Abajo los libros de educación sexual ¡Vamos a quemarlos!

Cultura 21 de agosto de 2023 Jesús Marín

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Yo no supe de sexo hasta los doce años. Creía que los niños venían de París en el pico de una cigüeña. Ni idea dónde queda el tal París. Eso me dijo mi abuelita al preguntarle de dónde vienen los niños. Y a los cinco años crees que la luna es de queso.

A mis diez años creo que el Niño Dios sí existe. Creo de corazón que nos trae los juguetes cada nochebuena. Nunca me pasó por mi gran cabezota que los compran mis papás y mi abuela. Imaginaba que las cartitas que le dicto a mi tía nina para pedirle al Niño Dios, sí le llegan.

Me enteré por un vecino de quince años que a los niños los hacen los papás. ¿Los hacen los papás? ¿Cómo? No me quiso decir nada. Eres un niño todavía y no lo entenderías. 

Por un tiempo espié a mi mamá para ver dónde escondía las partes con las que armaban a los niños. Por eso mi mamá tiene tantas muñecas en la sala. Me enojé con ella, ¿por qué no me ha armado un hermanito para mí? No logré descubrir nada. Seguía siendo un misterio cómo los papases hacían a los niños.

En la escuela, cuando nos juntábamos a hablar de cosas, alguien pronunció la palabra sexo, quedito como cosa prohibida y llena de suciedad. Esa pecaminosa palabra no se pronuncia en casa. Es pecado decirla, les dije con inocencia. Nomás me miraron con sorna.

Ese día, al regresar a casa, me dirijo al librero de mi padre. Los libros de sexo bajo llave en un lugar inaccesible. En la tele solo novelas cursis y ñoñas, nadita de lo que quiero saber. Lo más pelado es besarse en la boca. Preguntarles a mis mayores de qué es el sexo, implicaría una buena tunda de regaños y sermones. Ni hablar a seguir con mi investigación Sherlockniana. 

El sexo es tabú. Cosa prohibida y de adultos. La primera vez que descubrí que los hombres y mujeres, somos diferentes, es cuando a mi prima de un año le cambian los pañales. Me fijé asombrado que ella no tiene un tilín colgando como yo. Van a devolverla por defectuosa. 

Crezco protegido por mamá gallina y abuelita Nati. Han sido refugio y defensa, contra las canalladas del mundo. Me la paso desparramado en el patio de la casa, tirado de panza, con mis juguetes, mis soldados y apaches, luchadores en su ring, mis pelotas, libros para colorear y libros con dibujos, comiendo galletas y dulces. Son horas de inocencia. Siempre hay libros en mi casa y en mi vida. No necesité otras cosas para una infancia feliz. 

Yo ni idea de lo que es el sexo. Ni de las cosas de los niños y niñas. No entendía que a los hombres les gustara besar en la boca a las mujeres ¡Guácala!, y ¿si no se lavan los dientes? ¿Por qué a las mujeres les crecen chichis en el pecho? Son chillonas más que uno. Eso sí, huelen muy sabroso. A pan recién hecho. A arroz con leche empolvado de canela. Ya me dio hambre.

En casa no se habla de sexo. Vas a misa los domingos, saliendo de la matiné. El sacerdote te da su mano para que la beses en el dorso. Confiesas el pecado de la gula, al comer galletas de avena. El jalarles las trenzas a tus primas. Te dan de penitencia rezar un padre nuestro y un ave maría. Un domingo el Padre me pregunta si yo me tocaba en las noches ¿Tocarme Padre, cómo o por qué? El padre se calla.

En la escuela, de sexo no me habla nadie. Es una escuela de niños. Sin niñas. Las maestras Godzillas bien gruñonas. En cuarto año sí tuvimos una maestra joven y bonita. De novias no sabemos nada. De sexo y besos, menos. Jugaba al fut con mis amigos en el patio de la escuela, cuando ellos me aceptaban. Por lo general me quedo en el salón durante el recreo para comerme mi lonche y leer. Siendo un niño pequeño y gordito, todos se sentían con derecho de hostigarme.

En quinto año me enfrenté al sexo. Un lunes, día de la perdida de la inocencia. Día en que me convertí en hombre. Día en que supe todo del sexo, bueno casi todo.

Lunes de levantarme tempranito para vestirme con el uniforme de gala. Lunes de homenaje a la bandera. Nos sacan a los grupos al patio, a rendirle homenaje a la bandera. Y al final, emocionados entonamos el himno nacional a grito vivo. Somos tan mexicanos como las tunas. 

Los lunes también son los favoritos de los tenderos. Hacen su agosto. Venden kilos y kilos de limones. En un extraño concurso o secta, de las mamás, cada una compite para ver quién vierte más jugo de limón en el cabello de sus vástagos. Litros y litros de jugo, cantidades increíbles como para hacer tinacos de agua de limón. Algunas veces nos dejan las semillas. El pelo duro duro, para que te peinen a la Benito Juárez. Creo que por eso mi carácter es agrio y amargo. El lunes nos perseguían las moscas y las abejas. 

