En medio de la tragedia: indiferencia e inmoralidad

Desde las grotescas mentadas de madre de la oposición mediocre hasta las superficialidades de gobiernos de Morena. Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos. Eduardo Galeano

Nacional 06 de noviembre de 2023 PATRICIA BARBA ÁVILA

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Sin duda alguna, las catástrofes naturales marcan el escenario para que se revelen otro tipo de catástrofes más destructivas quizá: las de manufactura humana. Lo recién ocurrido en Acapulco y también Coyuca de Benítez con el huracán Otis no es la excepción y hemos atestiguado desde la muy natural y acostumbrada solidaridad y amor de un presidente sin igual en este siglo, Andrés Manuel López Obrador, hasta la vileza en grados inconcebibles de una caterva de sujetos que no llega a ser una auténtica oposición simplemente porque no sólo carecen de proyecto sino de decencia.

 

Por otra parte, cada vez más se incrementa la preocupación a medida que se acerca el 2024 por la forma como tránsfugas del prianismo continúan brincando a Morena con los resultados nada alentadores que hemos visto desde 2021 en que se perdió 9 alcaldías en el D.F. y varias curules en el Congreso y más recientemente, actitudes lamentables como la del gobernador de Michoacán asistiendo a un “deporte” (SIC!) de élite, la Fórmula 1, inaccesible para sectores populares ya que los precios de boletos oscilan entre los $3,500.00, el más económico, hasta los $29,000.00; la de Indira Vizcaino, gobernadora de Colima cantando a todo pulmón el narco-corrido “Jefe de Jefes” con los Tigres del Norte; la alcaldesa de Chilpancingo, Norma Otilia Hernández, celebrando en grande su informe de gobierno: todo esto en medio de la tragedia en Guerrero. Por supuesto que la insensibilidad y falta de respeto por el pueblo son típicas de una oposición despreciable, por lo que nada nos puede sorprender ver al ministro Alberto Pérez Dayan gastarse más de 7 mil dólares en un boleto para la Fórmula 1, pero definitivamente la superficialidad, carencia de humanismo y ausencia de solidaridad son inaceptables y, ciertamente, distan mucho del espíritu de la Cuarta Transformación.

 “Que se gasten su dinero en lo que quieran” es lo que escuchamos de ciertos sectores que piensan que es aceptable, legítimo y normal que un servidor público perciba 10, 20, 30 y más veces lo que gana un maestro, un obrero, un médico del sector público o un empleado de la iniciativa privada. Y, sorpresivamente, esto mismo se lo acabo de escuchar a nuestro presidente cuando él mismo ha sido siempre un ejemplo de austeridad y sensibilidad no muy comunes incluso en políticos de “izquierda”.  Honestamente, no creo que sea ni legítimo, ni normal ni aceptable que los que son votados para servirnos, disfruten de salarios cuya determinación no nos fue consultada y que han servido no sólo para crear una clase privilegiada que, en gran medida, busca militar en partidos políticos justamente para llegar al gobierno a lucrar. No es de extrañar que este andamiaje armado ex profeso para corromper incluso a partidos formados con las mejores intenciones, haya tenido tanto éxito. Prueba palpable de ello es la lamentable descomposición sufrida por el Partido de la Revolución Democrática hoy convertido en un burdo cascarón hundido en el descrédito por su abierta traición tanto a los principios que le dieron origen como a los más de 600 militantes asesinados en el salinismo.

Más allá de lo anteriormente expuesto, considero que el extraer del presupuesto nacional cantidades exorbitantes para pagar los abultados salarios de “servidores públicos”, podría muy bien considerarse un robo simulado y autorizado por unas leyes diseñadas para distanciar a los políticos de sus votantes que serían sus patrones si la esencia del Art. 39 constitucional estuviese vigente y no sólo fuese letra muerta. Es decir, cuando se extrae un recurso para beneficiar a terceros sin la autorización del propietario, puede muy bien considerarse un robo.

Luego entonces, los comportamientos tan lamentables de alcaldes, gobernadores, legisladores impulsados por Morena, son el resultado de esta lasitud con la que no sólo se ha admitido sino se ha impulsado a puestos de elección popular a auténticos oportunistas carentes de ideología y, por supuesto, de ética política y respeto por los ciudadanos. Porque se habla mucho, con discursos rimbombantes en foros y más foros, sobre la necesidad de cambiar tanto la forma de hacer política como el rumbo de este partido que cada vez es menos “movimiento”, pero rara vez se toca el tema de los elevados sueldos pagados a la clase política. ¿Es que acaso puede ser “normal” que un servidor público asista a eventos de élite, viaje en primera clase y viva con lujos absolutamente inaccesibles para una enorme mayoría de la población? Por qué, con tanta ligereza se considera aceptable que “se gasten su dinero en lo que quieran mientras no roben”, cuando tales montos se determinan a espaldas del pueblo y han favorecido el nacimiento de una clase privilegiada, algo impensable en la izquierda real para la que la existencia de “clases sociales” es una aberración por la discriminación implícita y por ser ajena a la verdadera democracia. No me cabe duda que si se realizara una consulta para preguntar a los ciudadanos si consideran equitativo asignar salarios a servidores públicos que van de $90,000.00 a $700,000.00 mientras que el sueldo de un mentor, por ejemplo, oscila entre los $6,000 y los 15,000.00, la respuesta mayoritaria sería NO.

Uno de los aspectos más relevantes y únicos en la gestión del presidente López Obrador es su constante mención del aspiracionismo como una de las causas principales de la corrupción pues sabe perfectamente bien que con el fin de acumular dinero y poder hay quienes (los más, desafortunadamente) no se detienen ante nada y son capaces de las peores corruptelas para lograrlo. Ante esto, no valen ideologías ni, mucho menos, valores como la honestidad y el respeto por el pueblo y por ello es que no sólo basta con diagnosticar el problema de la corrupción que, como él lo reitera constantemente, es la causa de los grados de miseria alcanzados gracias, principalmente, a 36 años de un régimen de saqueo sin precedentes que casi destruyó al país; lo que urge es una reingeniería del entramado legal que determina tanto salarios de funcionarios públicos como prerrogativas a partidos políticos erradicando el poder corruptor del dinero de la actividad política. Y muy bien podría empezarse consultando a los ciudadanos lo que opinan en este importantísimo aspecto. Con ello, no sólo se lograría rescatar de la miseria a los millones de mexicanos que todavía sobreviven con salarios miserables sino, principalmente, se eliminaría el germen de la corrupción que ha impedido que nuestro país se convierta realmente en una democracia auténtica y, por ende, en una potencia a nivel mundial. 

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