Vivir sin corazón, la historia de un huilo cursi

Cultura 24 de julio de 2023 Jesús Marín

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Antier vino el cardiólogo a verme a mi habitación del motel 450, que no tiene servicio a la habitación ni frigobar con cerveza.  Me visitó el galeno de las palpitaciones cardiacas, preocupado porque en mi electrocardiograma no sale ningún movimiento del corazón. Ninguna señal de estar vivo. Simplemente carezco de actividad cardiaca. Como si no tuviese corazón. Una raya recta y plana. Traté de explicarles que carezco de corazón. Me los destrozaron tres mujeres y cada una de ellas, se llevó un trozo del mismo.

La primera fue Anita, mi pecosa, alta, frondosa como un árbol de deliciosas manzanas de 1.76 mts, de tiernos 21 años. Escorpio. Caderona, con exquisitas cumbres al frente del pecho. Carácter fuerte y sonrisa deslumbrante. Paramédico y estudiante de medicina, hoy exitosa doctora. Fue una desprendimiento dulce y tierno. Se llevó mi corazón entre rosas y canticos de muerte.

La segunda criminal, mi flakita, mi princesa oscura, una chica delgadita. Inocente hasta la desesperación. Ella vestía de negro. Amaba la oscuridad, los vampiros y a Bunbury, tenía casi 20 años. Piscis. 167 mts, Senos de gorrioncito acurrucado y el vientre más delicioso que estos impíos labios han probado.

Nos hicimos amantes, ya que Anita era mi novia oficial. Mi flakita, de carácter dulce, muy honesta y la mejor besadora de las mujeres que he tenido. Tal parecía que nuestros labios fueron creados para besarse solo entre ellos. Ella me amaba y yo la destruí. Destruí su vida perfecta. Quizá sea parte del karma que estoy pagando.

Con la flakita y Anita, compartí mi departamento o leonera, y mi carne prieta. Y a nuestro nido de amor, situado por rumbos del Museo del Aguacate. Lo fue durante seis u ocho años; el tiempo en el amor es confuso. A las dos la amé o amo, intensamente. Una mi novia, la otra mi amante, las dos mis mujeres en la misma época, me compartían y trataba de complacer a las dos. Lo sé, soy cabrón, feo y negro, muy afortunado, al menos eso creía, ante que me topara con una tal bacteria Fournier. Y valí madre como nunca había valido madre.

Mi novia sospechaba por mi fama de huilo profesional. La flaka sabía de mi novia oficial como yo del suyo. Han sido los mejores años de mi vida.

La tercera y última destazadora de mi víscera cardiaca, es la más terrible y a la vez la más indefensa, mi María Félix en compacto, igual belleza y mismo carácter de diva. Una altiva sinaloense, mujercita de 1.56, más peligrosa que una R15 con eso de que las chaparras están más cerca del infierno. Además es Escorpio del lado demoníaco. Harán ya siete años, yo no soy nadie sin Laura, pero Laura no está. A Laura le escribí cuatro libros de poesía: He de morir pronunciando tu hermoso nombre, Laura Frankenstein, Cantares de Laura gitana y Golden puchas.

A Ana, tres libros: Poemas para zurrar sin tristezas, Si quieres te digo cosas tiernas y Crónicas de Duranghetto. A la flaka dos libros: un libro oscuro de poesía erótica y estilo gótico. Y Perros de luz.  

Comparten las tres, el poemario Mientras escucho a Pink Floyd. A las tres, las amé y amo, de forma total e intensa, me les entregué en cuerpo y alma. Solos mediocres cobardes son fieles a un solo amor. Perdón si ofendí a los santurrones hipócritas.

Al enterarse el cardiólogo de mi tragedión, me dio un fuerte abrazo y se marcha de mi celda 355, de la prisión 450, dónde llevo purgando casi un año de dolor y crucifixión. Me abrieron canal. Me han operado veinte veces en busca de alma y corazón.

Hoy me dijeron mis carceleros, hombres de bata blanca, que por mi confesión me castigarán cinco días de ayuno total. Por prostituto y huilo. Y por pendejo de creer en las mujeres.

Esa es la historia de por qué no tengo corazón. Y puto el que no se enamore. Hubo otras dos, la Montserrat a quien dañé y herí, a sus 19 años, pianista consumada de música clásica. Libra, 1.69 parte del karma. Y la otra, la infante de las letras. A Montse le escribí Las otras muertes de Fermín, mi primer libro de cuentos en el lejano 2002. Y a la chaparra nalgona, Manual para cazar palomas despanzurradas, la foto de portada yo la pinté, es una pintura al óleo de esta Minerva en azul, porque todas las mujeres tristes son de esa tonalidad.

Hubo otras, no las recuerdo, quizá porque con tal de llevármelas al catre, utilizaba la sucia estrategia de dedicarles poemas de Anita, Sarah y Laura, nomás cambiándoles nombre y características.

