Durango pagará por un crimen que no cometió: el desfalco de Aispuro

Un tragedión norteño

Local 02 de mayo de 2023 Jesús Marín

web aispuro

Me detuvieron en la calle, a pleno sol. A la vista de todos. Eres el culpable. Vas a pagar por los crímenes de otro cabrón. Hijo de tu puta madre. El wero tiene fuero, pero tú no. Me tundieron sin deberla ni pagarla. Pagarla sí, pagaría no solo yo, hasta mis tataranietos cargarán con la deuda. Debes 25 mil millones de pesos. No te hagas pendejo. Así a la mala, sin avisar, me la dejaron ir todita. Eso te pasa por sumiso e indolente. 

Ni cómo protestar, son el supremo gobierno y sus leyes se obedecen. A la buena o a la mala, en pocas palabras, te chingas o te jodes. Es la costumbre en estas tierras de caciques y virreyes. La ley nomás sirve para los adinerados, los riquillos de las familias pudientes, de abolengo, repiten los viejitos, mientras esperan el consuelo de la muerte, sentados en las ardientes bancas de la nostalgia en la Plaza de Armas. 

Cabrón, ¡vas a pagar por un delito que no cometiste! Ya estás acostumbrado, pa´ que te quejas. No vayas a empezar con tus purulentas manifestaciones y pancartas pendejitas y lloriquear en las redes. Vas a pagar, porque vas a pagar. Te jodes porque te jodes.

Esto apenas inicia. Nos urge lana. El nuevo patrón la sacará de donde sea, hasta por debajo de las piedras. Tú eres como siempre, el que la va aflojar. Aquí en este ghetto pagan justos por pecadores. 

Sí, pendejito, nosotros sabemos que eres inocente. También que eres el más pendejo del país, aguantas todo sin protestar. Sabemos quién es el verdadero culpable del desmadre. Pero el patrón dice que él y su ñora son intocables. Pero alguien tiene que pagar por los desfalcos, y ese, como siempre, eres tú, compita. (Risas y carcajadas).

Y aquí estamos, juntando la lanita que no tenemos para que el nuevo patrón cobre sus 200 mil de sueldos. Oiga, ¿cómo lo vamos a dejar sin aguinaldo en diciembre?, nombre, el pobrecillo pa´ eso se hizo del poder, para salir de pobre, él y su familia, compadres y amistades cercanas. Le vale madre que nosotros apenas si sacamos pa´ malvivir.

Eso que jalamos nomás alumbran los gallos. En esta tierra no hay Dios para los pobres. Y con rezanderas no vamos a tragar. Ande, oiga, trabajo en lo que puedo, de esclavo en las maquilas, vendiendo en los tianguis. Aquí nunca hemos tenido industria ni empleos decentes. Ahora pagaré por lo que no hice.

Esto sucede cada seis años. Nos prometen que ahora sí habrá cambio, quesque iremos a la grandeza, quesque juntos podemos, quesque meterán al bote a los culpables.

Lo juran ante la imagen de San Jorge en la Catedral, de rodillas frente al bendito protector de la ciudad. Ellos juran y perjuran el inminente advenimiento del paraíso norteño. Casi con lágrimas en los ojos cantan rete emocionados el corrido de Durango, besan chiquillos cagados y abrazan viejitas reumáticas, murmurando: ¡somos pueblo!, ¡somos pueblo! 

Prometen que harán llover cerveza de los cielos. Y los alacranes aprenderá a hablar inglés. Nadie jamás nunca, se irá de mojado a jalar al gabacho. Ya no habrá pueblos desiertos, con ancianos fantasmas. Ni hijos huérfanos con madres abandonadas. La familia ante todo, pregonan los cabrones. Ya después, al sacar las uñas, nos enteramos que, al hablar de la familia, solamente se referían a la suya. 

Bien me conocen estos malandros que soy agachón, apático y soportaré estoico, sin rechistar, tragando verga. Nomás que no me cierren las ventanas y no suban la cahuama, con eso me conformo. No pido mucho. Bueno, también que me alcance para unos chettos.

