La Zona del Silencio, región enigmática del desierto duranguense

1ra. Parte

Cultura 06 de febrero de 2024 NURIA METZLI MONTOYA

silencio web

Capítulo 1

 

                A mediados de 1960, el ingeniero Harry de la Peña encabezó la brigada de técnicos de Petróleos Mexicanos enviada al territorio del norte de México poco explorado entre Durango, Coahuila y Chihuahua, para una investigación geológica petrolera.

                El Ingeniero Harry de la Peña fue un químico e inquieto estudioso de materiales de origen orgánico. Asistió a importantes congresos geoquímicos sobre Carbono 14 invitado por universidades de gran prestigio en Austria, Checoslovaquia, Suecia y Noruega. A su mando, en el desierto, todo fluía perfectamente hasta que un suceso obligó a interrumpir el curso de esa inspección. Después de agotadoras horas de trabajo bajo el sol, su equipo de ingenieros empezó a quejarse de la falta de conexión en el intercambio de mensajes señalando una avería en los aparatos que volvía más complejo el análisis de campo para rastrear el oro negro.  Se realizaron varios intentos fallidos para determinar el origen de estas deficiencias técnicas las que surgían aún usando los radio transmisores de última generación. Esto constriñó a Harry a analizar el acontecimiento de cerca con la colaboración de expertos de nuestro país vecino. No era un pretexto de los obreros para tomarse un momento de reposo en la sombra, ni una deficiencia de origen de los dispositivos. En ciertas zonas del despoblado se rechazaban las ondas radio inexplicablemente como si algo mágico se interpusiera para bloquear la transmisión de onda. Se notó, incluso, que los relojes de pulso dejaban de caminar. Harry tuvo la necesidad de dar un nombre a estos parajes, los que definió, precisamente, “Zonas del Silencio”, nombre que, más adelante, capturaría el interés de naturalistas y fascinados de lo sobrenatural.

 

 

Capítulo 2

                Tres años después de graduarme en la Laguna me traslado a Europa. Obtengo la ciudadanía italiana en el 2002 y solicito la legalización de mi título de estudios para inmediatamente ponerme a trabajar. Voy a la oficina de asuntos exteriores de mi ciudad y a la de la capital para entender un poco sobre el procedimiento, recuperando cero resultados. Al fin llego a la Embajada de México en Roma y con decepción me doy cuenta que desconocen completamente el tema. Sugieren que me presente en Durango o Coahuila.

 

                Es en el 2004 cuando tengo la posibilidad de viajar a Durango y ante mi asombro, en el Gobierno del Estado, no se sabe nada al respecto. De regreso a Roma me mandan a pedir información hasta la embajada de Roma, en la Ciudad de México.

                Cada viaje de regreso a mi país es una interrupción en mi proceso de adaptación a mi nueva residencia. Pasan cerca de tres años para que logre ir a la embajada de Roma en CDMX. Ahí ríen de mi solicitud. Alegan que ellos no tienen la facultad de esa encomienda y ni imaginan a dónde me pueda dirigir. Ahí no tramitan certificación, legalización ni ninguna clase de apostilla de estudios.

 

                Esa apasionada búsqueda concluye por ahí del 2013, cuando me declaran oficialmente que en Italia, mi título no es una carrera, de consecuencia, no existe la posibilidad de legalización.

 

                Decido dejar el proyecto a un lado. Aspirar a un sueño, no es dado por descontado cuando te encuentras fuera de tu país. Contar con la firme intención, las fuerzas y la esperanza de realizarlos, son elementos secundarios, es más importante aprender el modo de relacionarse y respetar los diálogos textuales y gestuales que sólo los natos y los bien introducidos en esas latitudes saben interpretar. Una tarea que para un extracomunitario puede durar años. 

 

                Me nace la necesidad de inscribirme a la agencia de trabajo. Empezar a trabajar podría ser interesante. Al fin de cuentas tengo dos carreras, soy licenciada, me siento joven y tengo el mundo en mis manos.  Me presento con mi título de estudios en español. La cara enfadada de la empleada italiana que no entiende una palabra de lo que lee, me refleja inmediatamente que eso es un papel sin valor, que en su país no soy Licenciada, que incluso, ahí, esa palabra, significa ser despedida del lavoro, me indica que soy mujer en edad de maternidad, que por algunos años me será difícil encontrar un trabajo importante, asegurada y que me permita escalar.  De cualquier modo, por única respuesta, ella me aconseja inscribirme en la lista de empleados, pues al completar mis trámites legales de ciudadanía, titulación y licencia vehicular, será muy importante la antigüedad madurada desde entonces. Podría ser más valiosa, incluso, que la profesión misma, ya que la ciudad que he elegido para vivir, es marítima y no ofrece muchas oportunidades de trabajo fuera de ese ámbito. Obedezco. Y así es como en Italia, quedo registrada legalmente como analfabeta.

 

                Algunos años después, por casualidad, descubro que han dado el nombre de carrera a unos estudios de Diseño Gráfico, equivalentes a los míos, así que por fin podré revalidarme en Italia. Lástima que mi atención a ese objetivo se haya desviado.  Sufro de la depresión del extranjero. 

 

                En el 2016 me vuelvo a interesar en ese trámite de revalidación de estudios, pues encuentro el decálogo en internet: 

 

Fáciles trámites para revalidar tus estudios en el extranjero:

Certificación de la Universidad;

apostilla de la firma del rector;

apostilla de la apostilla;

traducción

legalización de la traducción;

revalidación de cada materia.

 

                Mando mi título por correo a Gobernación de CDMX. Me lo regresan alegando que el trámite se realiza de persona en Durango, estado al que pertenece mi instituto. 

                Regreso a Durango sólo hasta el 2021 con mi título de estudios medio majado. Mi room mate me manda a una dirección alternativa pero el taxi me lleva otro lugar.  Al día siguiente llueve a cántaros y ando a pie. En otra ocasión se va la luz. Solo un día antes de mi regreso, descubro la nueva sede de Gobernación, donde me comentan que el trámite de la última apostilla dura un día, así que lo podré recoger en la mañana siguiente. Y así es, tengo en mis manos mi documento listo, ahora, sólo debe ser traducido, legalizado y revalidado por la embajada Italiana con simples tramites telefónicos.

                Mientras me entrega el papel timbrado y pesado de sellos, me dice la dependiente:

-Qué interesante haber conocido a Harry de la Peña!

-…  Efectivamente, fue mi rector.

-Son 80 pesos.

-Gracias.

 

 

Fin de la primera parte

 

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