Teleférico, 'maravilla' de ingeniería en Durango

Una crónica que rememora su inauguración

Local 05 de junio de 2023 JESÚS MARÍN

web teleferico

La mera verdad es que toda la ciudad de Durango, rete mocionada. Desde los barrios más pobretones, que por fortuna, dice nuestro gobierno no hay, porque se han exterminando entre ellos, se han muerto de hambre o han migrado, hasta los barrios ricachones donde sus afortunados habitantes comen tres veces al día.

Todos los duranguenses, felices y emocionados con la noticia, del grandioso acontecimiento del siglo; no se habla de otra cosa. Por fin Duranghetto con su propio teleférico de unos cuantos metros y una rauda velocidad de tortuga raquítica.

Por fin, a la altura de las grandes orbes del mundo mundial. París cuenta con su monumental torre Eiffel, Roma con su Coliseo; San Francisco, su puente del Golden y la capital, su Ángel de la Independencia. Durango, su gran teleférico, a un precio que no han dicho, pero imagino que se gastaron los millones de pesos. 

Nuestra querida y callada (mientras no suenen las ráfagas de metralla, ni las balaceras a medianoche) tranquila (mientras no se descabecen gente para guardar sus errantes cabezas en las hieleras del Oxxo), y colonial a huevo, con sus fachadas de cartón, saliva y resistol blanco.

La real ciudad de Durango de Victoria, se suma a las maravillas del mundo, un elegante y veloz teleférico para disfrutar la belleza de las azotuelas desde las alturas. Conocer los secretos de los tenderos y los amores clandestinos de los gatos.

Por fin el sueño dorado de varias generaciones de duranguenses que se preguntaban a sí mismos: ¿y el Teleférico, apá?

Gracias a la visión visionaria de nuestros gobernantes, Durango alcanza su sueño dorado, por el que lucharon nuestros tatarabuelos en la Revolución, para que nosotros, sus nietos, tuviéramos en nuestra pujante y moderna ciudad, nuestro teleférico, y sacarle la lengua a Zacatecas, Chihuahua, que se creían la mamá de los pollitos al poseer el suyo propio de ellos.

Tras más de cuatrocientos cincuenta años de fundición, Dios santísimo y San Jorge bendito, nos hizo justicia, al mostrar la otra belleza, la belleza oculta de las azoteas. Ahora la ciudad de Durango es tranquila, callada, colonial y azoteril. 

Tras la emocionante inauguración, el conmovedor corte del listón de Jorge el bello, Jorge el sonrisitas, el gobernador emocionado hasta las cachas (por los millones que se birló al construir el teleférico) se da el primer viaje, tripulado por nuestras autoridades, a una asombrosa velocidad de dos metros por día, recorrieron la gran distancia del cerro del Calvario hasta el cerro de Los Remedios, ida y vuelta, y sin paracaídas. 

De inmediato el milagro milagroso. La exótica belleza de las azoteas, el folclórico ondeamiento de calzones y trusas, brass, calcetines multicolores en los tenderos, los cachivaches arrumbados, las botellas quebradas, una festín para los antropólogos. 

El mundo asombrado se arrebola por tal entretenimiento. Azoteas que han cobrado fama mundial al ser compartidas sus imágenes en las redes sociales. De súbito las ciudades de Alemania y Francia, han comprado boletos de avión para venirse en manada a ver tales obras de arte y subirse a esta maravilla de la ingeniería duranguense. 

Ya son miles de fotos de las macetas, zapatos viejos, tiliches inútiles arrecholados en los rincones, cadáveres de ilusiones amortajados de desesperanza, las descarapeladas paredes llorando su juventud perdida, los parches de chapopote, los hoyancos, fotos subidas en el face para que el mundo conozca este paisaje único en México.

Orgullo de Durango serán sus azoteas, azoteas endémicas, tanto que la ONU está pensando seriamente declararlas patrimonio de la humanidad

Qué mejor momento en este año de festejos nacionales donde celebramos el bicentenario que Durango logre la meta de un teleférico para nosotros solitos. 

Nuestros visitantes, nacionales y extranjeros, canadienses y de la vieja Europa, podrán elevarse a las alturas, casi codo a codo con seres celestiales, hablarse de tú con ángeles espirituales.

Felices los chiquillos y chiquillas, por fin tocaran a la Luna, sentirse astronautas de primer mundo. Ya presumen a sus contactos de watsap que aquí, en tierra de Francisco villa, ya es posible tocar las estrellas y por miserables pesos viajar a la estratósfera, al grito: hacia el infinito y más allá de las estrellas más allá de las estrellas

Por unos miserables morlacos se realiza un emocionante y peligroso viaje, de ida y vuelta, para mirar y admirar, los lavaderos en los techos, las antiguas antenas de televisión, obsoletas y caducas, los trastos viejos que son arrumbados, la oxidada de bicicleta de la nena, usada una sola vez al partirse la jeta, los cascos vacíos de cahuama, flores de alfasto.

Como primicia, si se tiene suerte, se miraran los tendederos, cuajado de pañales, coquetas panties, medias zurcidas y rete cicladas, chones manchados de tamarindo y demás lindezas de la moda duranguense.

Poco importará la privacidad de la gente, se verán la clase de calzones que usan, los trapitos remendados, los trusas flameadas, colgados descaradamente en los tenderos, creyendo que en la azotea nadie podría ver sus intimidades y miserias, pero hoy en día, gracias al adelanto de nuestra civilización norteña, los secretos son revelados.

Viajar en teleférico se convierte en un viajar en el tiempo, recorrido por la historia de nuestra ciudad, maravilla de la nostalgia. Un recuerdo en el corazón.

De inmediato las agencias de viajes internacionales, reportaron un incremento en su demanda de vuelos. Miles de turistas europeos vendrán a nuestra ciudad para viajar en este artefacto tan cercano a Dios, viajar lentamente, muy lentamente, desesperadamente lento, por los cielos del poniente de nuestra ciudad.

Este fantástico recorrido en las alturas de los cielos duranguenses, ha enloquecido a los  locos aventureros del mundo, a los amantes de la aventura y el peligro extremo, quienes una y otra vez, lo usan, temblando de adrenalina, ante la velocidad de dos metros por día, empujado por los poderosos motores del teleférico, en desenfrenada carrera contra el viento, mientras una voz educada y engolada va describiendo el paisaje: “a nuestra derecha, tenemos la azotea fulanita de tal, se aprecian la tristeza de las azotuelas, se admiran desplomados ladrillos. Vean la fauna local, aquel gracioso animal, no es un conejo, es una enorme rata de azotea, fauna de nuestra ciudad. Ahí tenemos al fulano panza al aire, tomando el Sol en su Acapulco en la azotea. Y descubran a la doñita, lavando los calzones cagados de sus escuincles. Son las historias de nuestra ciudad, un recuerdo de sus tristezas, de sus baches.”

Se agradece al cielo sus bondades, al gobierno de Jorge Herrera Caldera, un divertimento más para los pobres ciudadanos, como el enorme e inútil asta de bandera, con una gigantesca bandera de 17 millones de pesos.

Los duranguenses subirán al teleférico con la ilusión de viajar al cielo, olvidarse por unos minutos de la pobreza, del desempleo que nos aqueja, la maldita violencia que nos carcome.

Quizá el alma allá en las alturas, podrá desprenderse de esta tristeza de saberse solo en este dolor del desamparo.

Pobrecito de Durango, tan lleno de duranguenses. Durango tan lejos de todas partes, tan cerca de ningún Dios.  

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