El 'magnicidio' de Colosio que fue un pleito entre priístas

Nacional 16 de octubre de 2023 JESÚS MARÍN

web colosio

El magnicidio es la muerte violenta dada a una persona poderosa o con un cargo importante, usualmente una figura política. El magnicida suele tener una motivación ideológica o política y la intención de provocar una crisis política o eliminar un adversario o contrario, que considera un obstáculo para llevar a cabo sus planes.

Cada cierto tiempo, aprovechando los tiempos electorales, resurge el asesinato político de Luis Donaldo Colosio, aquel candidato asesinando en Lomas Taurinas en Tijuana.

Las teorías se mantienen: que fue asesinado por el PRI, en un macabro plan de Carlos Salinas, al salirse Colosio de su línea de gobierno, después de pronunciar aquel sentimental y manipulador discurso de “yo veo a un México…”, escrito por sus publicistas, basado o inspirado en aquel mítico discurso de Martín Luther King. La teoría del asesino solitario nunca fue creíble ni veraz. Fueron varios los asesinos. Hubo mínimo tres Marios Aburtos.

Una serie de asesinatos, tras el del candidato Colosio. Un juicio y condena, con la sombra de la tortura a Mario Aburto, quien lleva casi treinta años, de los cuarenta a que fue condenado, en un juicio de Estado, violando sus derechos ciudadanos. Ahora se vuelve atraer el tema y se habla de la inminente liberación de Mario Aburto, un hombre con la vida y la salud destruidos por cuestiones políticas. Su familia tuvo que refugiarse en Estados Unidos ante la persecución política que han sufrido. Un Mario Aburto casi ciego, se recibió de abogado en la cárcel. Mario Aburto, asesino confeso de Luis Donaldo Colosio denunció que ha sido torturado desde el primer día y busca que la FGR realice una investigación. Mario Aburto ha escrito cartas a todos los presidentes pidiendo que se reabra su caso y ser enviado al penal que le corresponde. Aburto terminó sus estudios y ha sido maestro de otros reos.

La justica no existe en México. Siguen libres los generales que participaron en la matanza del 68, y la más reciente, la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa. No hay voluntad para aclarar el asesinato de Luis Donaldo Colosio, quien ha sido santificado, como el hombre que iba a cambiar a México, se le ha idealizado. No, Colosio era un priísta de pura cepa y cómplice en el gobierno de Carlos Salinas de Gortari. Su asesinato fue un pleito de priístas, no un magnicidio.

Yo sigo viendo un México con hambre de sed y de justicia a 29 años del ‘magnicidio’ de Colosio.

Han pasado casi treinta años del asesinato. Largos y desafiantes años desde el asesinato de Luis Donaldo Colosio (1950-1994), candidato a presidencia de la república por el Partido Revolucionario Institucional, ocurrido aquel ya fatídico miércoles 23 de marzo de 1994 a las 5:12 de la tarde, hora del Pacífico, 7:12 hora de la Ciudad de México.

Veintinueve años de preguntas sin contestar. Veintinueve años de heridas que aún no cierran: la versión oficial de un asesino solitario no ha convencido a nadie pese a que ya cumplió su mayoría de edad. Veintinueve años donde se ha investigado hasta las últimas consecuencias, con el consabido caiga quien caiga. Veintinueve años de aquella manifestación en la colonia Lomas Taurinas de Tijuana donde fue herido mortalmente por Mario Aburto Martínez, tras presidir un mitin.

Ahora, a la distancia de casi tres décadas, entre la nostalgia a la que somos muy adictos los mexicanos, nostalgia de ver que todo tiempo pasado fue mejor, de erigir monumentos y contar hazañas existentes únicamente en el colectivo de la imaginación, hemos creado un mito alrededor del sonorense. Lo hemos forjado en leyenda. Lo hemos puesto en un altar. 

Con su cruel asesinato, un asesinato, cuyos autores intelectuales no han sido descubiertos en caso de que existan. Sí existe y se llama Carlos Salinas de Gortari.

Luis Donaldo Colosio se ha convertido en un héroe, en un mártir. En un hombre, según dice el romance popular, que pudo haber cambiado la faz del país. El destino de los mexicanos.

Desde esta tarde del 23 de marzo, donde claramente vimos por televisión como se le colocó la pistola en su sien, entre guardaespaldas y partidarios, entre música de la culebra y la algarabía popular ciento por ciento made in el PRI.

Escuchamos el disparo, se han escrito y se seguirán escribiendo miles de cuartillas, se seguirán especulando y lanzando teorías y complots, lo cierto es que desde aquel día, hace veintinueve años, el país ya no es el mismo.

Ya no somos los mismos. Y él o los asesinos siguen sueltos. A Luis Donaldo solo flores muertas se depositan en su tumba. Nadie de entonces ni de ahora, cree la versión del asesino solitario que actuó en solitario (sic) por despecho y por desesperación.

