, llegar a viejos.

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