Una ciudad llamada Duranghetto

…Pobrecito de ti Durango, a mil kilómetros de ninguna parte, Tan lejos y tan cerca de Dios, pobrecito de ti, a mil kilómetros de ninguna parte…

Local 12 de junio de 2023 JESÚS MARÍN

web duranghetto

A veces uno no sabe desde dónde escribe. Lo hace desde una ciudad perdida en el desierto. Desde una ciudad donde nunca llega nadie, excepto el sol a plomo y el polvo del olvido. Una ciudad de casi quinientos años de soledad y desesperanza. Una ciudad cercada de muros invisibles- Una ciudad ghetto. Una ciudad llamada Duranghetto.

Una ciudad de olvidos y leyendas. De una mítica montaña de plata. De un alacrán asesino. Una ciudad enterrada en un valle con dos torres de una Catedral donde una Monja muere de amor cada noche.

Una tristeza norteña. Tristeza de desiertos y polvaderas. Una tristeza de resignaciones y rosarios. Las desesperanzas se adhieren a las paredes de cantera y convierten a la gente en sal. En gente dura y reseca. Gente de hablar tosco y golpeado. Gente de mirada huraña y saludo corto. Gente desconfiada que se encierra desde temprano en sus casas, como lo viene haciendo desde hace no sé qué tiempo. 

Se encierra apenas se esconde el sol y sale la noche a aullar desde el cerro de Los Remedios. Una ciudad que sueña con el sonido del mar y con las voces de sus muertos. Aquí nadie te da un vaso de agua; una puñalada trasera, pos como no, con mucho gusto. Y si hay bronca, lo arreglamos como se acostumbra por acá, a tiro limpio y pinche vieja el que se raje. Y que sea lo que Dios quiera. De frente o por la espalda. Directo o venadeandote.

Una ciudad de Duranghetto que uno sabe que por más que la deje y por más que reniegue de ella, tarde o temprano regresará a morir en ella, porque aquí están nuestros muertos. Aquí esta lo que fuimos y lo que somos. Nuestros recuerdos, malos o buenos, de la niñez. Nuestra lágrima primera y nuestra primera gota de sangre. 

Llevamos esta tierra en la piel oscura de sol, en los ojos negros por el vislumbre de su claridad. Aquí dimos ese primer beso a una mujer, a esa chiquilla de diecisiete años y ojos grandotes de alondra y que olía a primaveras, beso robado mientras caminábamos por el Parque Guadiana o al cobijo del paseo de Las Alamedas. Y luego más adelante, ese árbol supo cuando sus senos de gorrión se acurrucaron, tímidos y candorosos, entre nuestras manos, mientras en la cabeza sonaba un batidero de campanas y un trinar de trompetas celestiales.

En esta ciudad de Duranghetto, ciudad de alacranes y fantasmas, está la cantina donde nos emborrachamos cuando esa misma mujer nos engañó con nuestro mejor amigo. Ya saben cómo son las de por acá, muchos besos con el novio, pero te aflojan ni madre, pero con el otro, con el sancho, pos con ese sí, pos como no, ni de la boca chiquita se hacen, al contrario, ahora sí sírvase a como guste, sin complejos, no sea pusteco, éntrele con ganas. 

Eso sí, el novio nomás mugiendo por aguantarse las ganas de jineteársela y juntando los centavos pa sacarla de blanco por la Iglesia, ante el altar para que diosito y los hombres sepan de su amor puro y casto. Sí, ella es una santa, como mi madre, pos cómo la voy a querer nomás para el revolcón, madre de mi hijos, en un bendito altar la voy a poner. Por mientras que llegan las veladores y la adoración, ella mirándose mojada, por el espejo del hotel Niágara, dándole gusto al cuerpo, sudorosa y derramada toda, eso sí brindando por el novio ausente:

Usted no se preocupe amor, mientras beso y cojo con otros, pienso en usted. Esto no es amor, es mero pasatiempo. Usted es el efectivo y lo sabrá cuando me case de blanco y me ponga mi casita.

Antes no, pos qué se cree, yo soy una muchacha decente, de buena familia, que va a misa cada domingo y puntual comulga, pa’ eso están las otras, las que cobran o las que se creen las tarugadas de amor eterno y dan pruebas de amor. A mí se me cumple. Y salud, pues. Y nomás los rechinidos del colchón y el pujadero se oyen.

Una ciudad con cuatrocientos sesenta años de historia, la única ciudad del norte siempre fiel a una religión. Ciudad estancada en un cristianismo primitivo, de adorar la mano al sacerdote, comer santos y cagar diablos. 