Esa famosa foto de Aburto cuando fue detenido y la foto despuesito cuando fue presentado en el penal, agudiza la duda creciente porque se ha especulado que no eran la misma persona. Y cristalizó la conspiración. Y el nombre del entonces presidente Carlos Salinas de Gortari nunca ha dejado de pensarse como el responsable directo.

Magnicidio. Así se calificó el asesinato político de Luis Donaldo Colosio. Fuimos testigos de las lágrimas derramadas de su partido. Del desgarramiento de ropajes. De la declaración del luto nacional y de la bandera nacional a media asta.

Fuimos testigos de la indignación del entonces Presidente que acongojado abrazaba a la viuda y consolaba a su pequeño hijo, huérfano de padre y tristemente, como si la tragedia lo siguiera, tiempo después de su madre. 

Y Carlos Salinas de Gortari juró y perjuró que este crimen no quedaría sin castigo. Que su gobierno movería mar y tierra, que escarbaría así fuera en las extrañas del mismo infierno, pero caerían sobre el culpable, todo el peso de la ley que es posible en un Estado donde impera el derecho y “la ley”.

A casi tres décadas, todo ha quedado en el olvido. En meras palabrerías. En una demagogia muy a la mexicana. En la nostalgia romántica de un país que tiene que inventarse y recrear sus héroes, a falta de verdaderos héroes.

Discursos van y vienen. Se llevan coronas de flores y se leen bellas palabras, se inventan epopeyas en torno al homenajeado. Se crean fundaciones para explotar su legado y explotar su recuerdo, pero la verdad aun no aparece, y la justicia, la justicia no ha sido ejercida desde tiempos inmemoriales en un país donde la esperanza es raíz podrida. 

Desde el asesinato del General Álvaro Obregón ocurrida en 1928 no había ocurrido una muerte que pudiera haberse calificado como magnicidio hasta que Mario Aburto, empuñando un viejo revólver, con cuatro balas disparó sobre la sien del candidato, sobre el político destinado a suceder a Carlos Gortari de Salinas.

Como siempre que se quiere tapar el dedo con un sol. Y que no interesa resolver el caso, se nombró una Comisión Especial, una Fiscalía Especial con recursos todopoderosos que sirvió para maldita la cosa.

El dictamen de la fiscalía fue señalar que no existen evidencias sólidas para señalar a nadie más que Aburto, como único autor intelectual y ejecutor del crimen, y por ello el gobierno considera cerrado el caso desde el año 2000.

Hoy a veintinueve años de la desaparición física de Luis Donaldo Colosio, su discurso, aquel pronunciado el seis de marzo, motivado mas por el levantamiento del movimiento zapatista en Chiapas que por convicciones de la política del candidato, aún tiene vigencia.

Un discurso que señaló la ruptura del pacto político entre el Presidente y el candidato, entre el ungido y el ungidor, entre quien lo escogió con su dedo santo como su sucesor, en el entendido de que proseguiría su obra y destino. Y para otros, un discurso que marcó su sentencia de muerte.

“- … Yo veo un México con hambre y con sed de justicia. Un México de gente agraviada, de gente agraviada por las distorsiones que imponen a la ley quienes deberían de servirla. De mujeres y hombres afligidos por abuso de las autoridades o por la arrogancia de las oficinas gubernamentales. Veo a ciudadanos angustiados por la falta de seguridad, ciudadanos que merecen mejores servicios y gobiernos que les cumplan. Ciudadanos que aún no tienen fincada en el futuro la derrota; son ciudadanos que tienen esperanza y que están dispuestos a sumar su esfuerzo para alcanzar el progreso… los priístas debemos de reflexionar. Como partido de la estabilidad y la justicia social, nos avergüenza advertir que no fuimos sensibles a los grandes reclamos de nuestras comunidades; que no estuvimos al lado de ellas en sus aspiraciones; que no estuvimos a la altura del compromiso que ellas esperaban de nosotros… Tenemos que asumir esta autocrítica y tenemos que romper con las prácticas que nos hicieron una organización rígida. Tenemos que superar las actitudes que debilitan nuestra capacidad de innovación y de cambio… Es la hora del gran combate a la desigualdad, es la hora de la superación de la pobreza extrema, es la hora de la garantía para todos de educación, de salud, de vivienda digna...  El gran reclamo de México es la democracia. El país quiere ejercerla a cabalidad. México exige, nosotros responderemos…”. Sigue teniendo una vigencia estremecedoramente terrible en un México cada vez más alejado de la esperanza. En un México en manos de unos cuantos que se han enriquecido a placer. 

En un México cada vez más alejado de aquel histórico discurso, inspirado en los que el líder de los derechos de los negros Martin Luther King pronunció en su tiempo. Ese México que veía Luis Donaldo Colosio sigue ahí, cada más pobre, cada vez más jodido, cada vez más moribundo. Y si un magnicidio no pudo cambiar el rumbo, entonces más nada lo hará. Y como aquella masacre del dos de octubre, aquella matanza de estudiantes en Tlatelolco, los asesinos siguen libres. Y sí, yo sigo viendo un México urgido de hambre y con sed de justicia.

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