Lo sé, soy un hijo de perra. Perro loco hasta el último ladrido. Qué quieren, las mujeres es lo más delicioso que me he comido. Ellas y la cerveza Victoria que bebí durante veinte aguerridos años caguameros. ¡Y salud cabrones y cabronas, que la vida y la muerte, los sorprenda con una cahuama en cada mano!

 

II

Entre más cercano estás a la muerte más gracias das a la vida. Es irónico te estás desfalleciendo, con la sensación de que en cualquier momento te vas a derrumbar y es cuando te das cuenta lo mucho que amas vivir.

Todas esas cosas que te faltan por hacer. Abrazar a mi Sarah por última vez. Despedirme del mar. Beberme esa última cerveza.

No me rindo. Si hasta aquí llegué, me doy por servido. Adiós a mis camaradas. Adiós a las hermosas mujeres. ¿Dónde habrán de quedar mis amados libros? ¿En qué manos? Adiós a mi perro Saroh. Eso es todo, la luz se extingue...

 

III

 

No sé qué pienso, ni qué siento

ni a dónde voy, ni qué esperar

estoy en la lona, medio muerto

noqueado como nunca lo he estado

Perdí orgullo de macho alfa

mis ínfulas de poeta malditote

perro loco de tullidos cuarenta kilos

perro loco de costillas y huesos

Me sobrevive lo hocicón

el brillo rabioso de mis ojos negros

Del aquel tipo fanfarrón

perdonavidas que fui durante 50 años

no queda ni pizca de cenizas

Me hicieron mierda

Esta bacteria carnívora de Fournier

acabó con lo que fui

Estoy en cero. En modo reset

modo totalmente fregado, chatarra pues

No tengo dinero, ahorros, trabajo

dignidades, orgullos ni respeto

Me robaron mi laptop, mis escritos, obra inédita

un año luchando contra feroz infección

Veinte visitas al quirófano, para limpieza y expiación

acabaron con masa muscular y vanidades

operación tras operación, bisturí y navajas

contra el virus o como chingaos se llame

que me atacó por salva la parte

no me comiera por dentro. No me matara

Perdí nalgas, esas que nunca tuve

Clausuraron mi culo, ano y oscuridades

Cago por una bolsita conectada a mi intestino

soy costal de pellejos y huesos

soy costal de compasiones y tragedias

un decrépito recuerdo de mis 95 kilos

sumando destruido orgullo, soberbia falleciente

no peso más allá de casi cuarenta kilos

Bonita chinga me dio la vida

O Dios o el demonio o los tres

Ahora entiendo el karma

algo muy feo hice en pasadas vidas

Ya pagué por las próximas seis

Me dicen, es una pinche prueba de Dios

es tu segunda oportunidad

tu glorioso renacimiento,

predican míticos e iluminados

mandan estampitas con un Dios te ama

Cabrón, qué bueno que no me odia

Hay cosas hermosas en esta devastación

en este tsunami y huracán grado cinco

en esta carnicería espiritual y de salud

me regaló familia y amigos, de sangre y corazón

carnalitos que no me dejan caer

me han sostenido con su cariño

su solidaridad, amistad y dineros

No tengo palabra ni verso para agradecerlo

menos corazón (las mujeres que he amado

se lo llevaron en trozos)

Muchas gracias, hermanos y hermanas

Escribo desde la cama 345 del hospital 450

en espera de ser cosido y zurcido

en espera de ser resucitado y rescatado

recuperar mi recto y culo

Y quizá algunos gramos de orgullo y valor

Estoy en modo estoico

en modo chingue a su madre el diablo

sea lo que los dioses manden

ya más chingaderas me la rundan

Me dicen que mínimo

otro mes en esta cama

No camino mucho. Es decir, nada

Paso las tardes en soledad

(siempre he sido solitario antisocial)

Ahora lo soy a fuerzas

No tengo visitas, excepto las enfermeras

al verificar si sigo vivo,

y una caterva de blancas lechugas

con estereoscopios y gestos de dioses

doctas huecas recomendaciones

La familia cercana, la que me crío con amor

ya todos muertos, viven en mis restos de alma

A todos los enterré

A mi abuela Natividad, duende tepehuano

a mi madre María Cristina, a mi tío Saúl

y a mi viejo, Don Jesús Marín

Estoy en paz

todavía no descanso en paz

No doblen campañas ni prendan veladoras

Sigo arañando y maldiciendo

este perro loco no raja

No me arrepiento de casi nada

quizá de no saber amar a ciertas mujeres

a tres en especial, sin favoritas y en mismo amor

la pecosa Ana, la flakita Sarah y la Satán de Laura

El último miembro de mi familia cercana

mi perro Saroh, huérfano de siete años

habita otro corazón que lo cuida y ama

Dios bendiga a esa mujer y a mi perro

No sé qué siga. Ni a dónde vaya

si tengo esperanza o futuro alguno

estoy en batalla, la guerra no ha terminado

Desde mi amargura habitual

¡Ave Cesar!, los que van a morir,

¡os saludan!

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