Mi padre, en el día del padre

Cultura 19 de junio de 2023 Jesús Marín

Nuestros muertos nunca se van. Forman parte de lo que somos. Lo que somos es gracias ellos.

Hoy me sumergí en el dormitorio de mi padre, casi nueve años de su adiós, aún huele a él. Eso quiero creer. Eso necesito creer. Sus medallas de paracaidista en la pared, brillando de orgullo. En un retrato luce el uniforme de paracaidista, de veintitantos años, luce soberbio e invencible.

La foto de mis padres el día de su boda. Mi madre de 19 años, mi padre a sus 27 años. Una boda para toda la vida. Un amor para la eternidad. Mi padre, bailarín de tangos, campeón de natación. Mi madre, hija sin padre, crecida en vecindad y mula desde niña, con un corazón tan grande y noble, como el de su único hermano, Saúl. 

Ahí están las muñecas de mi madre. No puedo tirarlas. Veinte años y sus muñecas me miran preguntándome cuándo volverá la Pollito. En ese cuarto están resguardados los más de cuarenta años que mis viejos hicieron su vida.

El bastón de mi padre, Don Jesús, bastón de sus últimos años. Volví a probarme su chamarra de militar, me sigue quedando terriblemente grande. Siempre me quedará grande, incapacidad de ser todo un hombre como él.

Hombre que nunca le pidió nada a nadie. Hombre que nunca rehusó sus responsabilidades como hermano, esposo y padre. Hombre que mantuvo su frente en alto hasta el día en que fue a encontrarse con mi madre, la María Cristina. 

Sus viejos zapatos de andador de calles, acurrucados en un rincón, tristes, casi como yo, que cada mañana espero escuchar sus pasos por el patio. Tan vivo de sus recuerdos.

Este veinte de noviembre, mi padre don Jesús Marín Montenegro cumplirá 85 años. Feliz cumpleaños, mi amado viejo.

Mi padre, pese a intrigas, difamaciones, fue y es hombre de una sola mujer, mi madre, María Cristina, casados durante más de 40 años. 

Ese señor, mi padre, bailador de tangos, paracaidista de la Fuerza área, miembro de la Guardia Presidencial, fuerte como viento huracanado, que nunca caminó como perdonando al viento, se me murió de tristeza. Me aguantó diez años después de que se me fue mi jefita. Dios te bendiga Don Jesús.

Eres un hombre cabal y decente, hombre de una sola palabra. Apoyó y sacó adelante a su familia. Mi padre, hombre muy culto en su condición de lector asiduo. Sabía casi todo de la segunda guerra mundial. De la revolución y Pancho Villa. De los romanos y del cine. 

Herencia suya es mi adicción por el cine. Con mi padre disfruté de Tin Tan y Pedro Infante. Su cantante favorito el gran Jorge Negrete. Vimos juntos “Lo que el viento se llevó”. En pantalla grande, en el cine Principal, la mítica “Casa Blanca”. Siempre tendremos París.

Gracias a mi padre, aprendí a amar a los libros. Aprendí a ser un hombre libre y honesto. Un hombre cabal y de una sola palabra. No depender de nada ni de nadie. Ganar mi dinero de la única manera que lo hizo: trabajando.

Hoy mi viejo, mi querido Chuchis, cumpliera 85 años. De seguro está con mi madre, juntos, como los recuerdo. Feliz cumpleaños, Don Chuy. 

Mi padre, Don Jesús Marín, chuta de corazón. Realizó 17 saltos en paracaídas, cuando lanzarse era cosa de hombres. Él y amigos de barrio se enlistan al ver un anuncio en el periódico local, ofrecían veinte pesos al mes, alimentos y hospedaje por enlistarse.

El cuerpo de paracaidista era la élite de las Fuerzas Armadas. Jóvenes e impetuosos se fueron a la Ciudad de México, Distrito Federal. No sé cuántas horas en camión en los sesenta. Son del mismo rumbo, amigos de barrio y francachelas. 

Dos años y pide su baja. Quería irse a pelear a Sierra Leona con el comandante Fidel Castro. Su teniente de compañía lo convenció de no morir lejos del terruño. Su mejor amigo, Miguel Calderón, mi padrino y compadre, se queda en los paracaidistas. Llega a sargento. Participa en la noche de Tlatelolco de 2 de Octubre. Meses después se da de baja y emigra al gabacho.

Jamás ha querido contarme de esa noche sangrienta. Mi padre tiene fotos de su época de militar. Recuerdo una canción que entonaba con gallardía a sus más de setenta años: “por calles y cruceros, una bola de culeros del Heroico Colegio Militar, todos son una mamada comparados con la fam, con la fam” (Fuerza Aérea Mexicana).

Mi padre no debió morir. Tendría que haber vivido eternamente. Los héroes viven para siempre...

 

II

 

Mi padre. Es presencia suya en mi vida, fuerte y amorosa, sigue tan presente en mí. Yo sí puedo decir: soy un hijo de mi padre con orgullo. Yo nunca le levanté la voz, ni le falté al respeto.

