La chica que amaba leer a Camus

Cultura 21 de noviembre de 2023 JESÚS MARÍN

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Me pregunto si la veré de nuevo. Si el destino tan escurridizo, tan amado por el mítico Borges, nos volverá a reunir en su eterno retorno, tan dado a desvaríos y traiciones. O si, por esa única vez, desafiando a la voluptuosa casualidad, al coincidir en ese café, es la única oportunidad que el destino nos concedió.

La gente nos miraba, por lo absurdo de estar juntos ¿Cómo es posible un simiesco ser como yo, con una mujer como ella, joven y hermosa? Incluso la mesera, de ciclópeos y balanceantes movimientos, de enorme y grotesco nalguerío, emitía un canto de cetácea desaprobación al atendernos, como si su ballenesca figura no fuera más bizarra que nosotros. Como si su grotesca humanidad no superara lo horripilante de la situación.

Si esta es una primera y última vez en que te veré habrá que acrecentarla en la memoria, tu recuerdo, construirle ese nicho de los desesperados, de los náufragos. De los sin hogar ni puerto.

La conocí una tarde-noche de marzo. Nos citamos en un café, mediante el chateo del Messenger, con las mentiras necesarias para disfrazar las soledades. Con el envío esencial de las hogueras ardiendo en la playa de nuestras islas. Quizá necesitábamos el uno del otro. Quizá fue el destino o una mala broma de la muerte. O alguien allá arriba o acá bajo, aburrido, quería jugar con nuestra esperanza. Titereatear con nuestro desamparo.

Yo llegué cinco minutos previos al encuentro. Ella cinco minutos tarde. ¿Lleva mucho tiempo esperando? La típica pregunta femenina, como si ellas no supieran la respuesta. Toda la vida, acabo de llegar, alcancé a musitar con pensamientos entrecortados.

Escucho tu voz, como el crío que oye la palabra amor o mar por vez primera. Tu voz, reinventando la vida, reinventando el caos del universo. Tu voz descubriendo el orden de las leyes en el universo. Tu voz me ancla a esta silla. Me obliga a tener fe. Tu voz, como agua fresca en esta ciudad de piedra y sal.

Detrás de nosotros arde Sodoma y gritan los dioses en su ocaso. A lo lejos Roma es incendiada y saqueada por los bárbaros. Dios ha muerto asesinado por Nietzsche.

Pedimos té, café o ácido sulfúrico, en ese instante yo podía morir por cualquier plaga o profecía. Con chillidos y zumbidos, le ordenamos al gigantesco ballenato que saltara a través del aro.

La ballenesca rubia con un par de ridículas y grotescas coletas, apunta con sus garras de gárgola en una ridícula tabla de madera. Toma la orden como nuestra última voluntad, antes del rodar de cabezas en la guillotina. Y para ti, un arpón bien afilado, clavado en lo hondo de tu tristeza, de tu mirar vacuno.

El mundo somos tú y yo. Nadie más. El mundo existe a partir de que nos volvemos a encontrar. No sé cuántos siglos han sucedido para volver a verte. Ella y yo. Yo y ella, los dos. Platicamos las futilezas y piedras de río que suelen conversar los desconocidos, reales o inventadas. Imaginadas o imaginarias. Hablamos de libros. De los libros escritos. De libros por leer. De los libros que nos han crucificado. De aquellos que nunca irán a existir por miedo a la vida. Por clamores de la muerte. De los libros irreales, libros extraviados en días de infancia. De los aún no escritos. De los que nunca leeremos.

Lo esencial son nuestros silencios. Silencios compartidos en siglos de vagancia y errantes viajes de la memoria. En los laberintos de faunos y nostalgias.

Pausa para mirarte. Pausa para esnifarme tu juventud. Pausa para reconocernos. Reconocerte. Tu olor a hembra. A mujer. Olor tan buscado. Olor recuperado. Pausa para construir a marchas forzadas puentes inexistentes. Crear las sólidas mentiras para envejecer cien años en un instante. Hacer creer, creernos, que somos dos locos, salvando al amor. 