Llegamos vestidos de blanco, suéter azul oscuro, con una franja blanca en el brazo derecho. Corbatita azul. Bien chulos de bonitos, hasta gente decentes parecemos. Para los doce del mediodía, la corbata la usamos a la usanza hippie, amarrada en la cabeza. Lo blanco adquiere tonalidades grises.

Ese mítico lunes cuando me enfrente al sexo no se olvida. Llegué de la mano de mi madre a la escuela. Por un lado, la acequia, por el otro, la calle Ayuntamiento.

Nos enfrentamos con una muchedumbre enardecida. Un montón de decenas de padres y madres, rabiando espumaracos de sus bocas, toditos sin vacunar. Con ojos de toro loco, bien mariguanos. Gritaban ¡No queremos pornografía para nuestros hijos!, ¡no vamos a permitir que perviertan a nuestros niños! Abajo los libros de educación sexual. ¡Vamos a quemarlos!

La escuela bloqueada por padres y madres, furiosos. Hitler hubiera llorado de emoción ante tal muestra de intolerancia y fascismo. Los padres de familia, amarrados en mano cadena, rodean la escuela, haciendo un muro de cuerpos difícil de franquear. Gritan que no permitirán que corrompan a sus hijos. ¡No a los libros de texto donde se enseña sexo! ¡No a la pornografía! Algunas madres de familia arrancan hojas de los libros con feroces mordiscos y se las tragan por el buche, sin agua, nada más les falta ladrar. Aullar como fieras salvajes.

El ambiente es tenso, oneroso. Inquisitivo. Entendí lo leído en los libros de mi padre sobre los nazis. Pero estos nazis mexicanos, son prietos y chaparros, nada que ver con los dioses rubios arios.

Mi madre les grita que no tiene tiempo para sus pendejadas. Atraviesa la línea de fuego quitándose changos y changas, a puño limpio. Deja cadáveres a su paso. Con la fama de Atila que mi madre se carga, nadie se atreve a detenerla ni a decirle nada. 

Me lleva a mi salón, mi maestra temblaba de miedo, escondida bajo el escritorio, repitiéndose: debí casarme como mi padre quería... En el salón, otros seis niños asustados en un rincón. Las ventanas selladas con tablones, bancas apiladas en las puertas. Un estado de sitio como marcan los cánones. No tardan en escucharse las sirenas anti bombas. Y nos den mascarillas anti gas.

La escuela es un enorme templo vacío. Sin Dios ni bandera. Sitiada por enfurecidos e indignados padres. Maestra, hay le encargo a mi criatura (cada vez que la jefita me dice su criatura yo me imagino que soy Frankenstein). Vengo por él a la salida, a ver si estos pinches locos ya se largaron. Tranquilamente se va a sus quehaceres de ama de casa. A idear como hacerle la vida de cuadritos a la familia paterna.

La maestra saca los libros de texto. Los malditos libros que hablan de sexo. Libros que nos van a pervertir. Libros de los infiernos, escrito por el mismo Satanás, de un enorme baúl de los saberes prohibidos y profanos.

Abre los setenta y siete candados. Retira los metros de cadenas de acero inolvidables. Un tufillo a azufre se expande por el salón. Sale desde el fondo del cofre, una diabólica carcajada. El limón del cabello se reblandece.

El libro satánico, maldito, pornografía de basura sucia. Donde por vez primera se enseña educación sexual de forma explícita y científica, acabando con los mitos de cigüeñas y de que los niños del mundo somos franceses. Pornografía pura y dura, sin temor de Dios (ignoro que es pornografía, pero me suena sucia y perversa).

Por fin sabré qué es el sexo, sonreí malvadamente y sentí un piquetito en mi tilín.

Niños, abran su libro en la página fulanita; de golpe y porrazo me sumerjo en el mundo del sexo y el porno. Vi por vez primera en mi vida, un sexo de mujer sin calzones ni ropa. Como dios la trajo al mundo. No es una fotografía, es un dibujo. Qué cosa más fea. ¡Guácala! Eso que ven en el cuerpo de la mujer, se llama órgano reproductor femenino y órgano reproductor masculino. El femenino se compone de trompas de Falopio, matriz… en el hombre son los testículos, el conducto seminal... la voz de la maestra como murmullos, no entiendo nada de nada…¿eso es el sexo? ¿El tan mentado y prohibido sexo? El hombre deposita su esperma llamado espermatozoide en la vagina de la mujer. ella aporta su óvulo, se unen y así nacen los niños. 

Termina apresuradamente la maestra. Procede a requisitar los libros y arrojarlos a las llamas del infierno de donde nunca debieron haber salido. Los devuelve al baúl, pone las cadenas, cierra los candados.

Nos presta libros de Julio Verne y de Sandokan, para leer. En el ambiente flota una sensación a maldad y a perversa perversión. Por eso tanto relajo, pensé. Los adultos son unos tontos, yo jamás voy a crecer. Jamás dejare de ser niño. Y mis padres y la abuela, serán eternos, nunca se van a morir.

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