Al cabo Dios proveerá decía mi jefita que en paz descanse. Claro que volveré a apoyarlos, aunque me chingue una y otra vez. Es por tradición de esclavos, desde que éramos peonada. Los amos mandan y uno obedece. Es la costumbre provinciana. 

Por vocación de pendejos votamos por las mismas mentiras y promesas cada sexenio. Ellos, nos dicen rosario en mano, ser los únicos capaces de mantener la paz social y llevarnos al progreso, nos asustan que cualquier cambio nos llevará a la miseria ¿Más? Pos cada vez somos más miserables y pobres. 

Ese pinche progreso ha de estar un chingotal de lejos, nunca lo hemos alcanzado en casi cien años. Pero por palabrerías no paramos. 

Esta vez nos reborujó el Esteban de que iba a defender a Durango, con trabajo y valor. Y ya ve, con lo que sale, nosotros pagaremos por su falta de huevos para encerrar al werito y a su ñora. De él, del Estebandido ¿quién nos defenderá? Chingao y eso que solo lleva unos mesecitos. Le faltan como setenta meses. Dios nos agarre confesados.

Así de jodidos estamos desde tiempos de la bola. Antes se llamaban Haciendas, con sus tiendas de raya. Hoy son las maquiladoras. Pagamos las raterías de los gobernantes, mientras el pueblo cada vez más desesperado, pero nunca como hoy, este pinche werito nos ensartó reteculero. Nadie fue ni para decirle: ¡Ay werito, despacito papi! Está canijo, donde manda la vieja, ni aunque te encomiendes a San Juditas.

Carajos, ninguno es como mi general Pancho Villa decía mi apa´ grande, mi abuelo, bien resignado antes de morir de diabetes. Se nos murió de tristeza como todos por aquí. De nada nos sirve ser dueños del cielo más chulo del mundo, dicen que es la límpida mirada de Dios. Ni nos salva ser la tierra del cine. Antes siquiera teníamos ese consuelo, ir al cine, fugarnos en la pantalla a otros mundos. Escapar por unas horas. En la oscuridad no sabes de miserias ni melancolías, absorto en la película. 

Ir al cine era lo único que podíamos sin tanta gastadera. Había como quince cines, sino que más, ahora no quedarán más de cinco. Ya nadie viene a Durango. Sí la pobreza, esa no nos desprecia. Crece como mala hierba. Más que la mariguana en la sierra.

Por eso nunca madrugamos. Para qué levantarse temprano, la pinche pobreza no desaparece por mucho madrugar. Mejor uno se apendeja con soñar y soñar. Los fines de semana las cahuamas no faltan, apapachar la disidia y dilatar la desesperanza. Llegamos tarde a la vida. Llegamos tarde a todo.

Aquí los negocios abren a las diez de la mañana. Y oiga usted, a las ocho, a más tardar a las nueve de la noche, cerrados a llave y candado. Abiertos nomás los Oxxo’s cual cucarachas se multiplican de a madre, hay más Oxxo’s que esperanza. Un chingo de estas tiendas más que las caridades de Dios.

Nomás los antros del corredor Constitución ofrecen un poco de olvido y desaburrición hasta las tres de la madrugada. Es lo único vivo en las noches. Las calles desiertas, páramos de cemento y cantera. La gente vacunamente adormecida en sus cuevas. Encerrados a piedra y lodo. Lapidados de tristezas y desamparos. Igualitos que nuestros muertitos en el panteón de Oriente.

Lo bueno de quienes nos gobiernan es que nos protegen, bueno eso cacarean. Aunque de ellos nadie nos salva. Nos protegen de las balaceras y levantones. Aquí el narco no se alborota mucho, es a la sorda, el gobierno y la poli son sus siervos. No sucede nada, al menos no aquí en la capital. O si ocurre nadie lo dice. Ni la prensa, menos la tele local. Los tienen bien maceados.

Nomás hará como quince años, la cosa del narco se puso cabrona. Estalló la matancera en pleno centro de la ciudad. En sus calles y caminos. Ejecuciones y levantones como arenas del desierto.

Encontraron unas fosas clandestinas con más de trescientos muertos, cuerpos desmembrados en estado de putrefacción, hueseríos y tripas. Dejaron de exhumarlos, el gobierno federal mandó parar el escarbadero. 