Nunca tuvimos un pleito. Fue y es mi mejor amigo. Nunca me falló. Y nunca me faltó su apoyo. Yo Prieto, igual que él. De una sola palabra. Y honesto ante todo. 

Pinacates, son mis pinacates, decía mi madre con burla cariñosa, al ser ella wera. Igual que mi padre, soy un solitario. Un ser independiente. Nunca lleves amigos a la casa. Los amigos de la puerta de tu casa, hacia afuera, uno de los consejos de mi viejo.

Nunca pidas dinero prestado. Y trabaja antes de pedir caridad. Nueve años sin verlo cada mañana. Y aún no me acostumbro a su partida. Mi madre para hacerlo renegar le decía el cebollín, por lo canoso y el rabo verde. Nomás te quedó como a los burros, el rebuznido. Y soltaba mi madre su risa de niña.

Lo único que no pude heredar de él fue su estatura. Su casi 1.80, yo mido 1.73. Pudo más la magia de mi abuela, la duende, con su 1.50.

Yo le daba carrilla cuando se rasuraba. Por ser lampiño, tres tristes pelos de barba. El contragolpeaba al peinarse su gran copete, su espesa cabellera en su cabeza, lo contrario de la mía. Eso sí, un par de mulas los dos.

Don Chuy, te sigo extrañando. Me imagino que allá, con mi madre Cristina, siguen como perros y gatos, pero juntos y amándose. Espero muy pronto volver abrazarlos. Los amo, mis viejos.

 

III

 

Hace ya siete largos y agónicos años que sufro de orfandad. El cuatro de enero se convirtió en el más triste de los despertares. El más triste en mi vida. Un día como hoy, fría mañana de invierno, extrañado al no escuchar los trajines de mi padre en el patio. Al no escuchar su música de tangos sonar en su cuarto, acudí a despertarlo. Pensaba embromarlo, por vez primera en décadas había despertado yo primero. Ese día murió el sol de mi corazón.

Mi padre, Don Jesús, a sus 76 años, era un hombre activo, fuerte. Caminaba grandes distancias para visitar a mis tías Lala, Rosa María y Cuca, sus hermanas. 

Abrí la puerta, al verlo en su cama, eternamente dormido, envuelto en el frío sudario de la Muerte, yo muerto ahí mismo, al convertirme en huérfano y desamparado.

Por vez primera en cincuenta años derramé solitaria lágrima en mi corazón. Envuelto en ese valor y coraje, heredado de su sangre, preparé su viaje a reunirse con su amor de toda la vida, mi madre, Doña María Cristina, quien llevaba diez años esperando a su Chuchis.

Era una mañana de viernes. Una fría mañana donde callaron los gorriones. El día se convirtió en luto y tristeza. Un luto y tristeza que arrastro desde entonces, junto a la pérdida de mi madre, el consuelo que tengo, es que ya están juntos en muerte, como juntos estuvieron toda su vida.

Fue una semana de premoniciones. Una semana de mariposas negras y melancólicos nubarrones. Una semana de nublados en los ojos. Dicen que a las almas nobles Dios les toca el hombro, en aviso de su inminente partida para que se despidan de los suyos.

El lunes de esa fatídica semana, mi padre me pregunta a bocajarro: Martín, si yo muero, ¿podrás arreglártelas tú solo?  Si yo me muero, repite para sí mismo. No estés jugando Don Chuy. Deja voy por gordas para el desayuno. 

Estuvo muy intranquilo esa semana de su adiós, como arreglando sus cosas con el creador. Fue a la tumba de mi madre a llevarle flores. A platicar sus cosas. A despedirse del mundo y de la familia. 

La noche del miércoles se quedó con su hermano mayor, mi tío Manuel, en una casa de mi tío Juan, allá rumbo a la de Nazas. Cuenta mi tío, ya después de sepultar a mi padre, que su hermano Jesús señalaba la puerta y le decía, ¿no los ves Manuel? vienen por mí. Cállate, Chuy, me estas asustando. No durmieron esa noche. Al día siguiente, apenas alumbró la mañana, me marca, voy por él. Le caemos al menudo. Ya en casa, reposa, escucha música. En espera de lo que él únicamente sabía.

La madrugada del viernes, justo a las tres de la madrugada.  Despierto entre la aprensión y desasosiego. La casa en absoluto silencio. De esos silencios raros, antinaturales. Ni el blues de los grillos se escuchaba. Ni la respiración de la luna.

Mi padre no está en su cama. Lo encuentro en la cocina. Vestido con su chamarra de la Army, reluciente de insignias y medallas de paracaidista de las FAM. Con su morral tepehuano, que me agandalló. En el morral, traía sus pastillas de la presión, un pan de agua, varias tortillas duras. Imagino que su aliento al transitar de la Muerte.

Sentado en una silla miraba fijamente la pared. ¿Qué haces Don Jesús?, son las tres de la mañana. Mañana hay que ir a vender libros. Estoy esperando, ya vienen por mí. Ya vienen por mí, mijo. Lo levanté, llevé a cama, lo desvestí. Arropé. Fue la última vez que vi vivo a mi viejo. El resto es triste historia.