Un Durango que aún no reconoce que la guerra Cristera haya terminado. Una religión de príncipes opulentos predicando la vida de un justo que vivió entre pobres, y ahora, sus ministros cobran la factura de su sacrificio. Donde es inútil morirse en lunes porque encontrará la iglesia cerrada y donde aún sus sacerdotes extienden su mano para ser besada por los fieles católicos.

Una ciudad donde sus habitantes se embrutecen de moral y de cerveza; cerveza como único remedio para atarugarse, para no sentir este ardor que quema. Un olvido del fin de semana. 

Ciudad de hipocresía y doble moral, de doble juego, de ventanas clandestinas que de clandestino nomás tienen el nombre, ventanas que hasta el más morrito sabe dónde hay una. Y que despuecito de las diez, se ven carros acercándoseles a surtir la hielera, eso sí, más caras las cahuamas que una rayada de madre, pero si la sed agobia poco importa el precio del infierno con tal de callar los gritos del alma.

Por las calles, en la oscuridad, en las esquinas, en los antros simulados de restaurantes, en los antros de amores prohibidos, de seres andróginos, de ángeles de carne y hueso, la búsqueda es la misma: alguien que nos abrace muy fuerte. Alguien que calme esta rabia que uno lleva, olvidar esta soledad que uno trae desde niño, desde que uno descubrió que la vida no es la que te contaba tu abuela ni los abrazos que alguna vez te dio tu madre.

La vida es otra cosa, muy lejos de nosotros y lo único que queda son los besos robados a la noche, una que otra caricia y los litros de alcohol en la sangre, para caer en ese abismo del que ya no quisiéramos regresar.

Ciudad que poco a poco se convierte en ciudad desierta, de fachadas coloniales y huecas. Donde no hay habitante que no suspire por el sueño americano, emigrar a tierra gringa, ganarse unos dólares y luego venir de nuevo a su tierra, a sembrar aunque sea alacranes.

Mejor morirse bajo este cielo azul, bajo la mirada indolente de la Monja y el decir quedito de su gente, que entre güeros que nomás nos quieren para ser sus mulas de trabajo y prácticas de tiro al blanco.

Una ciudad donde la ley es la palabra del cacique. Donde la revolución nunca pasó, nomás de nombre, con un tal Pancho Villa, el mismo que decía que no era de por aquí, sino de un lugar llamado Chihuahua. Sí ese, del que decían que tenía un diablo tatuado en la espalda. El mismito que te recibe en su yegua siete leguas nomás llegas a esta ciudad, si el Centauro no se ha largado, es porque es de piedra, que si no, ya hubiera agarrado monte, levantado gente y matando gachupines. 

Ciudad de Duranghetto. Ciudad de Victoria de Durango, donde no ser compadre de alguien importante, es ser nadie. Es vivir con sueldos de miseria y soportar humillaciones. Agachar la cabeza y conformarse con los domingos. Con ir de la mano de la novia, de la mujer, con los escuincles alborotando la vida y llenando de júbilo el corazón. Llevarlos al parque, a que siquiera respiren algo de aire bueno y se llenen las miradas con el verde del pasto y sonrían con los restos del lago. Y si alcanza, y si quedó algo del chivo, comprarles el algodón de azúcar y tomarse la foto en el llavero, en familia, como debe ser o como te dijeron que debía ser. 

Si mijos, hártense de ser niños, súbanse a los columpios, disfruten su inocencia, ya luego verán que trabajar doce horas al día, durante seis días a la semana para tener pa’ los frijoles y la tortilla, nunca será suficientes para calmar el hambre de soñar. El hambre de ser otro hombre y que esta ciudad, este desierto que nos cerca, no es nada comparado con el que llevamos dentro.

Ciudad de Duranghetto que cobra vida los domingos y se viste de gala, con la Plaza de Armas a reventar. Y con el sonar de sus campanadas de Catedral que anuncian que Dios ha vuelto a Duranghetto y esta vez viene para quedarse.

Domingos de niños paseando en carriolas con el triste y resignado caminar de la madre, soportando envejecer estoicamente. De parejas de novios acurrucándose entre sí, mirando cual triste será su destino. De elotes enchilados y tamalitos de quince pesos el tamal. De ancianos que huyen de la vida en sus charlas de nostalgia. Y hablan de una ciudad muy diferente pero igual de triste que la actual. Eso sí, un poco más vieja, un poco más derruida. Bendita sea la memoria que todo distorsiona y enaltece.

Ésta es mi ciudad, la mítica ciudad llamada Duranghetto, situada a mil kilómetros de ninguna parte, pero viva en los corazones de quienes la habitan. Bienvenida a ella, quien llega a su Valle del Guadiana no sale vivo ni muerto.

 

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