El Ejército cerró las calles en la colonia Universal, como a quince minutos del centro histórico de la ciudad. En las calles Mario Aldama y Valentín Trujillo, estaban las fosas. Vaya usted a saber si fue cierto o nomás dieron los nombres de pura burla.

El mosquero era impresionante, oscurecía el cielo, enjambre de asquerosas moscas purulentas se daban el manjar con los despojos humanos. Insoportable el nauseabundo hedor. Lo más cercano al infierno en Durango. Ni los forenses, equipados con máscaras y oxígeno, aguantaban mucho tiempo estar expuestos.

Imaginen una enorme montaña de carne agusanada, pedacerías de cuerpos, brazos, cuencas vacías, cerebros desparramados, huesos, cabezas descarnadas con mechones de cabello.

Jamás sabremos el número de los muertos. Ni sus rostros. Ni sus nombres, sus sueños, sus amores.  Eran personas, con familia, con una historia. A cuántos de esos los siguen buscado sus madres, sus padres, los hijos, hermanos, la esposa. Sabe Dios si algún día se les secarán las lágrimas. Tendrán por fin un poco de paz en sus corazones. Ahora son una estadística de la Fiscalía. Para sus familias son almas sin descanso y veladoras encendidas. Si pudieran llorarles, poner un nombre en la lápida. Un lugar a donde ir a rezarles, llevarles la corona en su memoria. Dicen que por las noches, los quejidos y sollozos de los difuntitos son escalofriantes. Ánimas en pena que no encuentran su lugar, atrapados entre el infierno y el purgatorio. Aún se deben escuchar. Esas almas no descansarán hasta que se les haga justicia. 

La mayoría de los cadáveres, irreconocibles, otros, apenas los sacaron a flote por los tatuajes. O por un pedazo de trapo. Porque los familiares querían creer que eran sus muertitos. Vaya usted a saber cuáles eran del narco, cuáles los inocentes, los levantados, secuestrados o nomás ejecutados por estar en el lugar equivocado. Ya ni se distinguía si era hombre o mujer. La mayoría gente joven, según dijeron despuesito de los estudios forenses.

Cuántas vidas cegadas en la flor de la vida, en oscura y anónima muerte. Dicen que había más fosas sembradas por los rumbos de la ciudad, sirviendo de cimientos a edificios recién construidos, pero ya no le quisieron escarbar.  

Le dijeron al Ismaelillo o al Jorge, ya ni me acuerdo quien gobernaba, los dos, achichincles del Chapo, que detuvieran el pedo. Juraron investigar hasta las últimas consecuencias, signifique lo que signifique.

Nunca se han aclarado las muertes de los ejecutados. Ni se aclararán.  La mayoría de los difuntitos, bueno lo que quedaba de ellos, nomás cambiaron de fosa clandestina a fosa común. Hasta ahí llegó la indignación y las investigaciones.

En esos tiempos sí hubo un chingo de balaceras por todos los rumbos. Un chingo de matanceras y desparecidos. Se oía el ulular de patrullas, los cuicos como liebres. Y al día siguiente, ninguna nota, ninguna noticia, todo se sabía por los rumores, por la voz populi.

Miedo daba andar de callejero en horas de la noche. Un compa periodista, el Almazán, vino desde el DF a cubrir la nota. El cabrón fue corresponsal de guerra en Medio Oriente, así que cuál pinche temor. Además, sinaloense, el morro creció entre el humo de la mota y el olor a pólvora. Lo arrullaron con el raqueteo de las metrallas. Dos o tres veces, ganador del premio nacional de periodismo. A él no le negaron la entrada a la fosa de los trescientos cuerpos y contando.

Aún con toda experiencia en las guerras que cubrió, el morro casi tira los intestinos por la vomitadera, provocados por el hedor y el asco. Dio fe del desmadre y publicó una crónica, “Cartas desde Durango”, la neta del narco, en este llamado triángulo dorado, uno de los reinos del cártel de Sinaloa. Lo que padecía la gente de la capital y sus municipios como Santiago Papasquiaro, Vicente Guerrero, Nombre Dios. Lo que el gobierno calla y oculta.

