Sociedad y Estado en América Latina del Siglo XXI: Bolivia y la resignificación democrática

Internacional 06 de marzo de 2023 JORGE LUIS JUÁREZ MARTÍNEZ

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Para las nuevas generaciones, los gobiernos progresistas de Bolivia pueden dar la idea de que a partir de periodos largos en el poder se han consolidado primero bajo la figura de Evo Morales y ahora Luis Arce, pero la historia no ha sido sencilla para instaurar ese proyecto de nación. El boom progresista latinoamericano, como ya lo revisamos en casos como el peruano y el brasileño, son antecedidos por políticas públicas de perfil neoliberal y un ejercicio del poder de y para las élites locales. Nos toca ahora, revisar la construcción del sueño boliviano.

Durante la década de 1990, los gobiernos de Jaime Paz Zamora (1989- 1993), Gonzalo Sánchez de Lozada (1993-1997), Hugo Bánzer Suárez (1997- 2001) y Jorge Quiroga Ramírez (2001-2002) se centraron en diversificar la economía boliviana vinculada casi exclusivamente de la exportación de estaño. Sin embargo, el pésimo manejo de la economía local que condujo a un proceso hiperinflacionario a la par de arrastrar crisis sociales severas heredadas por la dictadura militar de los años sesenta y setenta, hicieron que dichos gobiernos se supeditaran al Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, por lo que la consigna        neoliberal      fue                             privatizar              las             empresas estatales de hidrocarburos, ferrocarriles, telecomunicaciones, electricidad, transporte aéreo, por citar algunas. Si bien, aunque para finales de los noventas se logró un acuerdo para la exportación de gas y la construcción de un gasoducto de exportación a Brasil, al mismo tiempo que la economía nacional empezó a diversificarse mediante las exportación y soya, la crisis asiática del momento terminaron por asfixiar al proyecto económico local que se tradujo en estallidos sociales y un profundo malestar pues no sólo las clases populares fueron las más perjudicadas, sino que se agudizó el abandono respecto a los pueblos originarios.

Ello ocasionó que para la primera década del siglo XXI se dimensionara todavía más dicha crisis económica y por supuesto se reflejara en el sistema político por lo que los movimientos sociales liderados por el campesinado, indígenas, mineros, comerciantes informales y cocaleros se dispersara por todo el país y cobrara con más fuerza la idea de un estado plural y para todos, sobre todo para una Bolivia con enorme mayoría en lo que a pueblos originarios se refiere.

Y ya para el segundo mandato de Gonzalo Sánchez (2002-2003) se rompió ese continuismo neoliberal tras su torpeza en la llamada guerra del gas, donde envió el ejército a las calles a reprimir a los manifestantes y que murieron alrededor de 70 personas por lo que renunció y huyó del país. El vicepresidente, Carlos Mesa asumió la presidencia sin contar con el respaldo del congreso y al mismo tiempo con presiones políticas de los movimientos sociales emergentes por lo que renunció al cargo dos años más tarde. Así fue como Eduardo Rodríguez asumió un interinato en el que convocó a elecciones generales en 2006 y que dieron como ganador a Evo Morales del Movimiento al Socialismo y que apostaría por políticas públicas para las clases populares y los pueblos originarios: ¡Prácticamente el ideal de la guerra de independencia del Siglo XIX llegaba casi dos siglos más tarde!

Así pues, el primer periodo de Morales inicia el 22 de enero de 2006 con políticas nacionalistas como punto de partida y para el 1 de mayo, anunció su intención   de nacionalizar los   hidrocarburos así   como    a    las    empresas de electricidad y comunicaciones que habían sido anteriormente privatizadas, también fueron nacionalizadas. Incluso, para agosto de 2006, se   ubicó una Asamblea Constituyente para redactar una nueva constitución. Dicho contexto dejó al descubierto a los dos bandos: nacional-indigenistas contra la élite económica tradicional.