Inventarnos una ilusión carente de ilusión. Imaginar que te reconocí a partir de tu sonrisa. Esa sonrisa que me hizo construir imperios y crear religiones. Ella, distante y cortés, insegura del poder que ya ejerce en mí. El acto de estar conmigo, compartiendo su tiempo, es un triunfo en esta guerra que llevo perdida desde que nací. 

Una guerra de búsquedas y desencuentros, siempre aferrado al maldito trozo de esperanza que nos sostiene como hombres. Encontrar a la mujer perfecta.

Tu celular gime de rabia. Desesperado Veneno para mi impaciencia. Te quiero solamente para mis desvaríos. Tú eres mía por el solo hecho de pronunciarte en mis miradas y controlar los espasmos de mi corazón.

Tu celular interrumpe, separándonos. Irritante. Celoso. Ella responde con un cariño amoroso; el fuetazo en pleno rostro. Los latigazos ardientes en la pasión y crucifixión del hijo de dios, convertido en carne y sangre.

¿Otro? ¿Otra? ¡Maldita sea!  Conversas con la otra voz surgida del auricular, sin darme explicación. Mirando al espacio, a la mosca en el muro. Al silbido de los barcos que surcan los lejanos océanos. Indiferente de mi náusea. Indiferente al descuartizamiento y mutilación de mis ilusiones, de mis celos faraónicos. Otelo agigantándose en el pecho. Otelo dispuesto a asesinar mil veces a su ser de los ojos verdes. Pregunta, pregunta, ¡pregunta, pendejo! Maquiavelo: calma, calma, que no lo note, saca la cara de póquer, la cara de póquer. 

Deja el celular en la mesa. ¡Un martillo por favor, mesera! No, no, mejor un mazo. Ella retoma con voz cristalina, ajena al estallar de granadas en derredor, ajena a la destrucción de Nagasaki e Hiroshima. Indiferente al sonar de alarmas y gritos de ¡Cuidado con el iceberg, cuidado con el Iceberg… a babor, a babor!, en la el frío desamparo del Atlántico.

Su hermosa mocedad se me atraganta por los poros. Me inunda cada centímetro de mi lujuria y deseo. Santifica cada perversión.  En su voz discurre por mis hormonas como lava candente.

Me muestra un libro de Camus, recién comprado, cobijado amorosamente por el celofán. Leí a Camus en la facultad y me apasiona, ronronea mimosa, ronronea con el orgullo de quien ha descubierto la verdad del infierno. Habla con la voz del fanático, con la voz de quien ha venido en nombre de la luz y del señor. Como si me mostrara la primera Biblia, recién escrita por Dios.

Le hablo de Camus, como si ese viejo argelino y yo, fuéramos carne y uña, camaradas de infancia Sí, crecimos juntos a la sombra del desencanto y la amargura, en las desérticas tierras de la desesperación.

Con el superior tono doctoral de los idiotas, le platico de “El extranjero”, de su relación con Sartre y sus amores con Simone, el trío de intelectuales franceses: el amor libre como su forma de amar. 

Ella me responde con la inocencia de una niña de doce años, a pesar de los veinte o un poquito más que pudiera padecer. Yo amo el amor libre -rebuznancias aparte-, pienso en lapidario silencio; no me gustan las ataduras, ronronea cachondamente; al menos mis calenturas la escuchan con tal ronroneo, mientras agita la tesitura de sus mariposas manos y florea el aire de margaritas miradas. 

El amor debe ser libre, sin importar edades ni prejuicios. Ella ama el amor libre. No le gustan las ataduras. No le importa la diferencia de edades. Yo no sé cómo no le zurcí la boca a besos y no le hice el amor encima de la redonda mesa que separaba su vientre de mi vientre, entonando a dúo la Marsellesa. Estallando el cielo de pólvoras chinas y cantar de azucenas. Julo César entrando victorioso a Roma.