Lo enterramos, entre llantos y canciones, la tribu de los Marín, en el mausoleo familiar, junto a mi madre, a mis abuelos don Jesús y doña Perrita, a mis tíos Chonito y Marcos. Lo sepultamos con su chamarra e insignias.

No recuerdo qué canción le tocaban al bajar el féretro. Yo me fui antes, cobarde como era ante el inmenso dolor.

A llegar a mi ahora destrozado hogar, agotado de alma y corazón, subí las escaleras hacia mi cuarto, dejando las luces del baño y de la cocina, prendidas. En el último escalón, las dos luces se apagaron solas. Escuché perfectamente el click de apagador. Era la forma de despedirse de mi viejo. Su manera de decirme que siempre estaría conmigo. 

Don Chuy en vida, se ocupaba de apagar todas las luces, de cerrar las llaves del agua y asegurarse de que la puerta de la casa estuviera con llave.  

Hoy, a siete años de su adiós, sigo escuchándole decir, con su voz sincera y tranquila. Vienen por mí. Vienen por mí. Descansa en paz, padre, junto a mi madre. Ya vendrá el tiempo en que volveremos a ser familia. 

    

IV

 

Mi padre lleva siete largos años que desapareció de este mundo, aunque en mi mundo sigue tan vivo. Cuando releo sobre la mafia y la segunda guerra mundial. Cuando escucho sus tangos favoritos. Me duele su ausencia, pero de cierto modo, agradezco que no me viera en lo que me he convertido. En un despojo humano, que no pude valerse por sí mismo. Acogido por la bondad de mi tío Juan, su hermano. Uno debiera morir con orgullo y honor.

Lo que más extraño de mi padre, es que ya no tengo con quien conversar. Con quien hacer chistes que solo él y yo entendíamos. Mas que padre e hijo. Éramos amigos y cómplices.  Compartíamos algo más que la sangre y el apellido.

De él heredé el gusto por los tangos y la fascinación por el cine de la época de oro mexicano. El cine clásico gringo. 

Recuerdo esa vez que Don Jesús, mi padre me llevó al cine Principal, tendría yo diez años, advirtiéndome que veríamos su película favorita, la historia de amor más hermosa del mundo, en el fondo mi apá y yo somos unos sentimentales. Desde esa primera vez la he vuelto a ver ciento diez veces. Cada vez que la veo, me acompañaba el recuerdo de mi viejo. 

El anhelo que esta vez, Rick y Ilse se vayan en el avión. Y Sam nunca vuelva a pedirle: hey Sam, tócala de nuevo, por los viejos tiempos. 

Extraño esas charlas sobre el General Pancho Villa del que mi padre había leído lo escrito y lo inventado, lo real y lo fantástico.

Su otra gran pasión era la segunda guerra mundial. Hitler. Mi padre no terminó la secundaria pero era mucho más culto que muchos que presumen que lo son. Fue hombre de una sola palabra y de una única mujer, mi madre, con quien casó contra viento y marea.

De él heredé lo más importante: trabajar honradamente y no venderme bajo ningún precio. Hacer lo que el corazón y la conciencia dicten. Hoy no sé por qué me dieron ganas de saludarte papá. Cuida a mi madre como siempre lo vienes haciendo, desde más de cincuenta años que están juntos. Un abrazo y espero verlos muy pronto.

 

V

 

Hoy fui a mi casa. La que fue de mis padres. Y de mi abuela. La que tuve que abandonar tras el colapso de salud. La encontré polvosa. Abandonada. Triste. Tan llena de recuerdos. De momentos que viven en mi corazón.

Creo escuchar a mi perro Saroh ladrando. Del cuarto de mi padre las canciones de Jorge Negrete. Mi madre gritándole que le bajara a su ruido. Mi abuela Natti en su pequeña silla de madera y mimbre, limpiando los frijoles.

Mi madre preparando albóndigas. Mi mente se agolpa de remembranzas. Por mi sangre la nostalgia. En el cuarto de mi padre encontré su bastón de aluminio, fuerte y poderoso como mi viejo. Lo tengo aquí junto a mi cama, es como si Don Jesús me acompañara. Y me hace sentir, fuerte y poderoso. Invencible.

 

VI

 

El mayor homenaje que le puedes hacer a tu padre es tratar de ser como él. De hacerlo sentir orgulloso de ti, porque has seguido sus enseñanzas y consejos.

Ser un hombre decente y honrado como lo fue tu papá, trabajar para ganarte la vida. Ser leal y no traicionar el honor de tu padre. Respetar a tus mayores. No robar, no mentir.

Lo demás, las tarjetitas, regalitos, corbatas, carne asada, cantarle ‘es un buen tipo mi viejo’, suenan más a remordimientos, a mercadoctenia pendeja.

Yo a mi padre lo festejé en vida, cada día. Y lo sigo haciendo en la memoria. Tratando de parecerme a mi viejo. A don Jesús Marín Montenegro.

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