La disputa por la plaza de Durango se puso cabrona. Ríos de sangre corrieron y saltaba alegres las cabezas. Quién sabe cuántas ollas menuderas se cocieron por esos tiempos. El cartel del Golfo quería expandir sus bisnes en la tierra alacranera, pero pos’ cómo se iban a dejar los morros del Pacífico.

Nomás se escuchaban el raqueteo de las Kaláshnikov, más por las noches, aunque ya en el descaro de la impunidad no respetaban horario. Nosotros bien culeados, cagados de miedo, casi debajo de la cama, pero más culiados los polis y judas, no sacaban la cabeza ni para mear. Los perros son buenos para apañar estudiantes y quitar bicicletas a viejitos, pero con sicarios hasta los calzones se bajan solitos; patrón usted sírvase, póngase cremita y dese. O sin cremita, no se limite.

Mataron a dos judiciales y a un jefe de Tránsito. Hasta una pobre señora cayó acribillada en un fuego cruzado. La pobre ñora iba a llevarle el lonche a su hijo en el kínder. Eran las once de la mañana a pleno solazo, en un fraccionamiento rumbo de la SEP. Por el sur de la ciudad. Por esa avenida, la Domingo Arrieta, a cada rato se escuchaban detonaciones y camionetas echas la madre, quemando la llanta. Entre malandros y la tira. 

La ópera del narco alcanzó el clímax una fría mañana norteña. Descubrimos los otros usos de las hieleras de los Oxxo’s, aparte de enfriar tecates, sirven para resguardar cabezas coscolinas, separadas de sus cuerpos, en divorcios sangrientos. Aparecieron con sus sonrisas descabezadas por los cuatro puntos cardinales. Por las cuatro principales entradas, bien acomodaditas, durmiendo en las hieleras, con dos cabezas por hielera, pa’ que no se sintieran tan huérfanas. Ni les doliera el abandono. 

Un gentil recordatorio a los sicarios del Golfo que aquí gobiernan los webos del Chapo. Dicen que ese mismo Chapo se paseaba por las calles de esta cuatro veces centenaria ciudad, olvidada de Dios. Se paseaba bien orondo, sabedor de ser el mero mero y tener bajo control al gober y de ahí para abajo.

Así de poderoso es el dinero. Y la metralla. Y la droga. Cuentan las leyendas urbanas de un video del sinaloense, paseándose por Juárez y Veinte, tomado por las cámaras de vigilancia de protección ciudadana. Al hombre le gustaba comer en el Grande, restaurante de mariscos muy afamado por acá. Llegaba en trocas de lujo, polarizadas, de reciente modelo. 

Cerraba las puertas de la marisquería. Amablemente se presentaba a los comensales. Soy el Chapo, mucho gusto, me permiten sus celulares. Se los devolveremos cuando me vaya. Pueden pedir los que gusten de la carta. Yo invito. El hombre, a pesar de carecer de educación formal, muy educado y cortés. Ese mismo Chapo, dicen que cacheteó al Ismaelillo, al no asistir a su boda, allá en Canelas. Boda fastuosa, desposó a mujer muy hermosa, jovencita reina de las ferias de aquellos parajes.

Dicen que el jolgorio estuvo custodiado por los mismos wuachos del ejército, sus oficiales invitados especiales del Jefe de jefes. Mira cabroncito, le dice al Ismaelillo, cuando yo te doy una orden la cumples, pendejo. Dicen que eso le dijo, y el entonces gobernador, nomás bajo la mirada con los cachetes ardiéndole.

Acá en la capital todo sigue callado y tranquilo. En las rancherías y municipios es otro el cantar. Sepa usted lo que pasa. Bueno, sí sabemos de los muertos y desparecidos, pero nadie se atreve a levantar la voz. Aquí no pasa nada en más de chorrocientos años. Y como decimos en el norte: “el que por su gusto es wey hasta la coyunta lame...”

¡Ah! permítanme presentarme.  Me llamo Juan pueblo Durango. Oiga Usted, pa’ lo que me guste joder y humillar. Ande, con confianza. Cumplo el próximo siete de julio cuatrocientos sesenta años de borregada y sometimientos.

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