El maldito celular, envidioso y ladino, repican burlón. Imagino al putrefacto aparatejo ahogado en una taza de té, estrellado en el piso en miles de pedacitos, zambutido en el enorme culo de la mesera.

Creo oír, para alivio de mis hordas enfurecidas de agravios y destierros, un ligero tono de enfado al atender la llamada. Já, ¿problemas en el paraíso? 

¿Dónde estás?, espérame afuera, estoy ocupada. ¡Ah, canalla, te reto, a las cinco de la mañana en el parque Guadiana; lleva tus padrinos! Escojo el sarcasmo como arma. Yo soy el ofendido.

Me veo cruzando la faz y las armas de mi rival con un diáfano guantazo. Y matarlo ahí mismo como el perro que es ya para mis delirantes suspicacias. Ella regresa de su celular, tierna y solícita, para apuñalarme la razón. Soy un vil alfiletero para esos momentos. Pudo transcurrir una hora, tres meses o varios siglos. Para mí es un mísero segundo. Einstein es un sacerdote cruel. Retoma las piltrafas que me sobreviven y me sonríe con esa mueca femenina que ha derrumbado universos.

La Moby Dick en rondines alrededor de nuestra isla. Acechándonos, dispuesta a engullirnos como Jonás modernos. Una anciana y su nieta se escandalizan por la combinación de carnes que representamos: un negro simiesco y una niña de frágil desamparo; arrojan flamígeras miradas a nuestra isla: ¡Crucificarles, crucificarles! 

Nuestra presencia rompe la estoica estética de la hipocresía, ofenden el puritanismo provinciano. Pese a las centurias que nos separan, tomados de la mano sin tocarnos, entrelazadas las almas sin prueba física, más allá de la esperanza. Sin importar edades ni moralidades. Sin futuros ni pasados. La vieja historia de amor que no existe, pero sí existe.

Su mano rozando mi mano, sin maldad ni dolo. El aliento del roce electrifica, acelera pulsos e impulsos, alebresta salvajes sangres; años de cinismos y sarcasmos son derrocados por la flamígera caricia de su mano en mi áspera y renegrida piel.

El amor es más absurdo que la existencia misma. Durante nuestra charla nos tratamos de usted. No queremos romper la santidad del momento. Ni manchar de vulgaridad el reencuentro. Usted es la mujer más hermosa del universo. Usted es quien esperé por siglos. Usted es ya mi cadalso. Usted fácilmente podría ser mi hija.

El puto maldito celular de nuevo, jodiendo con su exasperante chillido. Si en este momento se presentara míster Bell, le partiría su telefónica madre. Es mi mamá, anda de visita y me espera – lo dice con la mayor naturalidad del mundo–. Aquella sencilla frase es una bocanada de oxígeno puro. Un canto de aleluyas. El sagrado cantico de las sirenas liberando a Ulises. El marinero gritando: ¡Tierraaa a la vista! ¡Ah, es la madre! ¡Es su madre, bohemios, su santa y bendita madre! Grito a pulmón desorbitado, a lágrima desbordada, saltando mesas, trompicando sillas, derribando abuelas y nietas, arponeando rubias ballenas.

¡Su madre, bohemios!  Mis inseguridades bailan el can can como locas y las campanas de mis templos repican muy dentro de mi alma. ¡Es la madre, la madre, camaradas! ¡Bailemos y brindemos hasta el amanecer!

Tenemos que irnos, espeta de golpe, a rajatabla, sin un agua va, quebrando mi efusiva naciente alegría. Pagué no sé cuánto por los tés. Pagué hasta la deuda externa e interna de países bananeros. La gorda ballenesca se queda con el dinero, incluido el arpón y un libro de Moby Dick, cortesía del capitán Ahab.