 

No obstante, la Constitución Plurinacional fue aprobada por 164 de los 255 constituyentes y aunque después fue modificada por el Congreso, el gobierno progresista logró que la población refrendara la nueva   carta magna   en un referéndum. De ahí que para fines de 2009, Morales haya sido elegido nuevamente presidente con más de dos tercios de mayoría legislativa pues sus políticas habían dado resultado en el corto plazo para los sectores más

desprotegidos de su país. Su segundo periodo se caracterizó por un crecimiento a la alza de la economía promovido por el denominado súper ciclo de las materias primas, además de la profundización de políticas estatistas y una implementación eficiente de programas de subsidios.

 

Dichas maniobras políticas le permitieron de nueva cuenta ser elegido para un tercer periodo continuo en 2014, caracterizándose por la continuidad de políticas de inversión pública pero al mismo tiempo estimulando la demanda interna, la desaceleración de la economía ante la caída de precios de exportación de materias primas y la reducción drástica en los volúmenes de gas natural exportados al Brasil de Dilma Rouseff y a la Argentina de Cristina Fernández. El proceso de continuidad en la presidencia de Morales dio como resultado disminuir los niveles de pobreza, registrar crecimientos económicos nunca antes vistos pero sobre todo, que los pueblos originarios fueran partícipes de la política nacional, lo que le valió el reconocimiento internacional.

Sin embargo, las políticas progresistas de Morales habían colmado la paciencia de Washington, quienes apoyaron mediante la OEA y los grupos empresariales de Bolivia, a crear un ambiente aún más hostil previo a las elecciones presidenciales del 2019 por lo que Evo se vio obligado a transparentar también de manera más pulcra los procesos electorales. Incluso, al momento de ganar la elección, varios organismos internacionales dieron fe de la legalidad de la misma pero la oposición alimentó la sospecha de fraude por lo que ante la presión del ejército y la misma contradictoria OEA, renunció a su cargo de presidente con la idea de que su partido fácilmente volvería al poder mediante las nuevas elecciones generales.

No obstante, fue amenazado por altos mandos del ejército y la policía, por lo que comenzaron las persecuciones contra sus colaboradores y él tuvo que aceptar el asilo político ofrecido por el presidente Andrés Manuel López Obrador,

en México. Para el 12 de noviembre, arribó al Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, donde lo recibió el canciller mexicano, Marcelo Ebrard después de que el gobierno argentino de Mauricio Macri le negara el acceso al espacio aéreo. Un mes después y ya con el presidente Alberto Fernández en la presidencia argentina, se trasladó en calidad de refugiado, seguido del exvicepresidente Álvaro García Linera y otros exministros.

Mientras tanto, Jeanine Añez asumió la presidencia del Estado Boliviano jurando bajo la biblia cristiana y con el apoyo de los Estados Unidos. Las protestas no se hicieron esperar sobre todo cuando la Asamblea Legislativa extendió el mandato constitucional de la presidenta. La represión y las masacres de Sacaba y Senkata reflejaban el regreso al poder de una forma de administrarlo con base en el uso de la fuerza. La represión por parte del ejército y la policía no se veían desde 15 años atrás, lo que agudizó la tensión política y obligó a los militantes del MAS a cerrar filas en las nuevas elecciones generales en octubre de 2020, donde Luis Arce triunfó en primera vuelta con el 55,11% de los votos lo eliminó por completo la sospecha de fraude y que confirmó lastimosamente, el golpe de estado contra Evo Morales.

Para el 12 de marzo de 2021, la Fiscalía de Bolivia ordenó la detención Áñez y varios de sus ministros acusados de los delitos de sedición, terrorismo y conspiración. Evo Morales regresó a Bolivia y después de una etapa amarga entre la crisis política y la pandemia, las cosas parecen regresar a la normalidad. Y con ello, resignificar a la democracia boliviana como un poder de y para el pueblo, donde la continuidad de las políticas progresistas han rendido frutos en beneficio de la población y que no sólo países como Canadá o Alemania puedan tener periodos ininterrumpidos de persistencia, sino también países latinoamericanos como el caso boliviano que reflejan, un ejercicio del poder plural, integral y sobre todo, popular.

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