Salimos del café, respirando los aires del mundo recién descubierto, con la alegre inocencia del recién nacido. Y la fe imbatible de las piedras. Las blancas olas de su falda revolotean sobre de un par de exquisitas y aperladas piernas, tímidamente alegres, tímidamente acurrucadas debajo de ese pedazo discreta tela. 

Ella, es ya un esplendoroso sol en mi corazón. Un luminoso milagro entre la tiniebla que soy. Aturdido, veo en los ojos de la chica que ama a Camus, la promesa de un holocausto. La devastación de naufragios. Veo a una niña de tristeza hiriente, oculta en su recóndita pupila, con la súplica de que la abrace y la proteja.

Me murmura en sus gestos, de sus tardes sin saber a dónde ir. Del invierno que la acomete. Del otoño inefable de sus miradas. De los días monótonos y estériles. Sobrevivir es lo que asesina. Sobrevivir rodeados de muros. Sin saber cómo escapar. No hay futuro. No hay esperanza, Solo malditos muros, muros interminables de piedras infinitas. Sólo una absurda existencia. Una absurda muerte. Una absurda ilusión de estar vivos. Noches sin dormir, noches sin soñar. Soledad que embrutece, soledad que nos convierte en seres vacíos, sin vida, sin muerte.

Afuera nos arremete la insoportable realidad. La absurda insoportable realidad de la existencia. La absurda insoportable realidad que todo destruye y todo ceniza. La absurda insoportable realidad de la tarde-noche de un sábado en una ciudad donde la indolencia habita. 

Su muy real madre espinas afiladas. Su madre terrible y contundente. Su madre de acero y granítico brillo. Nos espera, con las espadas desenvainadas y los lobos azuzados.

Yo, menos triste que antes de conocer a esta chica que ama leer a Camus. Cuando llevas años muerto, cualquier atisbo de luz se convierte en estallido luminoso. Yo, drogado de su aroma, impregnado de cada flor de su divinidad, apenas balbuceo un hola a su madre, que me escanea de manera automática y mortal. ¿Le gusta Sabines?, alcanzo a pronunciar, antes de que su mirada láser me haga añicos.

El resto es difuso en mis letanías: su madre recogiendo mis restos con una pala para el estiércol. Jalando la palanca del excusado; ella, mi chica, despidiéndose, flotando en un trozo de madera, en un gélido océano. Yo, existencialmente destruido en la cubierta del transatlántico. Música de banda tocando. La nave se hunde. Salvas de cañones por el héroe caído. Ella, mostrándome un gorrión degollado; yo, con los muñones de las manos, sangrantes y luminosos. Por mis ojos escapándose la luz… oh la luz…

Ella se acerca. Ella flotando en el océano. Ella provocando un poderoso tsunami con su piel, olor, sudor, cuerpo, piernas; me da un postrer beso en la mejilla, a escasos milímetros de mi amortajada boca.

El choque es espectacular. El agua inundándome… inundan a caudales las escotillas… la explosión de calderas: el barco que se creía inhundible… El grito del capitán: ¡Niños y mujeres primero, abandonen el barcooo! 

Los músicos tocando la vieja canción de amor de los enamorados. En la sección de tercera clase de mi corazón, hace agua. Sus párvulos labios aleteando en mi carne. Yo cayendo de su boca al fin del mundo.

¡Cuidado con el iceberg, el iceberg! ¡Lancen los botes salvavidas!, ¡abandonen el barco! ¡Nos hundimos, nos hundimos! Los músicos tocan lánguidas mortuorias notas, con el agua hasta la cintura. Por un beso de tu boca. Por un roce de tus labios. Por un beso de tu párvula boca… 

Ella y su madre, alejándose. Un sepulturero tomándome medidas con una cinta, apuntándolas en negra libreta. ¿Va a querer su ataúd de pino o de cedro del bueno, señor? 

Yo de pie en la proa del barco que se hunde, gritando: ¡Soy el rey del mundo! Soy el rey del…

 

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